Archive for the ‘Otras artes’ Category

Se abre el Telón

enero 4, 2017
"4" Rodrigo García. Ediciones La uÑa RoTa

“4” Rodrigo García. Ediciones La uÑa RoTa

Entre las noticias de estos primeros días del 2017, leo sobre el “Caso Teatro”, Getafe (Madrid), donde se investiga la adjudicación irregular de contratos vinculados a una nueva construcción dramática que, tras año y medio de trabajos, llegará a los tribunales esta segunda quincena de enero.

El caso es pequeño pero me hace reflexionar sobre el Teatro nuestro en general. En los últimos meses me venían a la cabeza demasiadas piezas que no encajaban, que desprestigiaban la grandeza del Teatro, salvo si éste se vieran ahogado por la actual situación de corrupción, amiguismo y privilegios que reina en este reino.

Todo empezó quizá en primavera, en una rueda de prensa de un Centro Dramático. donde se presentaba una obra sobre un gran personaje de la Historia. Fue tal el énfasis sobre cómo aquella celebridad luchó por exponer sus ideas frente al poder establecido que, si no recuerdo mal, alguna periodista preguntó por esa lucha también en nuestra actualidad. Tras lo cual, yo misma pregunté cómo estaba esa lucha en el teatro, si éste era su lugar hoy (lo fue muchas veces en la Historia), si servía a la sociedad y si el poder teatral – igual que el del cine o los libros- gozaba de un buen lobby, que yo desconocía y por eso preguntaba.

Se pueden imaginar que tuve que repetir la pregunta al Director del Centro y que éste respondió nervioso y por la tangente. Acostumbrados estamos los periodistas de este país a la falta de respuesta por parte de nuestros representantes, así que hasta aquí todo normal, incluidas las aviesas miradas. Después de aquello, como una no personaliza sino que intenta dedicarse al interés público, me fui a ver la obra presentada y pedí entrevista con el Director del Centro. No hubo respuesta, ni explicaciones. No desistí, quizá era un caso puntual en 12 años. Esperé a ver otra obra en el mismo Centro y pedí nueva entrevista. Sólo obtuve otra respuesta silenciosa (modalidad habitual en nuestras labores, las culturales).

Después del verano, el silencio se volvió invisibilidad, desaparecí de las convocatorias de este Centro Dramático (este tipo de vetos también son habituales para los periodistas culturales poco complacientes). No más ruedas de prensa, o información alguna. La representación podría llamarse “12 años y 1 pregunta”, o te mueves de la foto y no sales, o nuestro Teatro está atado y bien atado.

Siempre me estoy refiriendo al Teatro Público o Comercial de altos vuelos, con sanas excepciones. A lo largo de estas 13 temporadas, he observado un poco distante como la política, el negocio o la pura mediocridad se introducía en esta Alta Dramaturgia y, hoy mismo, me he dado cuenta que nunca había comentado sobre ello, que quizá era el momento de empezar.

Hace poco, en otro Teatro (alternativo éste) un profesional -cuyo nombre no puedo decir por confidencialidad- me hablaba de cohechos teatrales conocidos por todos en las altas esferas, en su caso de primera mano: la contratación de Obras en Festivales de Teatro a cambio de dinero negro, lo recordaba como práctica habitual de hacía más de 20 años.

No todo el Teatro Español es corrupto, ni mucho menos, sí llama la atención la poca luz y transparencia en su gestión; como todo lo que tiene que ver con Cultura. Un sector en el que las auditorias independientes son una rara avis, incluso aunque hablemos de dinero público. Esto sería totalmente ilógico en países culturalmente desarrollados, no así en el nuestro.

Empieza el año, y otras preguntas sobre el Teatro me alcanzan. En esta ocasión vienen de una amiga que me pregunta por talleres de escritura dramática; apenas soy capaz de recomendarle algún Teatro donde pueda intentar aprender.

