Ferdydurke, el desenmascarador

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La fragmentación de la realidad es tan abrumadora que no nos sorprende la cantidad de historias que creamos para dar un sentido, una unificación, a nuestras experiencias. En verdad, forman parte de nuestro discurso cotidiano, que llena nuestros trabajos más mediocres de gran importancia, de escenas de Hollywood nuestras relaciones amorosas, de singularidad la llanura de la vida. Los yanquis han encontrado una metonimia bastante maniquea para construir mitos acerca de los seres humanos, sus perspectivas y logros, dividiéndolos en winners y losers. Suena casi tierno el atajo que han encontrado para escapar a la complejidad, pero es verdad que la llegada a la vida adulta está llena de espejos ante los cuales debemos mirarnos y, con suerte, vernos reflejados. Un varón adulto debe ser serio y congruente. El infantilismo (que supone que uno sepulta las etapas anteriores de la vida y no que se agrega una nueva etapa a las pasadas) ve con mal ojo que un hombre se porte como un adolescente, que sueñe demasiado, que se enamore o que juegue. El profesionalismo, palabra imperante en los tiempos que corren, transforma el hombre en un cumplidor de metas, dentro y fuera del trabajo.

Partiendo del hecho de que se espera que a los 30 años uno ya “sea alguien”, uno ya haya crecido, Witold Gombrowicz expone en Ferdydurke lo absurdo por detrás de esas imágenes con las que se espera que nos identifiquemos. Diagnosticado con “haraganitis linfáticamente crónica”, Pepe, el personaje principal, es llevado a las situaciones más insólitas, casi surrealistas, con tal de exacerbar lo absurdo de la “adultez”, del culto al cumplimiento de los pasos esperados. La escuela (con su vieja moral y sus ortodoxias) es el lugar perfecto para enseñar esas pseudo-metas vitales y crear a los nuevos winners. Allí lo llevan para mostrarle que se porta como un escolar, exponiéndole, así, al ridículo de mezclarse con colegas de 17 años como si fuera uno de ellos. Para su propia sorpresa, él se siente uno de ellos, entiende sus inquietudes, pero lo que termina haciendo es mostrar a los “adultos” y “modernos” que quieren adiestrarlo que ellos son tan infantiles como él o cualquiera de los colegiales. Pepe funciona como un desenmascarador de la realidad, llevando a los otros personajes a enfrentarse con su propia ridiculez.

“[…] el hombre, en lo más profundo de su ser, depende de la imagen de sí mismo que se forma en el alma ajena, aunque esa alta sea cretina.” (Ferdydurke, p.32)

Si en la primera parte del libro el foco está puesto en el cuestionamiento de la vida adulta, en la segunda se analiza minuciosamente la forma de actuar de las clases sociales y sus relaciones entre sí, revelando una dependencia mutua entre la clase pudiente y los criados: a los amos les gusta que sus criados hablen de ellos, que les sirvan a pesar de todo; a los siervos, aunque critiquen a sus amos, les gusta la posición en la que están, aceptan cierta humillación en pos de una servidumbre que los acerque al amo, sea a través de una paliza recibida o de la posibilidad de besar “la parte permitida del cuerpo” a la patrona.

Gombrowicz nos ejemplifica con belleza la la moral de esclavos nietzscheana y su necesidad de venganza. Si Nietzsche se pregunta, en La Genealogía de la Moral, acerca de los orígenes del bien y del mal, proponiendo que ambos son conceptos históricos también formados por el resentimiento de las clases bajas hacia las altas, Gombrowicz muestra cómo eso ocurre en la vida cotidiana, de modo tal que, a priori, uno podría pensar qué bella es la intención de Polilla de relacionarse de igual a igual con la clase campesina. Pero lo que se ve es que Polilla lo quiere poseer, que el intercambio entre clases no se da a partir de la igualdad. Prevalece la moral de esclavos. Leamos a Nietzsche para ver cuánto se parece el discurso de Grombrowicz al suyo:

