Las caras de Emma

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El bovarismo alarmó a la sociedad francesa del siglo XIX, pero hoy no sería más que el viejo descontento con lo que se tiene, sea mucho o poco. Los anhelos de Emma Bovary eran los de una mujer disconforme con la mediocridad de la vida pueblerina, cuando ya se distribuían revistas de moda en la campagne y cuando París ya era París. ¿Qué vida puede ser más envidiable que la de las artes, literatura, fiestas, placeres, belleza, es decir, la personificación de la joie de vivre? Emma no era una burra. Era pobre y era mujer: y si esta combinación aún hoy tiene consecuencias fatídicas, a principios del siglo XIX en la zona rural francesa, era para ahorcarse. ¡Qué paciencia!

Dicen las malas lenguas que Emma leía demasiado para su bolsillo y que, de repente, le daban unos arrebatos quijotescos y veía un amante ardiente y la posibilidad de ascensión social en un matrimonio con un “mediquito rural”, tanto como el caballero andante veía gigantes en los molinos. Cuando la fiebre (o el fervor) le asolaba, se entregaba al primero que la miraba de soslayo. Además, hacía exactamente lo que hacen tantas mujeres frívolas cuando están deprimidas (y reprimidas): ¡comprar! Ya por aquella época, le gustaba la “shop therapy”, ruleta rusa en la cual se llena el guardarropa y se vacía la cuenta bancaria. Es más, si Emma viviese en los días actuales, seguramente le encantarían Dan Brown, Nora Ephron y Sexo en la Ciudad, pues en ellos está la misma adoración que ella tenía por París. Emma llega incluso a comprar un mapa de París y recorre (con la punta de los dedos) los bulevares y las tiendas más finas.

Todo lo que quería Emma era vivir holgadamente, sin preocupaciones más allá de sus vestidos y sus placeres. Quería ser María Antonieta sin ser decapitada. No aprendió la diferencia entre querer y poder que, aunque el proverbio los iguale, la realidad los aleja ingratamente. Yonville no fue y nunca sería París. Ni siquiera Rouen. Emma quería mucho más que Charles Bovary, Leon Dupuis o Rodolphe. Quería a todos juntos a sus pies, o mejor (¿o peor?) aún, no quería a ninguno de ellos, los despreciaba por igual y en ese desprecio se sentía superior. Sólo quería lo poco que ellos podían proporcionarle: alguna seguridad o amor rápido, incendiario, y un cuarto propio que Virginia Woolf vino a reivindicar tanto tiempo después. En cierto sentido, los deseos de Emma eran de bajo vuelo, pero ¿cómo es posible juzgarla si tenemos en cuenta la época tan infame en la que vivía? Personaje rebuscado, contradictorio y polémico, Emma Bovary genera odio y compasión, sea porque la insatisfacción que la supera es propia del ser humano, sea por la valentía de esa mujer que quiso ir más allá de lo que le era socialmente permitido.

Basta ver cómo dos directores de cine tan diferentes entre sí, como Vicente Minnelli y Claude Chabrol, retrataron a la heroína. En la película de Minnelli, de 1949, con todas sus licencias hollywoodienses, Emma es absolvida desde el principio, en la defensa que Flaubert elabora ante el tribunal por la inmoralidad del libro. Para él, Emma es una víctima de las revistas que leía, de un mundo interesante que se desarrollaba a su alrededor y que la dejaba a un costado, pobrecita. Ella, que era tan bonita, tan sensible, bien educada y refinada. Bajo la dirección de Minnelli, Emma vive en constante exaltación, en búsqueda de aventuras y pasiones, habla por los codos y carece de sentido común, como cuando quiere llevar a cabo una tertulia de música y poesía entre los paletos de Yonville.

A su vez, la Emma de Chabrol (1991) es deprimida, convaleciente y fría, más cercana al “pequeño quijote pragmático de faldas”, como ha dicho Mario Vargas Llosa, cruel y silenciosa, dedicada a sus libros y a sí misma. Es una Emma más truculenta y más consciente de que jamás podrá encontrar la felicidad que, en su inocencia, había deseado.

Lo más interesante es que ambos directores son igualmente fieles al libro, aunque el resultado produzca personajes tan diferentes. De hecho, allí reside la riqueza de esa mujer que muestra lo que todas tenemos de fútiles, perspicaces, tristes, promiscuas, inseguras, ávidas de placer y luchadoras contra el patriarcado aburrido. Cada una, seguramente, a su modo y medida.

No es difícil ver a Emma Bovary por todos lados hoy día, entre las mujeres que se endeudan para comprar meros zapatos, ésta o aquella bolsa, espectros victimados por la moda y los medios. El tiempo pasa y ni siquiera el movimiento feminista ha podido aplacar el deseo del marido proveedor y las vidas dedicadas a estar “buenas”, ser bonitas y peligrosas. Si hoy el libro de Flaubert no sería llevado a los tribunales, no se debe sólo a la libertad de expresión de los tiempos que corren, sino, más bien, al contrario del siglo XIX, a que las “Emmas” están por todos lados. Eso no deja de ser valioso, por la posibilidad que las mujeres tienen de entregarse a la satisfacción de sus deseos, vanos o no, aunque el vacío que el bovarismo propaga siga siendo pernicioso.

La genialidad de Flaubert está en la capacidad de describir matices del alma humana, no solamente de la infame heroína, sino de todos sus personajes, como Monsieur Homais, que ocupa un rol fundamental como contrapunto de Charles Bovary en el libro, pero que, en ambas películas, fue ninguneado. El libro nos remite a un remolino de sensaciones, hasta el vértigo ahogador del final. Una vez más, la literatura se muestra capaz de entablar un diálogo entre sociedades y épocas lejanas, y sacar a flote lo que el ser humano tiene en común, sin simplificaciones, categorizaciones o prejuicios.

* Entrada publicada originalmente en Flanâncias.

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