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Huérfanos culturales

febrero 21, 2012

Lo bueno y preocupante de un blog es la dependencia que crea. Pasando los días el mono crece y, aunque son buenas las etapas de desintoxicación, llega un momento en que el mono no para de chillar, reclama su dosis, y atrás quedan los avatares de la propia vida, los más personales, o los de las crisis económicas y laborales que nos acosan. Aunque al final todo se relaciona.

Surge el título: Huérfanos culturales. Una expresión, una idea, un desahogo, o una sobredosis que, como en este caso, alguien nos facilita. La orfandad cultural es la idea que destila y desagarra el último programa con Juan Ignacio Ferreras.  Él expresa su dolor por la falta de cultura en este país, la que vivió fuera y también a la vuelta. Y lo relacionaba con los muchos que ahora tienen que dejar España, una nueva orfandad como otras anteriores por motivos económicos, pero que también tiene mucho de la miseria cultural actual en un país donde como nunca se premia el compadreo, cuando no la mafia, y donde el trabajo ocupa el último lugar de valoración social. No hablemos ya de cultura, sobre todo si es de libros. Si es de Cine es otra cosa (no hace falta debatir aquí si es cultural o anticultural buena parte del cine que se hace), el caso es que se habla. Y cómo se habla, qué exceso, cuánta publicidad, qué verborrea más tremenda.

El domingo pasado viendo el inicio de la Gala de los Goya 2012, mi espontaneidad tan poco correcta a veces quedó grabada en las redes sociales: “Jaja… ¿puede haber un inicio más patético para los Goya 2012?”. En fin, luego hubo de todo: alguna gracia, alguna imagen, alguna palabra. Pero seguía el tono casposo. No tengo ni idea de quienes son los guionistas, que me disculpen, pero o son inexpertos sacando al Presidente de la Academia de Cine como un Don Hilarión cualquiera, o el próximo año se modernizan y sacan a Franco inaugurando pantanos. “España contra la modernidad” se titula un libro de Ferreras. Hay una conciencia colectiva que no puede seguir riéndose de lo mismo que hace 90 o 40 años (lo de los 90 es porque Don Hilarión llegó al cine en 1921).

Lo de la publicidad y verborrea lo decía, primero, por la gala. Quizá en TVE, difusora oficial del evento, no se han dado cuenta que muchos telespectadores distinguimos entre información, entretenimiento y publicidad. O quizá están tan acostumbrados a mezclarlo -hasta en los telediarios- que ya es un defecto de fábrica. Pero sigamos primero con la gala:. ¿Qué hace un locutor de RNE alabando hasta el babeo a cada premiado con frases grandilocuentes y voz de rosal de pitiminí? ¿Información, entretenimiento, publicidad? Pues alguna de las tres cosas debía ser, no me pregunten cual.

La publicidad y la verborrea seguían al día siguiente en “el resumen del cine español el último año” según una Tele, seguramente TVE, que es juez y parte: muchos de sus fondos públicos financian las películas galardonadas, o nominadas, en ese fastuoso evento. Y es que los intereses empresariales o institucionales lo arreglan todo con la publicidad. Este lunes la mayoría de las informaciones, sobre todo las más populares, las de las televisiones, coincidían alabando, vendiendo, un cine nacional que sigue estando a la cola de los grandes países de Europa. Si investigabas por internet, alguna crítica había a la gala y a nuestro cine, pero poca cosa. Si me he perdido algo, por favor me lo envíen.

Menos mal que en este Planeta siempre nos quedará el cine…, de otros países. Incluso su literatura, (antes que el cine, porque lo del séptimo arte es estar muy a la cola especialmente en ciertos casos). Y nunca estaremos del todo huérfanos, ni aunque se vayan los grandes maestros de las letras, porque nos dejan eso, sus letras, sin artificios ni anuncios entre medias (salvo que sea literariamente conveniente). Estamos preparando un programa de despedida a Wislawa Szymborska (esperamos que para marzo), leyendo y releyendo a esta poeta de las incertidumbres que acaba regalándonos muchas certezas, como en estos versos de su poema Laberinto

En algún lado debe haber una salida,

eso es más que seguro.

Mas no eres tú quien la busca,

ella te busca a ti,

Es ella la que va

tras de ti desde el principio,

y este laberinto

no es otra cosa que tú,

sólo tú, mientras se pueda,

sólo tú, mientras sea tuya,

huida, huida –

Poemario “Dos puntos”. Foto de Jorge Díaz Martínez )

Responsabilidad intelectual: una breve reflexión a partir del caso de Lars Von Trier

mayo 24, 2011

¡Qué complicada es la relación entre el creador, su obra y su público! Por un lado, está la genialidad, la transgresión, la técnica, la inserción del creador dentro de una tradición artística (literaria, cinematográfica, musical, o incluso filosófica), por otro está el hombre, producto de su tiempo, de la historia, de sus limitaciones y debilidades. A veces él es víctima de su entorno, tragado por su circunstancia, por una vida mezquina o sufrida, por la incapacidad de buscar la libertad cuando ésta le está inicialmente restringida; otras veces está dotado de semejante capacidad de comprensión y apertura que es capaz de sobreponerse a ese entorno, por más opresor y totalizador que sea. Casos de ambos tipos pululan en la historia del pensamiento intelectual.