¿Y, autores de teatro? Esa cuestión necesitará una charla más sosegada. Como es relativamente joven y no se asustará, sobre la marcha le recomiendo que lea dos dramaturgos: Rodrigo García y Angélica Liddell. Después me doy cuenta que ellos, por su mayor consideración fuera del país, quizá no deban ser considerados dentro del Teatro Español, ¿o sí?, ¿y qué opinarán ellos al respecto?

Les dejo unos versos del nacido en Argentina, de su libro-teatro que ilustra este artículo:

7

Libre es quien fracasa

Quien abandona es santo o visionario

Quien triunfa, vulgar esclavo

(puesto que triunfadores los hay a montones)

Oficialidad Cultural

mayo 31, 2015

ForSaleLos últimos días llegan correos del poco caso que hacemos a nuestras figuras y referentes culturales. Sea Giner de los Ríos, fallecido justo hace un siglo, o el poeta libertario Jesús Lizano, que perdimos recientemente. La escasa repercusión mediática revela una vez más la fatalidad cultural en la que nos encontramos: todo lo que no sea Cultural Oficial se ve abocado al silencio, a la invisibilidad, salvo contadas excepciones para confirmar la regla.

Desde hace tiempo hay una Nueva Cultura que lucha por ser reconocida, de acuerdo con su valor, más ampliamente, situarse incluso mano a mano con la Oficial por derecho propio. La Cultura no puede oficializarse casi completamente, salvo que queramos volver a tiempos que mejor olvidar.

Ayer en un triple teatral, que espero no volver a repetir (mejor de uno en uno), iba transitando desde la Oficialidad al nacimiento de nuevas propuestas. En el Centro Dramático Nacional, dirigido por Ernesto Caballero, asistía a su propia obra: “Oraciones de María Guerrero”, en el Teatro que lleva el nombre de la actriz. Más que de una obra en sí, se trataba de una ponencia histórica del teatro oficial los últimos ciento y pico años, con perspectiva de género. La escena teatral se crea a partir de unas conferencias dramatizadas en la Biblioteca Nacional, que dan pie al director para crear un nuevo género: Confedrama, un híbrido que salva la dirección -marcando los tiempos a la intemporalidad del arte- y la actuación de Ester Bellver y Elena González.

Dos horas después. En La Cuarta Pared, una de las salas decanas del teatro alternativo, escucho “La Fiebre”. Un monólogo que no alcanza la expresión teatral, escenográfica o corporal, ni si quiera una guinda final que recordar, como el reggaetón La Gasolina con el que terminaban (muy anti- oficial y sacrílegamente) las previas Oraciones de María Guerrero.

El texto de La Fiebre resulta inconexo y acelerado, verborrea lanzada al público sin posibilidad de defensa. Cualquier guión de radio cuida más ritmo y argumento. Nos sorprendió en una sala donde hace poco descubríamos “La Mirada del Otro“, a cuyos protagonistas invitamos al programa. El recorrido es siempre así, sinuoso e imprevisible.

A las 12 de la noche estábamos en los nuevos Teatros Luchana, todo un síntoma del despertar teatral madrileño: un gran cine cerrado hace tres años reabre como escenario múltiple. La novedad – como tantas otras en el mundo de la cultura- tarda en conocerse. Muchos se acercan al bar de la entrada, y allí se enteran de que están en el vestíbulo de 4 salas de teatro; a falta de comunicación, difusión, o al menos un buen rótulo que lo señale.

Sin ninguna expectativa previa, “For sale” me impactó de entrada por la energía y simpatía de sus actores. Como en los teatros más populares, ellos – o mejor ellas, que son la mayoría- nos invitan a entrar en la sala, nos acogen con tanta alegría y movimiento que la cuarta pared empieza a evaporarse muy rápido.

