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Todos deberíamos ser feministas

diciembre 31, 2015

Los propósitos de Año Nuevo vienen a ser lo que las promesas electorales antes de las elecciones. Sirven para no cumplirlos. Una se plantea con toda su buena intención algún que otro objetivo que se esfuma en cuanto se presume un poco delante de amigas y familiares. Del mismo modo, a los políticos se les llena la boca de los temas que preocupan a la ciudadanía durante la campaña electoral y sueltan discursos demasiado preparados y artificiales para después padecer una amnesia repentina y negar todo aquello que prometieron.

La política en este país funciona así. ¿Y la política cultural? Nefasta. No existe interés por la cultura, por la cultura de verdad, porque una población culta es una población peligrosa… para ellos. Por otro lado, los medios culturales cada vez comunican menos y cada vez son más pseudoculturales. Los grandes medios culturales no ayudan a promover un cambio e incluso, a veces, parece que intentan poner la zancadilla a otros medios que sí están por la labor. Y las personas cada vez renegamos más de la cultura, como si no fuera algo importante.

En este artículo quiero hablar de feminismo. ¿Y por qué hablo entonces de cultura? Porque el feminismo, aunque solemos verlo como una cuestión política y social, es también una cuestión de cultura.

Todos deberíamos ser feministas No me sorprende que libros como Todos deberíamos ser feministas de Chimamanda Ngozi Adichie apenas haya tenido repercusión en los medios culturales. Vivimos en sociedades patriarcales, en un planeta donde la mitad de la población, hombres, quieren mantener los privilegios a costa de la otra mitad de la población, mujeres, y, por tanto, la mayoría de ellos prefieren el inmovilismo y el statu quo a mostrar interés real por hablar de feminismo.

¿Por qué tanto miedo? ¿Saben los hombres qué significa ser feminista?

El feminismo, como se recoge en el libro Feminismo para principiantes de Nuria Varela, es una teoría de la igualdad que pretende hacer justicia social, un movimiento social y político [y cultural, como he comentado] que lucha por la igualdad real entre mujeres y hombres. Sin embargo, el machismo es una teoría de la inferioridad en la que se considera a las mujeres inferiores a los hombres. El feminismo no simboliza ir en contra de los hombres, sino que se posiciona en contra de los privilegios que la sociedad patriarcal les otorga y lucha por cambiar esa estructura que perjudica a las mujeres, pero también a los hombres. No se trata en ningún momento en ser superior a los hombres, más bien en ser iguales. Fácil y claro.

Te miran con buenos ojos si eres ecologista, vegana, acudes a las manifestaciones en contra del cambio climático o del TPPI, si perteneces a algún movimiento social o si eres una participante activa de algún partido político o asociación. Sin embargo, di que eres feminista y poco faltará para que te miren como si fueras la propia encarnación del mal. Para muchas personas es fácil ver la opresión de las grandes empresas, de los bancos o de algunos políticos sobre la ciudadanía, sobre la clase trabajadora pero se niegan a ver la opresión de los hombres sobre las mujeres por el mero hecho de ser mujeres. Parece ser algo ajeno a ellos.

Por ello, recomiendo la lectura de Todos deberíamos ser feministas. Inicialmente fue una conferencia que la escritora dio en 2012 y que se ha convertido en libro. Se trata de un breve ensayo que intenta explicar de forma clara por qué es importante el género, qué significa y qué situaciones sexistas o discriminatorias del día a día vivimos las mujeres. Me parece muy acertada la idea de emplear situaciones cotidianas porque en esos detalles, que para algunos resultan banales o una versión descafeinada del feminismo, es donde comienza la desigualdad y la violencia contra las mujeres.

Aunque el contexto del libro se centra en África, las situaciones contadas nos resultarán bastante familiares, situaciones discriminatorias y sexistas en diferentes esferas de nuestra vida: en el trabajo, en el ámbito personal,Chimamanda Ngozi Adichie social y de pareja o en relación a las emociones y la expresión de sentimientos. Chimamanda Ngozi argumenta con un lenguaje directo la necesidad de conversar sobre feminismo, tanto por parte de mujeres como de hombres, y quitarle de una vez por todas las connotaciones negativas que conlleva ese término porque «si es verdad que no forma parte de nuestra cultura el hecho de que las mujeres sean seres humanos de pleno derecho, entonces podemos y debemos cambiar nuestra cultura».

