Cuando lea, protéjase

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Ya está dicho. Y no hay vuelta atrás. No me gusta el imperativo “protéjase”, ni siquiera cuando es con buena intención, así que lo suavicé con un usted.  Tampoco me gustan los consejos y esto no pretende serlo. Quizá este artículo esté gafado desde el principio, y la que menos se ha protegido hasta ahora he sido yo, y la materia mal digerida puede empezar a hacer estragos en cualquier momento. En fin, antes de que la desprotección me pueda, cuando todavía soy capaz de ello, quería expresar este deseo…, como quien da un regalo que lleva dentro una pequeña pero permanente alarma. La alarma lectora, que ni molesta, ni daña a la vista o al oído, incluso puede beneficiarlos y, por supuesto, cada uno la usa como mejor le place.

Este deseo, esta alarma que pretende sonar, me llegó de improviso este verano, para ser exactos el 20 de agosto en Madrid. Al principio hasta pensé que todo se debía al monstruoso accidente de Spanair: 154 muertos. Quizá las realidades nos influyen más de lo que sabemos, más allá, más acá del momento en que se producen. Pero me temo que en mi caso las luces de emergencia no tenían nada que ver. En las primeras horas de la madrugada de aquel día, esas horas que son mi oasis lector preferido, estaba yo a mitad de un best seller, recomendado por amigos, por no hablar de algún crítico, y con la idea de – al menos en verano- no cerrarme en banda a este tipo de libros.

También es verdad que el título prometía, desde la primera palabra…. Es decir “Kafka” y las puertas se abren (también las del negocio). Si además dices “Kafka en la orilla” y el autor es japonés (Haruki Murakami), uno puede pensar que estamos ante uno de los herederos kafkianos, o que los best sellers del imperio del sol pueden tener más sustancia que los que se cuecen por aquí. Nada que ver con la realidad. Y, aunque a algunos les cueste decirlo, estamos ante uno de los peores best seller, en mi humilde opinión y si hubiera un ranking de éstos, en cuyo caso se situarían en primer lugar los que se atreven a utilizar las más ricas herencias.

No se trata de la asquerosa escena de los gatos (página 184 y siguientes) que, náuseas a parte, sólo sirvió para que me preguntara por qué no era denunciada por maltrato animal. Parecería que la recreación y el regodeo en la tortura animal, y la matanza animal como rito, nos duele cuando lo vemos, no cuando lo leemos. En todo caso, el arte es belleza, y sensibilidad, es definitivamente humano o está más allá de lo humano, nunca por debajo.

A pesar de éstas y otras historias y pensando que algo bueno tendría el libro, seguí leyendo. Pero la lectura ya no era igual. ¿Quizá la intriga, el gran valor de este tocho, liberó sus garras?, o mejor aún, ¿había conseguido yo distanciarme de la curiosidad mórbida, enfermiza?, ¿tendría que agradecerlo a una matanza de gatos?

El caso es que el día 20 a media mañana estaba fuera de mí, desorientada, desconcertada, y sin saber por qué: la lectura, el sueño, el despertar, la toma de conciencia… Todo parecía al borde de un ataque de nervios pero la realidad no mostraba ni un ápice de preocupación, ni una falla. Mi parte femenina me aconsejaba de todas formas un cambio, un relax. A primera hora de la tarde estaba en la piscina. Y como allá por donde vaya hay que  hablar de libros, me enfrasqué en una de mis habituales discusiones literarias.

Pedí que me contaran el resto del libro (no siempre es sacrilegio). Aquello confirmó mis peores sospechas. Los best sellers tienen un poco de todo, por aquello de que algo te podrá gustar, y cuando llegas al final te encuentras con el vacío del todo. Éste no es el mundo completo, pleno, que reflejan las grandes obras literarias o artísticas. Éste no es el mundo de Mishima (“Sed de amor”) o Kawabata (“La casa de las bellas durmientes”).

Sin duda, hay que utilizar la mejor protección. Cuanto más y mejor has leído, más conoces y sientes la buena literatura y la que no lo es (y eso aunque de vez en cuando gocemos de lo malo, como quien se permite achicharrarse al sol). Así que, ¿cómo evitar las quemaduras? Más pomada. ¿Han leído ya a Ramiro Pinilla  (“Verdes valles, colinas rojas”) o a Rafael Chirbes (“Los viejos amigos”)? Y, por salir de casa, ¿leyeron a Margaret Atwood (“Desorden moral”) o a  Tzvetan Todorov (“Frágil felicidad”). Pomadas de diferente textura, color, olor, según la apetencia. Y para terminar, de postre, prueben un “ilustrado” o un cómic. Disfrútenlo mientras la degradación de las artes sigue avanzando, mientras caminamos hacia formas más elaboradas de barbarie.

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Una respuesta to “Cuando lea, protéjase”

  1. Susana Says:

    Si hubiera un ranking de los peores best seller yo incluiría las principales obras de Ruiz Zafón, Pérez Reverte…, y otr@s much@s. Todos los que venden gracias a sus contactos, la mercadotecnia, la corrupción, el poder…

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