La compañía hace un cabaret socio-político cuyo formato y actuación convence. Las actrices pareces auténticas bailarinas y quizá por ello se echa en falta escuchar más y mejor el texto, o que el texto sea más atrevido. Este cabaret es una denuncia al poder abusivo del dinero: la especulación financiera, los empleos basura, los desahucios, todo lo que conocemos ya, a veces incluso en lo personal. Lo impactante es que el arte haga suyo todo eso: que las actrices del cabaret se transformen en brujas malignas, divertidos payasos, anti-disturbios o plañideras. Un intento de catarsis necesario al que el público reacciona de forma diversa: indiferente o pidiendo más.“Soy Política, pueden hacerme un escrache” se queja cómicamente Irene Galán en el papel de Política-Clown ¡Es Esperanza Aguirre!-gritan a mi lado. 

No quisiera despedirme sin mencionar la Oficialidad Cultural más actual en el mundo del libro, esa Feria del Libro de Madrid que año tras año sigue cayendo en los mismos errores. Hace poco un periodista añoraba aquellos años en los que las compras de la Reina Sofía en la inauguración eran apuntadas con devoción y augur de buenas ventas.

Miro alrededor, buena parte de los escritores que más admiro no pisan la Feria desde hace años: un evento comercial donde la literatura es mera excusa. Menos aún, se fijan en lo que compra la Reina Sofía, o cualquier otro miembro de la Monarquía. Quizá quisieran otra inauguración, más acorde con los tiempos, que reivindicara la Cultura Republicana o Libertaria, que siguen siendo tan nuestras, o que no hubiera ese mismo día y el anterior ataques neonazis a la librería La Malatesta. Mientras tanto la Feria sigue tirando de nuestras reliquias, paseándolas con extrema oficialidad y sin que suene un pitido, como los de ayer en el fútbol al llamado Nuevo Rey. Como llevamos años anunciando en nuestra página de facebook, el fútbol no es cultura. Quizá la cultura pueda plantearse otras formas de protesta, preguntarse incluso si la Feria del Libro de Madrid es realmente cultura o sólo oficialidad, y cómo mejorarla. De colofón les dejo este cartel que ha sido contestado por algunos colectivos como Mas Mujeres, aunque por supuesto sin respuesta oficial de la oficial feria.

FLM2015

 

Una belleza el cartel para la próxima Feria del Libro de Madrid, pero… ¿por qué la flecha? ¿No puede una mujer ser feliz y entretenerse con un libro sin que sea de asuntos del corazón? Una vez más la mujer es retratada según estereotipos flojos, que la acercan a la futilidad, al romance, al flechazo. Hermoso el arte, pero, ¡por favor, quita la flecha del libro! #‎quitalaflecha‬

Huérfanos culturales

febrero 21, 2012

Lo bueno y preocupante de un blog es la dependencia que crea. Pasando los días el mono crece y, aunque son buenas las etapas de desintoxicación, llega un momento en que el mono no para de chillar, reclama su dosis, y atrás quedan los avatares de la propia vida, los más personales, o los de las crisis económicas y laborales que nos acosan. Aunque al final todo se relaciona.

Surge el título: Huérfanos culturales. Una expresión, una idea, un desahogo, o una sobredosis que, como en este caso, alguien nos facilita. La orfandad cultural es la idea que destila y desagarra el último programa con Juan Ignacio Ferreras.  Él expresa su dolor por la falta de cultura en este país, la que vivió fuera y también a la vuelta. Y lo relacionaba con los muchos que ahora tienen que dejar España, una nueva orfandad como otras anteriores por motivos económicos, pero que también tiene mucho de la miseria cultural actual en un país donde como nunca se premia el compadreo, cuando no la mafia, y donde el trabajo ocupa el último lugar de valoración social. No hablemos ya de cultura, sobre todo si es de libros. Si es de Cine es otra cosa (no hace falta debatir aquí si es cultural o anticultural buena parte del cine que se hace), el caso es que se habla. Y cómo se habla, qué exceso, cuánta publicidad, qué verborrea más tremenda.