Amigos, compañeros, ¿nos tomamos un café el año que viene y hablamos de feminismos?

El poder del lenguaje. Política, literatura y sexismo

octubre 9, 2015

Las palabras que decimos y las que nos dicen provocan sentimientos y emociones en nuestro interior. Por ello, elegimos con cuidado aquellas que deseamos pronunciar. Por citar un ejemplo básico, no produce la misma reacción en aquella persona con la que hablamos: «Eso es una tontería» que «No estoy de acuerdo contigo». La primera frase emite un juicio, carece de empatía y puede hacer daño. La segunda, habla desde el yo y es, a priori, más cortés. Además, utilizar una u otra deja entrever quiénes somos, cómo nos comunicamos y cuáles son nuestras intenciones. Como tampoco es lo mismo escribir: «Ha llegado una invasión de refugiados a un determinado país» que obviar la palabra invasión.

lenguaje

Por M. Adiputra

En líneas generales, esto es el lenguaje. Un sistema de códigos que sirve para comunicar ideas y pensamientos y para representar la realidad y el mundo en el que vivimos. El lenguaje y el pensamiento se interrelacionan ya que en función de lo que pensemos así se definirá nuestra forma de hablar pero, al mismo tiempo, según interpretemos el mundo y el uso que hagamos del lenguaje iremos cambiando nuestra forma de pensar. Como dijo George Orwell: «Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento».

Además, en contra de lo que en muchas ocasiones creemos, el lenguaje no es algo puramente innato. Se trata de una construcción cultural porque es un sistema que se aprende y que varía en función del contexto ya sea geográfico, social o familiar.

El lenguaje tampoco es aséptico ni estático. No es aséptico porque puede, entre otras cosas, sugerir, provocar cambios, insinuar, generar emociones en las personas, etc. Al mismo tiempo, es dinámico, se modifica y evoluciona con la sociedad y con los tiempos.

Al comienzo del artículo he mencionado el uso del lenguaje en nuestra vida cotidiana pero, ¿qué sucede en otros ámbitos? ¿Nos hemos planteado el poder del lenguaje como discurso?  ¿Ycomo medio transformador? 

En política, el lenguaje suele estar asociado a la manipulación y a las mentiras. Con un uso determinado del lenguaje, los políticos nos intentar mostrar la realidad que ellos desean, no necesariamente la que es. Nos crean un estado de ánimo y una manera de entender el mundo que únicamente apela a sus intereses políticos y económicos. De esta tergiversación trata el breve artículo «Sometidos a la propaganda» de Soledad Gallego-Díaz. También en «Diccionario de neolengua: sobre el uso políticamente manipulador del lenguaje» de Carlos Taibo nos daremos cuenta de cómo un lenguaje tecno-científico y poco creativo escogido adrede es la herramienta utilizada en política con el fin de eliminar cualquier posible indicio de reflexión libre y creatividad y condicionar la realidad.

Alberto Manguel en «La ciudad de las palabras: mentiras políticas, verdades literarias» intenta explicar cómo los relatos y la literatura nos sirven para entender el mundo (escuchar entrevista hace 5 años en El Planeta de los Libros). En este ámbito, el lenguaje se convierte en algo evocador y transformador. Como se comenta en el ensayo, escuchar y leer nos enseña a pensar y para algunos políticos que seamos capaces de pensar, hacer autocrítica (para lo que es necesario conocer y utilizar el lenguaje) es un peligro porque ellos nos prefieren mansos y dóciles, sin capacidad de reacción.

Por Jeff Arsenault

Por Jeff Arsenault

Podemos llegar a pensar, entonces, tras estas lecturas, que el lenguaje político y el literario son antagonistas: el primero es reduccionista, utilitarista y poco imaginativo; el segundo, tiene capacidad de cambio, no etiqueta y fomenta la creatividad y la imaginación, no afirma de forma absoluta ni da respuestas concluyentes. Es más abierto y libre.

El lenguaje también puede ser sexista y androcéntrico y, a nuestro pesar, puede serlo tanto en el ámbito de la política como de la literatura y convertirse en algo limitador. La Real Academia de la Lengua (RAE) es la principal institución de referencia en cuanto a la utilización correcta del lenguaje. Sin embargo, es muy lenta y reacia a los cambios. En su diccionario continúa existiendo definiciones sexistas y misóginas como puede ser una de las acepciones de femenino: endeble, débil que recoge Pilar Careaga en su ensayo «El libro del buen hablar: una apuesta por un lenguaje no sexista». Careaga, además de explicar qué es el lenguaje y por qué es sexista, también menciona el miedo de muchas personas a ser tachadas de incultas  si no siguen al pie de las letras las normas de la RAE. ¿Así seguimos en el siglo XXI?