“Cuando los oprimidos, los pisoteados, los violentados se dicen, movidos por la vengativa astucia propia de la impotencia: “¡Seamos distintos de los malvados, es decir, seamos buenos! Y bueno es todo el que no violenta, el que no ofende a nadie, el que no ataca, el que no salda cuentas, el que remite a la venganza a Dios […] y exige poco de la vida, lo mismo que nosotros los pacientes, los humildes, los justos” –esto, escuchado con frialdad y sin ninguna prevención, no significa en realidad más que lo siguiente: “Nosotros los débiles somos desde luego débiles; conviene que no hagamos nada para lo cual no somos bastante fuertes”– pero esta amarga realidad de los hechos, esta inteligencia de ínfimo rango, poseída incluso por los insectos […], se ha vestido […] con el resplandor de la virtud renunciadora…” (pág. 60, La Genealogía de la Moral)

Nietzsche, en La Genealogía de la Moral, busca desenmascarar la hipocresía presente en los preceptos morales corrientes que definen qué es el bien y el mal. Polilla, que podría encarnar el ideal libertario socialista del bien, con el acercamiento de la intelligentzia a la chusma, es defraudado por el “peón” que no quiere dejar de servir a su amo. Peor aún, Polilla ni siquiera se pega a una u otra teoría que valore ese acercamiento, sino que lo único que quiere es “fra… ternizar”, palabra que nunca logra pronunciar de corrido, mostrando cuán inasible es ese acto. Quique, el peón amado por Polilla, no quiere dejar de servir a su amo, y el hecho de que éste le pegue le produce aún más respeto y admiración. Quique está seguro de su lugar en la sociedad, algo de lo que Polilla, sin duda, no está.

Gombrowicz desarrolla todo un lenguaje nuevo para referirse a la “infantilidad” y crea un juego que enriquece aún más el libro, a pesar de darle también un tono extraño e, inicialmente, incómodo. La misma estructura del libro, en la cual encontramos un prefacio a un cuento que aparece en medio de la historia, cuestiona también la posibilidad de narrar algo novedoso. Se sabe que Gombrowicz tenía una obsesión con la forma narrativa; además, quería romper la tradición literaria que entrega un producto acabado a sus lectores para que éstos lo aprecien. En el prefacio a Foliflor Forrado de Niño, Gombrowicz nos habla directamente, planteándose preguntas filosóficas acerca de la capacidad de narrar: si es cierto que un escritor entrega una obra acabada a sus lectores (en un acto de soberbia, quizá) y, además, si la narrativa es capaz de expresar alguna totalidad, siendo la realidad tan fragmentada. Y se explica:

“Ésas, pues, son las fundamentales, capitales y filosóficas razones que me indujeron a edificar la obra sobre la base de partes sueltas –conceptuando la obra como una partícula de la obra– y tratando al hombre como una fusión de partes de cuerpo y partes de alma, mientras que la humanidad entera la trato como una mezcla de partes.”

Sólo rompiendo la forma él también logra ser un desenmascarador del imperativo que  afirma que la “alta literatura” debe tener un lenguaje y una forma determinados, imponiendo, de ese modo, un desafío al lector de encontrar la profundidad, el sentido y la unidad por detrás de un aparente caos. Por eso, no elude las incongruencias, digresiones e hipérboles, sino que más bien las resalta haciendo al lector un partícipe del cierre de la novela. En ese sentido es acertado decir que Witold Gombrowicz se acerca a Macedonio Fernández en tanto que ambos luchan contra la imposibilidad de narrar, considerando el lector como una pieza más del juego literario.

De más está decir que eso lleva al viejo planteamiento acerca de qué es lo real: ¿es lo que uno muestra en las interacciones sociales, o lo que uno esconde por detrás de ello, en la intimidad de las relaciones privadas? El reconocimiento de la fragmentación de lo real pasa también por la imposibilidad de la identidad unificada, y todo lo que supone obviar esos dos hechos básicos desembocará en la moral que busca ensalzar lo “bueno” de cada ficción que nos creamos en pos de nuestra propia salvación. Gombrowicz nos responde con la duda, la única realidad que hay en el hombre y que trasciende siglos,  géneros y culturas.

 

 

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3 comentarios to “Ferdydurke, el desenmascarador”

  1. Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

    Y para llegar a la duda como respuesta…, no hay como hacer preguntas al orden establecido. Atreverse a ello, sin dejarse vencer por los miedos.

  2. Lucy Leite Says:

    Yo diría que poner el orden establecido en duda es lo primero que hay que hacer, no para destruir todos los órdenes, sino para que uno se acuerde siempre de que el orden que existe es sólo uno entre tantos otros posibles.

  3. Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

    Y que ese orden tiene que avanzar con los tiempos para no quedarse absoleto

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