El domingo pasado viendo el inicio de la Gala de los Goya 2012, mi espontaneidad tan poco correcta a veces quedó grabada en las redes sociales: “Jaja… ¿puede haber un inicio más patético para los Goya 2012?”. En fin, luego hubo de todo: alguna gracia, alguna imagen, alguna palabra. Pero seguía el tono casposo. No tengo ni idea de quienes son los guionistas, que me disculpen, pero o son inexpertos sacando al Presidente de la Academia de Cine como un Don Hilarión cualquiera, o el próximo año se modernizan y sacan a Franco inaugurando pantanos. “España contra la modernidad” se titula un libro de Ferreras. Hay una conciencia colectiva que no puede seguir riéndose de lo mismo que hace 90 o 40 años (lo de los 90 es porque Don Hilarión llegó al cine en 1921).

Lo de la publicidad y verborrea lo decía, primero, por la gala. Quizá en TVE, difusora oficial del evento, no se han dado cuenta que muchos telespectadores distinguimos entre información, entretenimiento y publicidad. O quizá están tan acostumbrados a mezclarlo -hasta en los telediarios- que ya es un defecto de fábrica. Pero sigamos primero con la gala:. ¿Qué hace un locutor de RNE alabando hasta el babeo a cada premiado con frases grandilocuentes y voz de rosal de pitiminí? ¿Información, entretenimiento, publicidad? Pues alguna de las tres cosas debía ser, no me pregunten cual.

La publicidad y la verborrea seguían al día siguiente en “el resumen del cine español el último año” según una Tele, seguramente TVE, que es juez y parte: muchos de sus fondos públicos financian las películas galardonadas, o nominadas, en ese fastuoso evento. Y es que los intereses empresariales o institucionales lo arreglan todo con la publicidad. Este lunes la mayoría de las informaciones, sobre todo las más populares, las de las televisiones, coincidían alabando, vendiendo, un cine nacional que sigue estando a la cola de los grandes países de Europa. Si investigabas por internet, alguna crítica había a la gala y a nuestro cine, pero poca cosa. Si me he perdido algo, por favor me lo envíen.

Menos mal que en este Planeta siempre nos quedará el cine…, de otros países. Incluso su literatura, (antes que el cine, porque lo del séptimo arte es estar muy a la cola especialmente en ciertos casos). Y nunca estaremos del todo huérfanos, ni aunque se vayan los grandes maestros de las letras, porque nos dejan eso, sus letras, sin artificios ni anuncios entre medias (salvo que sea literariamente conveniente). Estamos preparando un programa de despedida a Wislawa Szymborska (esperamos que para marzo), leyendo y releyendo a esta poeta de las incertidumbres que acaba regalándonos muchas certezas, como en estos versos de su poema Laberinto

En algún lado debe haber una salida,

eso es más que seguro.

Mas no eres tú quien la busca,

ella te busca a ti,

Es ella la que va

tras de ti desde el principio,

y este laberinto

no es otra cosa que tú,

sólo tú, mientras se pueda,

sólo tú, mientras sea tuya,

huida, huida –

Poemario “Dos puntos”. Foto de Jorge Díaz Martínez )

Combate de Negro y Perros

septiembre 26, 2011

Un momento de "Combate de negro y perros"


La obra de Koltés, que se puede ver en Réplika Teatro hasta el 2 de octubre, es uno de los textos más opresivos del reconocido dramaturgo. La puesta en escena, sobria y sencilla, consigue con pocos recursos, luces y sonidos, trasportarnos al corazón de África. Un corazón en tinieblas al que llegamos irremisiblemente, donde la historia que se relata podría ser todavía más dura. Y los protagonistas intentan resolver un crimen que es todos los crímenes, donde las buenas palabras resultan incapaces y nos abocan al fatalismo. Cuatro soberbias interpretaciones: blancos que son hijos de puta o cabrones, mujer que quiere jugar a una imposible paz universal, y el negro, un solo negro que es millones de negros, que corre alrededor de la jaula –las muchas jaulas- que los propios blancos crean en su explotación de África.

