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Con la claridad aumenta el frío

octubre 12, 2014

mispremiosEl título hace referencia a la obra de teatro que hasta el 19 pueden ver en el Teatro Abadía; basada en el libro “Mis premios” de Thomas Bernhard. Queríamos hacer un programa a partir de esta obra pero, tener que empezar la temporada dos semanas después de lo previsto lo ha hecho imposible. Sí quiero aprovechar para recomendarles que vayan a ver la obra, o lean el libro, o las dos cosas. La versión de Pep Tosar es para mi gusto excesivamente cómica -en general- considerando la dura denuncia social y humana de toda la obra del austriaco y especialmente después de releer Mis Premios. También es verdad que Bernhard tiene un humor encantador y elevarlo hacia el histrionismo permite un final más apoteósico a la obra de teatro, con una fantástica y dramática actuación del propio Tosar en su interpretación del discurso pronunciado por el escritor al recibir el premio Bremen: ahí demuestra que el teatro puede y debe llegar a lo que parece imposible: mejorar un texto ya de por si grande.

De todos los discursos y memorias que del propio Bernhard se reúnen en ese libro póstumo, el de Bremen es sin duda uno de los más duros. A partir de la frase Con la claridad aumenta el frío, el escritor se refiere a cómo el progreso de la ciencia consigue una claridad cada día mayor e, inevitablemente, un frío también cada día mayor. Esta idea será difícil de entender para todos los que ponen las ciencias por delante de las humanidades, para todos los que consideran que una sociedad debe ante todo perseguir el pragmatismo, los números y los logros (cuanto más espectaculares mejor). Sin embargo un triste acontecimiento en nuestro país puede ser un buen ejemplo del error que supone la frialdad de un progreso de la ciencia, todavía más si se menosprecian las necesidades del conjunto de la humanidad.

Me refiero por supuesto al primer caso de contagio de Ébola en Europa, en España, en Madrid. Un lamentable suceso que se quiere llevar sólo a cuestiones prácticas de la sanidad: fallos en el diagnóstico, o fallos en los protocolos de retirada de los trajes protectores, por poner sólo dos ejemplos, cuando no errores políticos. Sin embargo poco se hablaba – sobre todo al principio o antes de la crisis sanitaria española- de la necesidad de ayudar a África, a toda la humanidad, menos aún hemos visto que España haya corrido en su auxilio. Y no es un problema sólo de nuestro país. Francia, que tanta presencia tuvo y tiene en la zona más afectada por el Ébola, ha enviado una ayuda ridícula, hasta la fecha.

No me quiero extender más sobre las miserias de esa gran claridad, que el propio Bernhard relaciona con un cuento de hadas, en el que ya es imposible vivir: “Europa, el más bonito, ha muerto”; podemos seguir debatiendo en los comentarios. Lo que quiero destacar para terminar es que iniciamos la temporada con un programa doble dedicado a la literatura en Cuba y, como podrán escuchar este jueves 16, y la segunda pregunta que le hago a nuestro primer invitado, el Embajador de Cuba en España, Eugenio Martínez, es precisamente sobre el Ébola.  Por una parte, el día de la grabación Teresa Romero estaba ya en aislamiento, por otra parte ya conocíamos que Cuba – con una población aproximada de 11 millones de personas- estaba enviando más de 400 médicos a luchar contra el virus en África. Justo antes de la pregunta, el Embajador había hablado del histórico debate en su país entre pragmatismo y dignidad. A partir de ahí me era fácil preguntar por uno de los muchos casos en los que Cuba exporta dignidad.

No les adelanto más sobre los dos programas ya grabados, salvo que contaremos también con Natasha Díaz, flamante Consejera de Cultura de la misma Embajada y que, desde La Habana, contamos en el primer programa con la Presidenta del Instituto Cubano del Libro, Zuleica Romay. Esperamos que todos ellos vuelvan a visitarnos. Un último apunte sobre Thomas Bernhard, Alianza Editorial  acaba de publicar “En busca de la verdad”: discursos, cartas de lector, entrevistas y artículos de un intelectual que no renunció a la dignidad ni a los riesgos de la denuncia, que no cayó en el cinismo, o en el más frío pragmatismo.