Desde los lugares de poder hay miedo a los cambios que les perjudican, a los cambios que les quitarían privilegios porque, de alguna forma, mantener esta forma sexista de hablar permite seguir manteniendo las relaciones de poder a favor de los hombres y que la otra mitad, las mujeres, quedemos invisibilizadas y sometidas. También los políticos se apropian del lenguaje para seguir manteniendo su poder y sus prebendas a costa del resto de la ciudadanía. Unos pocos quieren acaparar ese poder y una de las formas de hacerlo es a través del lenguaje (quizás el poder empiece en él), en los discursos y en la forma de nombrar y definir a las personas que estamos en el mundo.

En conclusión, el lenguaje es un medio poderoso al que se le resta importancia, sobre todo, por aquellos que saben de su valía. El lenguaje sirve para dar poder a una minoría, para aislar, para manipular y discriminar y para herir pero también, y esta es la parte maravillosa, para conseguir un mundo mejor, para crear diversidad y respeto, para emocionar, para soñar y para dialogar con respeto y tolerancia. El lenguaje es de todos. No permítamos que unos cuantos hagan mal uso de él. Utilicémoslo para comunicarnos con amor y cambiar el mundo: un mundo más justo y más solidario.

Los hombres que no leían a las mujeres

junio 15, 2015

Me gustaría comenzar con una anécdota, arriesgándome a que penséis que se trata de una banalidad. La anécdota se define como un suceso irrelevante, curioso o entretenido. A veces, definimos un hecho como tal simplemente por comodidad, para evitar el esfuerzo de reflexionar, cuando sabemos, o al menos intuimos, que se trata de algo más: un síntoma revelador del pensamiento y de la ideología que hemos ido adquiriendo en la sociedad y en la cultura en la que nos desarrollamos como personas.

índiceVivo en un apartamento pequeño y los libros que no caben en las estanterías andan desparramados, entre otros sitios, encima de una mesa y, aunque no es el caso, parecen colocados estratégicamente, como las novedades de una librería. Así que, una tarde que recibí la visita de un amigo, antes de sentarse en el sofá, reparó en ellos y los echó un vistazo. Recuerdo que todos libros de esa mesa estaban escritos por hombres. Observé a mi amigo. Primero tomó uno, luego otro, leía la sinopsis de los libros e hizo algunos comentarios como: «Cuánto lees», «Parecen interesantes», «Siempre andas rodeada de libros». A las pocas semanas, se acercó otro amigo y el proceso fue similar, tanto en actitud como en comentarios, os puedo asegurar que casi calcó las palabras (y no se conocen entre sí).

Pasados unos meses, estos dos amigos volvieron (por separado también). Poco había cambiado en este tiempo salvo la cantidad y lugar de descanso de los libros; sobre la mesa tenía, como siempre, varios libros pendientes de leer, esta vez, todos escritos por mujeres. Ellos, de nuevo, se acercaron a la mesa y al comprobar que eran libros de autoras y no de autores, no se atrevieron a tocarlos mucho. Uno, cogió una novela y sin leer de qué trataba la tiró de nuevo sobre la mesa con el ceño fruncido y girando la cabeza. Ambos me dijeron frases como: «¿por qué todos son libros escritos por mujeres?», «Siempre estás leyendo lo mismo».

big-eyes-margaret-keane-300x199Mis ojos se abrieron, se hicieron grandes, se pusieron tensos, como los de las niñas que retrataba la pintora Margaret Keane. Me asaltaron algunas preguntas: ¿Por qué la primera vez no les importó que sólo tuviera libros escritos por hombres ni pensaron que mis lecturas eran todas iguales? ¿Por qué dieron por supuesto que los libros de autoras son todos iguales? ¿Leían libros escritos por mujeres para hacer tal afirmación? ¿En qué se basaban? Mi conclusión: su forma de pensar, de expresarse y de opinar era patriarcal, poniendo como punto de referencia, en todos los aspectos, a los hombres, y menospreciando la literatura escrita por mujeres.