En la dirección: Mikolaj Bielski y Borja Manero, con Manuel Tiedra, Malcolm Sitè, Lorena Roncero y Raúl Chacón, en la interpretación. Una producción de la Compañía Jóven de Réplika Teatro, todo un descubrimiento como espectador y sin duda una excelente academia de actores (ahora abierto el plazo de matrícula).

Volviendo a Koltés, en la sombra está la clave: el papel que la economía occidental, sus empresas, juegan en el continente. La riqueza de África expoliada. Y el expolio que lleva siglos produciéndose continúa también fuera de África. En sus obras de teatro que no alcanzan la mínima visibilidad social (salvo que el director sea muy famoso). En sus autores, escritores que no son publicados ni publicitados, como si sólo a través de la caridad (léase subvenciones) tuvieran cabida sus obras. En sus Salones Literarios, tan llenos de intereses políticos y económicos que huelen a rancio por debajo de su supuesto perfume de independencia.

Responsabilidad intelectual: una breve reflexión a partir del caso de Lars Von Trier

mayo 24, 2011

¡Qué complicada es la relación entre el creador, su obra y su público! Por un lado, está la genialidad, la transgresión, la técnica, la inserción del creador dentro de una tradición artística (literaria, cinematográfica, musical, o incluso filosófica), por otro está el hombre, producto de su tiempo, de la historia, de sus limitaciones y debilidades. A veces él es víctima de su entorno, tragado por su circunstancia, por una vida mezquina o sufrida, por la incapacidad de buscar la libertad cuando ésta le está inicialmente restringida; otras veces está dotado de semejante capacidad de comprensión y apertura que es capaz de sobreponerse a ese entorno, por más opresor y totalizador que sea. Casos de ambos tipos pululan en la historia del pensamiento intelectual.

El reciente caso del cineasta Lars Von Trier en el Festival de Cannes, hablando en broma (de muy mal gusto) sobre su supuesta adhesión al antisemitismo nazi, es sólo uno entre muchos y, exactamente por eso, debe ser cuestionado. Sus posteriores disculpas, intentos de arreglos y de desdecir lo mal dicho, quizás lo eximan de la culpa, pero no deja de suscitar interrogantes.

Primero, partimos del principio básico de que no estamos hablando de ningún idiota, sino de un pensador de alto nivel, con películas intrigantes como Bailando en la oscuridad o Dogville, que cuestiona en su obra la servidumbre, la humillación, el bien o el mal como intrínsecos al hombre. Es decir, los planteamientos filosóficos no le son ajenos. ¿Por qué se metería a hablar de algo tan rotundamente controvertido y absurdo como ser nazi? Segundo, aunque sus películas fueran idiotizantes, que no dijera más que tonterías en su vida y en su obra, ¿qué derecho tiene de defender una perspectiva como la que hizo? Mi respuesta es rotunda: ¡ninguno!

Por mucho que defienda la genialidad de la obra por encima de las equivocaciones del hombre (para citar algunos nombres, se puede mencionar a Ferdinand Céline, Elia Kazan, Martin Heidegger, Julio Verne en el caso Dreyfuss o incluso el muy poco genial Mel Gibson), el hombre público y, principalmente, aquél que vive de su trabajo intelectual, sea en las artes, en la academia, en los medios de comunicación, tiene una responsabilidad moral ante los que lo escuchan o leen, y que va más allá de su interés personal de provocar o trasgredir el status quo. Aunque en el recóndito de su casa y sus pensamientos pueda tener las opiniones más nefastas, como persona pública se acepta una responsabilidad. De no ser así, que no se manifieste. El mismo ganador de la Palma de Oro de 2011, Terrence Malick, es un ejemplo de un gran artista (e intelectual) que prefiere expresarse solamente a través de sus obras, ha dado poquísimas entrevistas y ni siquiera estuvo en la entrega de premios. Una cosa es la obra y el artista, otra, muy diversa, es la relación entre el artista con los medios y el público. Su obra entabla un diálogo con una tradición; el hombre lo hace con sus contemporáneos y tiene, por ende, una responsabilidad hacia ellos.