El reciente caso del cineasta Lars Von Trier en el Festival de Cannes, hablando en broma (de muy mal gusto) sobre su supuesta adhesión al antisemitismo nazi, es sólo uno entre muchos y, exactamente por eso, debe ser cuestionado. Sus posteriores disculpas, intentos de arreglos y de desdecir lo mal dicho, quizás lo eximan de la culpa, pero no deja de suscitar interrogantes.

Primero, partimos del principio básico de que no estamos hablando de ningún idiota, sino de un pensador de alto nivel, con películas intrigantes como Bailando en la oscuridad o Dogville, que cuestiona en su obra la servidumbre, la humillación, el bien o el mal como intrínsecos al hombre. Es decir, los planteamientos filosóficos no le son ajenos. ¿Por qué se metería a hablar de algo tan rotundamente controvertido y absurdo como ser nazi? Segundo, aunque sus películas fueran idiotizantes, que no dijera más que tonterías en su vida y en su obra, ¿qué derecho tiene de defender una perspectiva como la que hizo? Mi respuesta es rotunda: ¡ninguno!

Por mucho que defienda la genialidad de la obra por encima de las equivocaciones del hombre (para citar algunos nombres, se puede mencionar a Ferdinand Céline, Elia Kazan, Martin Heidegger, Julio Verne en el caso Dreyfuss o incluso el muy poco genial Mel Gibson), el hombre público y, principalmente, aquél que vive de su trabajo intelectual, sea en las artes, en la academia, en los medios de comunicación, tiene una responsabilidad moral ante los que lo escuchan o leen, y que va más allá de su interés personal de provocar o trasgredir el status quo. Aunque en el recóndito de su casa y sus pensamientos pueda tener las opiniones más nefastas, como persona pública se acepta una responsabilidad. De no ser así, que no se manifieste. El mismo ganador de la Palma de Oro de 2011, Terrence Malick, es un ejemplo de un gran artista (e intelectual) que prefiere expresarse solamente a través de sus obras, ha dado poquísimas entrevistas y ni siquiera estuvo en la entrega de premios. Una cosa es la obra y el artista, otra, muy diversa, es la relación entre el artista con los medios y el público. Su obra entabla un diálogo con una tradición; el hombre lo hace con sus contemporáneos y tiene, por ende, una responsabilidad hacia ellos.

¿Hay excusa para las absurdidades de Lars Von Trier? Obvio que sí. Un hombre puede equivocarse y mejor creemos en sus disculpas. Pero queda aquí el tema de debate, que suele salir a flote sólo en casos extremos como éste, pero que es discutible en las pequeñas declaraciones cotidianas de personas públicas.

En su libro “The reckless mind“, Mark Lilla, en un diálogo histórico con “The captive mind“, del Nobel de Literatura Czeslaw Milosz, afirma la dificultad de juzgar a los intelectuales que, desde el seno de gobiernos totalitarios, se ven obligados a ceder ante el riesgo de perder sus propias vidas; no obstante, ¿qué decir de los intelectuales que, viviendo en democracia, se entregan a las demencias tiránicas o defienden cualquier cosa que no sea la libertad, el ser humano pleno y la paz?

La responsabilidad intelectual, por la que tanto abogó el epistemólogo Karl Popper y Mark Lilla, como su seguidor, es un tema a menudo abandonado por los grandes medios que, por conveniencia (¿o connivencia?), prefieren callarse ante el poder. Porque los medios, como cualquier entidad o persona que exprese sus ideas de forma pública y abierta, tienen el deber (no sólo el derecho) de hacerlo en aras de ensanchar la democracia, y no de pisotearla.

Otras breves reflexiones sobre el tema: “O intelectual aprisionado“, “Karl Popper  y la responsabilidad intelectual“.

Las caras de Emma

mayo 21, 2011

El bovarismo alarmó a la sociedad francesa del siglo XIX, pero hoy no sería más que el viejo descontento con lo que se tiene, sea mucho o poco. Los anhelos de Emma Bovary eran los de una mujer disconforme con la mediocridad de la vida pueblerina, cuando ya se distribuían revistas de moda en la campagne y cuando París ya era París. ¿Qué vida puede ser más envidiable que la de las artes, literatura, fiestas, placeres, belleza, es decir, la personificación de la joie de vivre? Emma no era una burra. Era pobre y era mujer: y si esta combinación aún hoy tiene consecuencias fatídicas, a principios del siglo XIX en la zona rural francesa, era para ahorcarse. ¡Qué paciencia!