Estaréis de acuerdo conmigo en que necesitamos repensar y cuestionar la validez de dichas afirmaciones, ancladas en nuestro subconsciente más de lo que nos atrevemos a reconocer, y que lanzamos al aire sin pensar. Lamentablemente, son tan generalizadas y comunes que pasan de ser la mera opinión de una persona para convertirse en pensamiento colectivo de una sociedad.

Desde mi modesta posición, os invito a realizar una autocrítica a la que solemos ser reacias, quizás porque no nos gusta hurgar en esos elementos que entran en juego en la lectura (he seguido los expuestos por Constantino Bertolo en La cena de los notables). Es decir, creo que tenemos miedo de enfrentarnos a nuestra propia competencia lectora, a nuestra biografía, a las lecturas que hemos hecho a lo largo de la vida y a nuestra ideología. Pero es necesario. Yo también viví, hace un tiempo, mi particular proceso de reubicación lectora: desde dónde leo, a quién leo, dónde me representan, cómo lo hacen.

Bertolo, en el mismo libro citado arriba, también habla de la responsabilidad del que lee, elemento clave en las ideas que intento plasmar en este artículo. Para mí, esta responsabilidad está relacionada con ejercer la autocrítica de nuestras lecturas y nuestra posición ante ellas. Somos lectores responsables en cuanto somos capaces de auto-cuestionarnos.

En este proceso nos ayudará tener presente que el saber está relacionado con el poder porque el primero se genera siempre desde un lugar particular, como afirman Marta Malo y Débora Ávila, investigadoras y activistas sociales. Así, podemos preguntarnos: ¿quién crea ese saber? ¿A quién se dirige? ¿Para quién lo creó? ¿Con qué propósito?

800px-La_lectoraY una pregunta más. ¿A dónde nos llevan estas reflexiones? Si revisamos la historia de la literatura veremos que es claramente androcéntrica y que a lo largo de los siglos ha estado dominada por hombres en todos sus aspectos: escritura, personajes, crítica, incluso, hubo un tiempo en que las mujeres tenían prohibido leer. Ante esta situación, son muchas las escritoras que han hecho por visibilizar otras escritoras como Mª Ángeles Cabré, que en su libro Leer y escribir en femenino, da a conocer un gran número de mujeres que la literatura oficial, de una manera u otra, ha ocultado. Más recientemente, la poetisa Clara Janés ha publicado Guardar la casa y cerrar la boca donde recopila a las poetisas olvidadas de diferentes culturas y períodos de la historia. Otras escritoras, como la coreana Moon Chung-hee cambió el código de la poesía para poder liberarse del lenguaje androcéntrico y poder expresarse con libertad y hasta Bathsheba Everdene la protagonista de la novela Lejos del mundanal ruido escrita por Thomas Hardy afirma que el lenguaje está creado por y para los hombres y que las mujeres no pueden expresarse con él.

A la mujer, considerada «la otra», se le niega la voz, y, sin embargo, tiene derecho a expresarse. Por ello, Mª Ángeles Cabré, entre otras, reconoce la existencia de una narración hegemónica y otra marginal. La narración predominante tiene que ver con esa autoridad que establece determinado saber como superior y margina, no sólo en función del sexo sino también de la cultura, la raza, la orientación sexual y la religión.

Otro tema que Constantino Bertolo toca  en su libro y que nos resultará de utilidad es el de la lectura como aprendizaje: de emociones, de comportamientos individuales y colectivos, de sentimientos o de la conducta humana. ¿Enriquecemos nuestras vidas y nuestras lecturas si tenemos como referente casi mayoritario el referente occidental, blanco, heterosexual y… hombre? (éste último olvidado y obviado normalmente por parte del sexo masculino). Las mismas historias contadas por las mismas personas no nos aportan nada, por mucho que nos empeñemos. Necesitamos la voz de «las otras».

Extremadamente significativa resulta la conferencia dada en 2009 por la escritora nigeriana Chimamanda Adichie: El peligro de una sola historia. En ella, cuenta su experiencia y evolución como escritora y la mirada sesgada que tenemos del mundo debido a la existencia de una sola historia. Explica de una forma maravillosa como el punto de vista único y la reducción a lo simple y a los estereotipos conlleva perder la complejidad y la riqueza sobre una persona, una cultura o un país.