¿Hay excusa para las absurdidades de Lars Von Trier? Obvio que sí. Un hombre puede equivocarse y mejor creemos en sus disculpas. Pero queda aquí el tema de debate, que suele salir a flote sólo en casos extremos como éste, pero que es discutible en las pequeñas declaraciones cotidianas de personas públicas.

En su libro “The reckless mind“, Mark Lilla, en un diálogo histórico con “The captive mind“, del Nobel de Literatura Czeslaw Milosz, afirma la dificultad de juzgar a los intelectuales que, desde el seno de gobiernos totalitarios, se ven obligados a ceder ante el riesgo de perder sus propias vidas; no obstante, ¿qué decir de los intelectuales que, viviendo en democracia, se entregan a las demencias tiránicas o defienden cualquier cosa que no sea la libertad, el ser humano pleno y la paz?

La responsabilidad intelectual, por la que tanto abogó el epistemólogo Karl Popper y Mark Lilla, como su seguidor, es un tema a menudo abandonado por los grandes medios que, por conveniencia (¿o connivencia?), prefieren callarse ante el poder. Porque los medios, como cualquier entidad o persona que exprese sus ideas de forma pública y abierta, tienen el deber (no sólo el derecho) de hacerlo en aras de ensanchar la democracia, y no de pisotearla.

Otras breves reflexiones sobre el tema: “O intelectual aprisionado“, “Karl Popper  y la responsabilidad intelectual“.

Las caras de Emma

mayo 21, 2011

El bovarismo alarmó a la sociedad francesa del siglo XIX, pero hoy no sería más que el viejo descontento con lo que se tiene, sea mucho o poco. Los anhelos de Emma Bovary eran los de una mujer disconforme con la mediocridad de la vida pueblerina, cuando ya se distribuían revistas de moda en la campagne y cuando París ya era París. ¿Qué vida puede ser más envidiable que la de las artes, literatura, fiestas, placeres, belleza, es decir, la personificación de la joie de vivre? Emma no era una burra. Era pobre y era mujer: y si esta combinación aún hoy tiene consecuencias fatídicas, a principios del siglo XIX en la zona rural francesa, era para ahorcarse. ¡Qué paciencia!

Dicen las malas lenguas que Emma leía demasiado para su bolsillo y que, de repente, le daban unos arrebatos quijotescos y veía un amante ardiente y la posibilidad de ascensión social en un matrimonio con un “mediquito rural”, tanto como el caballero andante veía gigantes en los molinos. Cuando la fiebre (o el fervor) le asolaba, se entregaba al primero que la miraba de soslayo. Además, hacía exactamente lo que hacen tantas mujeres frívolas cuando están deprimidas (y reprimidas): ¡comprar! Ya por aquella época, le gustaba la “shop therapy”, ruleta rusa en la cual se llena el guardarropa y se vacía la cuenta bancaria. Es más, si Emma viviese en los días actuales, seguramente le encantarían Dan Brown, Nora Ephron y Sexo en la Ciudad, pues en ellos está la misma adoración que ella tenía por París. Emma llega incluso a comprar un mapa de París y recorre (con la punta de los dedos) los bulevares y las tiendas más finas.