 

África en Madrid

mayo 20, 2011

El programa de este domingo lo dedicamos a África, su literatura (también oral), su realidad, la cooperación desde España… Hay un momento hacia el final del programa en el que Ángeles Alonso comenta el poco presupuesto y la mucha pasión del Salón Internacional del Libro Africano (SILA) y el invitado en el estudio, Jean Arsène Yao bromea diciendo que ahora sí África está en el Salón, que tener poco presupuesto y mucha pasión es muy africano.

Lo cierto es que España nunca estuvo muy lejos de África, para lo bueno y para lo que no es tan bueno. Jean Arsène mencionaba en el programa cómo los primeros esclavos negros que llegaron a América lo hacen desde la península ibérica, donde los árabes los habían traído previamente en los siglos que estuvieron en nuestro país.

Desde que empezaron las revueltas allí, en el norte de África, antes también con las demandas del pueblo saharaui, y después con el caso Juan Tomás, me parecían muy cercanas todas estas reivindicaciones. Lo que ocurría en otros países tenía mucho que ver con lo que teníamos aquí: falta de democracia real, insuficiencia de participación social, corrupción de las élites políticas, económicas y mediáticas… Y no me extrañan ahora las conexiones que se hacen a uno y otro lado del Estrecho. Conexiones que llegan también a otros países de Europa.

En el programa de este domingo 22 de Mayo, Jacint Creus, presidente de la ONG CEIBA, que en 2011 cumple 20 años trabajando en Guinea Ecuatorial, afirma que España se está dejando llevar por sus intereses económicos en sus relaciones con la antigua colonia. En el grupo de apoyo a Juan Tomás, venimos denunciando desde hace 3 meses la incoherencia de esta política, la vergüenza que supone mantener una relaciones de interés económico nada menos que los últimos 30 años; o igual que siempre: evidentemente la política franquista y la política colonial anteriores no eran mejores. ¿Y les parece raro que pidamos un cambio?

Como ya reivindicaban los liberales del siglo XVII (Programa “Liberales”, con José Mª Lasalle Ruiz) la política colonial (o neocolonial, que es en la que estamos) debía obedecer a la misma moral política del interior del país. De otra forma, lo que allí vemos no es más que un reflejo de nuestra realidad interior. Y lo que allí ocurre acaba conformando la imagen de lo que somos: no tenemos capacidad ni siquiera para que nuestras preguntas sean contestadas, los que las hacemos, hay muchos que ni siquiera las hacen, no pueden si quieren estar en la cresta de la ola mediática, en esos medios de masas que tanto deforman la realidad y nos desinforman.

Esta semana asistía a un encuentro de prensa en la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y al terminar, hablando de otros temas que nada tenían que ver con los que allí nos habían reunido, una persona que había trabajado para PRISA defendía la auto-publicidad encubierta que se publicaba en El País, o que se emitía en la SER, porque al fin y al cabo –decía- cómo no hacerse publicidad en la propia empresa.

Han viajado poco, o no en la dirección adecuada para aprender otros usos y costumbres. Es claro que si nuestra situación mediática se compara con países que están peor, salimos ganando. Y esto ha funcionado bien hasta ahora, un gran imperio mediático imponía su ley en la selva nacional y hasta en la de otros países. Ahora hay que civilizarse. Necesitamos mucha más regulación en los grandes Medios, en todos los medios, si no mejoran en credibilidad los pequeños peces mediáticos de internet acabarán comiéndoselos.

Carlos Carnicero reflexiona muy bien en su blog sobre la deriva de El País y, como en su caso, no es algo personal, se trata de precisar dónde está el periódico más leído de España y gran parte de América Latina. De ahí abajo, ni les cuento, sería muy largo hasta acabar por ejemplo en la emisora cultural de Madrid, Radio Círculo, en ese marco incomparable que es el Círculo de Bellas Artes, donde desde nuestros micrófonos sin sueldo ni compensación económica alguna observamos el discurrir de las grandes fiestas mediáticas (los premios Ortega y Gasset, lo más reciente), políticas o económicas ¿Y les parece raro que pidamos justicia?

Unos días antes de la gran manifestación del 15M, El Planeta de los Libros se sumó a las webs que se adhirieron a Democracia Real Ya  Todavía no sabíamos que el 15M sería mucho más que una manifestación pero necesitábamos manifestar el hartazgo, necesitábamos gritar y cansarnos de gritar. Ayer volví a la Puerta del Sol a manifestarme. Estuve poco tiempo, porque la Plaza estaba abarrotada y tampoco conviene morir de éxito. Hay que mantener la acampada. Para eso justo pedían firmas, o más bien teníamos que pedir firmar los que queríamos dejar huella, había demasiada gente también para eso. Nunca he visto tanta ansia por hacerse con una hoja, por añadir una firma, un nombre, un DNI, o más bien una sonrisa y una esperanza. La foto de las amigas, que se apretujaban para firmar, es uno de los mejores recuerdos que tengo de ayer en la manifestación de Madrid.