La literatura transforma el mundo y lo hace en cuanto literatura abierta a visibilizar de forma justa e igualitaria las diferentes formas de estar en el mundo y evitando, de este modo, la violencia literaria a la que nos vemos sometidos; literatura abierta a recoger lecturas de calidad y diversas porque nos convertiremos en mejores lectoras y personas si vamos más allá del yo y nos atrevemos a conocer a las otras y los otros.

En definitiva, ser lectores responsables implica rebelarnos contra una autoridad lectora que es cuestionable e incorporar nuevos elementos de juicio a nuestras lecturas para llegar a ser realmente libres.

La chica de Tsukiji – Bosco Esteruelas

octubre 31, 2014

La chica de Tsukiji

Hace unas semanas asistí a una velada literaria en la librería Tipos Infames, en la que se presentaba un libro de relatos del escritor Bosco Esteruelas, La chica de Tsukiji y un vino, denominado Haiku –en homenaje a las estrofas poéticas niponas. La sinergia entre el libro y el vino se hacía ver con facilidad, la sencillez del haiku con la ligereza de la lectura de las historias breves que nos cuentan los relatos.

Bosco Esteruelas, es escritor y periodista. Ha publicado dos novelas, El reencuentro (2011),  Todo empezó con Obdulio (2012) y recientemente un libro de relatos, La chica de Tsukiji (2014). Ha ejercido el cargo de responsable de comunicación en la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional. Ha sido editorialista del diario El PAÍS, trabajó en la Agencia EFE y más tarde ingresó en EL PAÍS, como corresponsal en Asia, con base en Tokio y posteriormente en Bruselas. También fue portavoz de la FAO y portavoz del vicepresidente y comisario europeo Manuel Marín.

Un título, La chica de Tsukiji, en alusión a la gigantesca lonja de pescado tokiota en peligro de desaparición. Cuando Bosco fue corresponsal en Asia, solía visitar de madrugada Tsukiji, allí le fascinó una misteriosa joven, de cabello oscuro y lacio, atractiva, silenciosa y de elegantes maneras, con la que logró comunicarse, tras varias sesiones de intento. Años más tarde, decidió transmitir la experiencia en un cuento tras ver Mapa de los sonidos deTokio, la película que Isabel Coixet ambientó en Tsukiji.

Un género, el relato corto, el resultado de una inspiración inmediata, momentos aislados que adquieren una gran intensidad al verse desconectados de un contexto explicado en detalle. Exige un gran esfuerzo de síntesis y capacidad del autor para hacer que lo que escribe, tan brevemente, sea atractivo y ameno. De ellos esperamos un flechazo, un coup de foudre.

Estos diez relatos de Bosco Esteruelas, nos hablan de la incomunicación y la incomprensión que padecemos los humanos. Personajes complejos, momentos en blanco, y a partir de un rumbo perdido las historias se hacen atractivas, poderosas como marginales, tan violentas como humanas.

Los relatos fueron escritos en una etapa difícil para su autor y quizá por eso, nos dice, daban fuerza a la imaginación aunque sin alejarse de la realidad. Están basados en experiencias personales y profesionales o en las de otros que le fueron contadas y que él distorsionó. Son cuentos voluntariamente inacabados, radiografías de pasiones humanas con el denominador común de la incomunicación y la incomprensión que padecemos los humanos. Describen el enigma que hay detrás de un rostro, el miedo al fracaso, la voracidad irresponsable por el triunfo, el malentendido, la inadaptación y el rechazo social., los amores difíciles, la locura y el absurdo de los nacionalismos violentos, pero también la bondad y la generosidad del individuo.

Bosco nos cuenta, que no se trata de narraciones tristes ni alegres, sino la simple y breve plasmación de lo que somos o somos capaces de llegar a ser. Son haikus que fotografían los sentimientos humanos y te revuelen las emociones.

Estas diez historias, me han acompañado estos días en un Madrid caluroso, y cada historia me ha hecho mirar por el balcón de mi casa y encontrar miradas parecidas a los rostros que he imaginado dentro de cada relato y quizás en portadores de las mismas historias desvanecidas.

Me he fijado en mi rostro cansado al despertar, en el de aquellos que nunca se detienen al caminar deprisa por la ciudad. Me he parado a escuchar a los que hablan en una lengua distinta y he notado el vacío de la incomprensión. Me he dado cuenta de lo rápido que nos movemos sin apenas escuchar nuestros propios pasos y de lo triste que puede ser un anochecer sin rumbo. He querido ser como ellos y es tan fácil como escuchar las pasiones de tu corazón, que en ocasiones te llevan a la tristeza infinita o a sentir el golpe caluroso de la vida llena.