Dicen las malas lenguas que Emma leía demasiado para su bolsillo y que, de repente, le daban unos arrebatos quijotescos y veía un amante ardiente y la posibilidad de ascensión social en un matrimonio con un “mediquito rural”, tanto como el caballero andante veía gigantes en los molinos. Cuando la fiebre (o el fervor) le asolaba, se entregaba al primero que la miraba de soslayo. Además, hacía exactamente lo que hacen tantas mujeres frívolas cuando están deprimidas (y reprimidas): ¡comprar! Ya por aquella época, le gustaba la “shop therapy”, ruleta rusa en la cual se llena el guardarropa y se vacía la cuenta bancaria. Es más, si Emma viviese en los días actuales, seguramente le encantarían Dan Brown, Nora Ephron y Sexo en la Ciudad, pues en ellos está la misma adoración que ella tenía por París. Emma llega incluso a comprar un mapa de París y recorre (con la punta de los dedos) los bulevares y las tiendas más finas.

Todo lo que quería Emma era vivir holgadamente, sin preocupaciones más allá de sus vestidos y sus placeres. Quería ser María Antonieta sin ser decapitada. No aprendió la diferencia entre querer y poder que, aunque el proverbio los iguale, la realidad los aleja ingratamente. Yonville no fue y nunca sería París. Ni siquiera Rouen. Emma quería mucho más que Charles Bovary, Leon Dupuis o Rodolphe. Quería a todos juntos a sus pies, o mejor (¿o peor?) aún, no quería a ninguno de ellos, los despreciaba por igual y en ese desprecio se sentía superior. Sólo quería lo poco que ellos podían proporcionarle: alguna seguridad o amor rápido, incendiario, y un cuarto propio que Virginia Woolf vino a reivindicar tanto tiempo después. En cierto sentido, los deseos de Emma eran de bajo vuelo, pero ¿cómo es posible juzgarla si tenemos en cuenta la época tan infame en la que vivía? Personaje rebuscado, contradictorio y polémico, Emma Bovary genera odio y compasión, sea porque la insatisfacción que la supera es propia del ser humano, sea por la valentía de esa mujer que quiso ir más allá de lo que le era socialmente permitido.

Basta ver cómo dos directores de cine tan diferentes entre sí, como Vicente Minnelli y Claude Chabrol, retrataron a la heroína. En la película de Minnelli, de 1949, con todas sus licencias hollywoodienses, Emma es absolvida desde el principio, en la defensa que Flaubert elabora ante el tribunal por la inmoralidad del libro. Para él, Emma es una víctima de las revistas que leía, de un mundo interesante que se desarrollaba a su alrededor y que la dejaba a un costado, pobrecita. Ella, que era tan bonita, tan sensible, bien educada y refinada. Bajo la dirección de Minnelli, Emma vive en constante exaltación, en búsqueda de aventuras y pasiones, habla por los codos y carece de sentido común, como cuando quiere llevar a cabo una tertulia de música y poesía entre los paletos de Yonville.

A su vez, la Emma de Chabrol (1991) es deprimida, convaleciente y fría, más cercana al “pequeño quijote pragmático de faldas”, como ha dicho Mario Vargas Llosa, cruel y silenciosa, dedicada a sus libros y a sí misma. Es una Emma más truculenta y más consciente de que jamás podrá encontrar la felicidad que, en su inocencia, había deseado.

Lo más interesante es que ambos directores son igualmente fieles al libro, aunque el resultado produzca personajes tan diferentes. De hecho, allí reside la riqueza de esa mujer que muestra lo que todas tenemos de fútiles, perspicaces, tristes, promiscuas, inseguras, ávidas de placer y luchadoras contra el patriarcado aburrido. Cada una, seguramente, a su modo y medida.

No es difícil ver a Emma Bovary por todos lados hoy día, entre las mujeres que se endeudan para comprar meros zapatos, ésta o aquella bolsa, espectros victimados por la moda y los medios. El tiempo pasa y ni siquiera el movimiento feminista ha podido aplacar el deseo del marido proveedor y las vidas dedicadas a estar “buenas”, ser bonitas y peligrosas. Si hoy el libro de Flaubert no sería llevado a los tribunales, no se debe sólo a la libertad de expresión de los tiempos que corren, sino, más bien, al contrario del siglo XIX, a que las “Emmas” están por todos lados. Eso no deja de ser valioso, por la posibilidad que las mujeres tienen de entregarse a la satisfacción de sus deseos, vanos o no, aunque el vacío que el bovarismo propaga siga siendo pernicioso.

La genialidad de Flaubert está en la capacidad de describir matices del alma humana, no solamente de la infame heroína, sino de todos sus personajes, como Monsieur Homais, que ocupa un rol fundamental como contrapunto de Charles Bovary en el libro, pero que, en ambas películas, fue ninguneado. El libro nos remite a un remolino de sensaciones, hasta el vértigo ahogador del final. Una vez más, la literatura se muestra capaz de entablar un diálogo entre sociedades y épocas lejanas, y sacar a flote lo que el ser humano tiene en común, sin simplificaciones, categorizaciones o prejuicios.

* Entrada publicada originalmente en Flanâncias.