Todo lo que quería Emma era vivir holgadamente, sin preocupaciones más allá de sus vestidos y sus placeres. Quería ser María Antonieta sin ser decapitada. No aprendió la diferencia entre querer y poder que, aunque el proverbio los iguale, la realidad los aleja ingratamente. Yonville no fue y nunca sería París. Ni siquiera Rouen. Emma quería mucho más que Charles Bovary, Leon Dupuis o Rodolphe. Quería a todos juntos a sus pies, o mejor (¿o peor?) aún, no quería a ninguno de ellos, los despreciaba por igual y en ese desprecio se sentía superior. Sólo quería lo poco que ellos podían proporcionarle: alguna seguridad o amor rápido, incendiario, y un cuarto propio que Virginia Woolf vino a reivindicar tanto tiempo después. En cierto sentido, los deseos de Emma eran de bajo vuelo, pero ¿cómo es posible juzgarla si tenemos en cuenta la época tan infame en la que vivía? Personaje rebuscado, contradictorio y polémico, Emma Bovary genera odio y compasión, sea porque la insatisfacción que la supera es propia del ser humano, sea por la valentía de esa mujer que quiso ir más allá de lo que le era socialmente permitido.

Basta ver cómo dos directores de cine tan diferentes entre sí, como Vicente Minnelli y Claude Chabrol, retrataron a la heroína. En la película de Minnelli, de 1949, con todas sus licencias hollywoodienses, Emma es absolvida desde el principio, en la defensa que Flaubert elabora ante el tribunal por la inmoralidad del libro. Para él, Emma es una víctima de las revistas que leía, de un mundo interesante que se desarrollaba a su alrededor y que la dejaba a un costado, pobrecita. Ella, que era tan bonita, tan sensible, bien educada y refinada. Bajo la dirección de Minnelli, Emma vive en constante exaltación, en búsqueda de aventuras y pasiones, habla por los codos y carece de sentido común, como cuando quiere llevar a cabo una tertulia de música y poesía entre los paletos de Yonville.

A su vez, la Emma de Chabrol (1991) es deprimida, convaleciente y fría, más cercana al “pequeño quijote pragmático de faldas”, como ha dicho Mario Vargas Llosa, cruel y silenciosa, dedicada a sus libros y a sí misma. Es una Emma más truculenta y más consciente de que jamás podrá encontrar la felicidad que, en su inocencia, había deseado.

Lo más interesante es que ambos directores son igualmente fieles al libro, aunque el resultado produzca personajes tan diferentes. De hecho, allí reside la riqueza de esa mujer que muestra lo que todas tenemos de fútiles, perspicaces, tristes, promiscuas, inseguras, ávidas de placer y luchadoras contra el patriarcado aburrido. Cada una, seguramente, a su modo y medida.

No es difícil ver a Emma Bovary por todos lados hoy día, entre las mujeres que se endeudan para comprar meros zapatos, ésta o aquella bolsa, espectros victimados por la moda y los medios. El tiempo pasa y ni siquiera el movimiento feminista ha podido aplacar el deseo del marido proveedor y las vidas dedicadas a estar “buenas”, ser bonitas y peligrosas. Si hoy el libro de Flaubert no sería llevado a los tribunales, no se debe sólo a la libertad de expresión de los tiempos que corren, sino, más bien, al contrario del siglo XIX, a que las “Emmas” están por todos lados. Eso no deja de ser valioso, por la posibilidad que las mujeres tienen de entregarse a la satisfacción de sus deseos, vanos o no, aunque el vacío que el bovarismo propaga siga siendo pernicioso.

La genialidad de Flaubert está en la capacidad de describir matices del alma humana, no solamente de la infame heroína, sino de todos sus personajes, como Monsieur Homais, que ocupa un rol fundamental como contrapunto de Charles Bovary en el libro, pero que, en ambas películas, fue ninguneado. El libro nos remite a un remolino de sensaciones, hasta el vértigo ahogador del final. Una vez más, la literatura se muestra capaz de entablar un diálogo entre sociedades y épocas lejanas, y sacar a flote lo que el ser humano tiene en común, sin simplificaciones, categorizaciones o prejuicios.

* Entrada publicada originalmente en Flanâncias.