Elena Montoro García

Leed, leed malditos pero no cualquier libro

septiembre 24, 2014

Me encantan el chocolate y los libros. Y aunque parezca extraño, pensar en chocolate, a veces, me lleva a pensar en libros. Leo comiendo chocolate y como chocolate pensando cuál será mi próxima lectura.

Mientras escribo este artículo estoy comiendo una porción, jugosa y tierna. Me he vestido adrede, he camin2825541490_b8dd9ef8c8_mado, entre aceras y calles levantadas por obras, hasta la pastelería del barrio y he comprado una (tamaño pequeño). Y ahora, mientras intento que migas de bizcocho no caigan encima del teclado del ordenador, pienso (aparte de lo rica que sabe) que una tarta de chocolate de gran tirada, esas de supermercado, no puede competir con una tarta de chocolate casera o con una comprada en una pastelería artesanal. La tarta industrial se ha fabricado en cadena (ni siquiera con la gracia y el colorido de Charlie y la fábrica de chocolate), es fácilmente accesible, sin mayor interés que el dinero rápido y fácil. En la tarta casera o artesana se seleccionan los ingredientes con cuidado, hay esmero en la preparación, mimos en la elaboración y un sabor tan exquisito que seguro que en más de una ocasión has tomado trozos más pequeños para que el placer se alargue como yo en este instante. La misma pena que cuando terminas un buen libro.

Y de este modo, me veo hablando de tartas de chocolate en un blog de literatura y cultura, asociando mis tartas a las ideas que tenían algunos editores, como Jaume Vallcorba, sobre la literatura (y me pongo seria). Vallcorba distinguía entre la literatura de calidad y la litimageseratura de consumo. La literatura de calidad contiene complejidad de tipo estilístico y retórico y psicológico, variedad de recursos técnicos, profundidad, algo que conmueve, frente a la literatura de consumo que remite a meros tics, lugares comunes o clichés toscos, esquemas que pretenden ser literarios sin serlos, una receta simple para una tarta prefabricada.

Sin embargo, muchas veces, esta última es la literatura que se escoge leer. Y cuestiono lo de escoger porque es posible que hayamos permitido que otros elijan por nosotros. El supermercado está lleno de tartas de chocolate. Y nos las ponen a la vista. Tienen que estar ricas, para qué buscar más. Ya tengo mi sabrosa tarta. Y así, obnubilados por los cantos de sirena, también nos decantamos por uno (o varios, mayor empacho aún) de los 10 libros más vendidos de cualquier estantería del Top ventas de una gran librería, ¿pero son los 10 mejores? ¿Has decidido tú que se lo merecen o simplemente otras personas lo han colocado por arte de magia? No te han preguntado aunque pienses que sí.

Generalmente, detrás de este tipo de literatura existe un marketing agresivo donde prevalecen los intereses económicos de grandes editoriales o grupos de comunicación por encima de la calidad literaria. La intención es vendernos un mero producto y hacernos creer, como comentó hace poco Nieves Martín de El Planeta de los libros que nos llevamos grandes libros; sí, quizás es así, nos venden libros de gran tamaño. Nada más.

El marketing en sí no es malo. Es una herramienta, que bien empleada, sirve para hacer más atractivo, en este caso, un libro, y darle una mayor difusión. Pero sí es poco ético hacer de él un instrumento de engaño y abuso.

Dubravka Ugresic, escritora y ensayista croata, escribió un breve artículo titulado Los Torcedores que aparece junto a otros en Gracias por no leer en el que comenta: […] «lo trivial ha anegado la vida literaria contemporánea hasta cobrar, a lo que parece, más importancia que los libros. La propaganda de un libro es más importante que el libro en sí; tal como la foto del autor de la solapa es más importante que el contenido y la apariencia del autor en los diarios de gran tirada y en la televisión es más importante que lo que el autor haya escritor realmente.» […] «las librerías parecen cada vez más flamantes supermercados

¿Qué os parece? A mí, turbador y terrorífico. Y como lectoras no podemos recurrir a ese argumento trillado y carente de fundamento que, a menudo, lanzamos sin pensar: lo importante son las emociones, lo que el libro me transmite.