Ahmadou Hampâté Bâ: El niño Fulbé (el niño peul)

marzo 13, 2011

       Hace unos meses, en un viaje a Bruselas, aproveché una tarde para ir a visitar el Museo Real de África Central de Tervuren, un museo viejo y anticuado que los belgas están intentando modernizar sin mucho éxito. Entre sus atracciones más actuales se exhibía un pequeño video que recreaba el encuentro entre Stanley y Livingstone. Stanley entraba a una aldea africana y era guiado a la cabaña de Livingstone por un revuelo de indígenas semidesnudos, portando lanzas, con el cuerpo pintado, que se agolpaban curiosos, como si fueran una manada de cebras, a contemplar al famoso y narrado encuentro entre los dos exploradores. Pero no fue la célebre frase lo que me llamó la atención, Dr. Livingstone, I presume, sino cual era mi imaginario sobre aquellas poblaciones negras que siempre nos han mostrado las películas en blanco y negro rodadas en África: los negros que se agolpan en manadas en las aldeas de chozas, los negros porteadores en las expediciones de los blancos, los negros que salían tras Tarzán montado en un elefante, esos negros que formaban parte del decorado de las películas como si fueran uno más de los grupos de animales que poblaban la sabana; sin mostrarnos nunca nada sobre ellos mismos, sobre sus pensamientos, su organización social o forma de vida. Ése era el lugar que ocupaban los negros en mi imaginario al ver aquellas películas, un elemento más sobre el paisaje africano como lo podrían ser una manada de cebras o de ñus.

Bueno, pues nada mejor para romper ese imaginario que leer Amkullel, el niño fulbé (Amkuller, l’enfant peul -en su título original-) las fantásticas memorias de la niñez y la primera juventud del escritor maliense Ahmadou Hampâté Bâ (1900-1991) publicadas por ediciones El cobre y Casa África. No voy a resaltar en esta breve reseña la humanidad y los valores de las sociedades africanas que con gran acierto describe el periodista Juan Carlos Acosta en su artículo sobre esta misma obra, sino que me centraré en algo que me ha llamado la atención y que viene de maravilla para romper ese imaginario que todavía persiste sobre aquellos negros africanos.

Si eliminamos todo lo material, es decir, si eliminamos las armas, las carreteras, los barcos, los coches, la ropa, los cubiertos, el telégrafo; si eliminamos todo eso y queda solamente el ser humano, nos damos cuenta de que esos negros que en las películas nos han mostrado como manadas de ñus no eran tan diferentes a nosotros. Esa es la conclusión que extraigo tras leer la juventud en las primeras décadas del siglo XX de Ahmadou Hampâté Bâ. Sociedades africanas basadas en la familia, con padres, madres, tíos, sobrinos. Niños que iban al colegio, que se levantaban a una hora para llegar puntual a clase, que volvían a casa para comer y regresaban después por la tarde. Niños que pedían permiso a los padres para quedarse a dormir en casa de un amigo, o que se fugaban de clase y se dedicaban a hacer travesuras a escondidas para que no les echaran la bronca. Familias que se reunían a la hora de comer, madres que también daban un grito para decir que la comida estaba lista, padres que enseñaban a los niños los modales en las comidas. Familias que se desplazaban de un sitio a otro por asuntos de trabajo, o por asuntos familiares, que utilizaban el transporte -las piraguas en el Níger- para ir de un lado a otro, sabiendo de donde salían las piraguas, los horarios, los precios. Jóvenes que se organizaban en asociaciones vecinales, que mantenían su rivalidad con asociaciones de otros barrios, que cortejaban a las chicas durante las fiestas … Si quitamos lo material, si quitamos las calles, el alumbrado público, los barcos de vapor, y dejamos sólo al ser humano, resulta que esos negros en manada que nos mostraban las películas no eran tan distintos… Eran simplemente seres humanos al igual que nosotros.

Fantástico por tanto Ahmadou Hampâté Bâ (y su lección de humanidad y tolerancia), fantástica por tanto la literatura como forma de conocernos.

http://www.pablomartincarbajal.com