Sí, las emociones importan pero no deben convertirse en el único elemento de análisis y juicio de la calidad de un libro. Me puede gustar el sabor de una tarta de chocolate de supermercado, pero, sin lugar a dudas, me enloquecerá el de una tarta casera o artesanal. ¿Y de qué manera llego a esa conclusión? Porque poseo criterios objetivos para valorarlo… y porque las he probado. Y me refiero tanta a las tartas como a los libros.

Hay buena literatura escondida más allá de los superventas, de las grandes librerías, de las grandes editoriales, de los cuatro grandes escritores de siempre. ¿Por qué no catar esos otros libros también?

8601668462_4fcf2fb3eb_mResulta útil, casi indispensable, me atrevería a decir, convertirnos en lectoras y lectores serios, críticos, reflexivos con lo que leemos y con nosotras mismas. Es nuestra pequeña pero no irrelevante contribución a llenar las librerías, las bibliotecas y nuestras casas de literatura de calidad. Podemos evitar caer en la simplicidad y la monotonía. Ser críticas no significa ser fan de literatura aburrida y pedante. Significa abrir nuestra mente.

Por otro lado, es importante ser conscientes de que la edición y venta de libros no siempre implica una carga cultural grande. En este sentido, el escritor italiano Elio Vittorini diferenciaba entre literatura de consolación versus literatura de provocación. La primera se asemeja a la literatura de consumo, vaga y sin mucho contenido. La segunda, a la literatura de calidad: nos sorprende, nos hace pensar, imaginar o soñar.

pensandoLa literatura juega una función cultural, educativa y social básica y si queremos que continúe su labor debemos abogar por la literatura de provocación, que una vez descubierta, no querremos abandonar (me apuesto una tarta). Está en nuestras manos elegir libros que muestren sociedades justas, que representen mujeres y hombres en condiciones de igualdad, sin estereotipos que perpetúan una sociedad y unas relaciones perjudiciales y nocivas. Vayamos en busca de historias variadas, originales, divertidas, atrayentes, asombrosas. Olvidemos el mismo molde de siempre decorado con virutas de chocolate y lancémonos a por algo diferente. Al menos, probemos.

Como explica Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil, la literatura y los saberes humanísticos, la cultura y la enseñanza constituyen el líquido amniótico ideal en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, laicidad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, pueden experimentar un vigoroso desarrollo. ¿Vamos a dejar que nos lo quiten?

Seamos lectoras y lectores críticos para vivir con libertad, independencia, poder de decisión y capacidad para producir un cambio a nivel cultural, político y social. En definitiva, para ser felices. Recuerda: la literatura de buena calidad es comer chocolate del bueno.

Platero un burro sin más

junio 29, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

-Consideremos que a Platero y yo, podríamos cambiarle el título y ponerle Platero y tú, cosa que el autor no nos iba a permitir con toda seguridad. Pero tratándose de la ficción que para tal fin se está recreando este paseo por el Madrid de las letras -que ni yo, ni el señor Dostoievski, hicimos jamás-, podremos hacerlo, ¿no cree?

-Dicen los expertos en novela que en éstas han de ocurrir cosas, y no sé si en este recorrido por Madrid ocurren cosas, por tanto no podríamos definir este relato como novela, quizá como ensayo. Vamos a ver, ¿y si matamos a Platero, o a Yo, o mejor a Tú?, tendríamos que hemos asesinado un cuento tan empalagoso como cursi, y además su relato se convertiría en novela.

-Mi querido batuchka, le recuerdo que estamos ante su insigne autor, por tanto mejor será que se lo propongamos a él.

-Sí, es cierto, seré yo el que le haga la propuesta.

Sentados los cuatro, el poeta, su acompañante -que no le quitaba ojo de encima a mi compañero-, y nosotros dos, y habiendo pedido una ronda de vino, mi maestro se entonó y le soltó a bocajarro al escritor lo que pensaba sobre su cuento.

-Mire, amigo Juan Ramón, permítame que le dé mi opinión sobre su cuento, ese del burro. Ya sé que no me la ha pedido, no importa, como aquí mi amigo es el que está creando esta ficción, usted, de momento, se tiene que aguantar hasta que el narrador de esta historia le de voz en ella. Le decía que quiero darle mi opinión sobre su cuentito, el que me parece de una simpleza casi terrible, no me gusta lo simple, de una ingenuidad apabullante. Es más que evidente que su posición social ha debido venir a poner en la balanza algo en su favor, y lo que es un insulso cuento, lo han convertido en una gran obra de arte. Dígame, ¿dónde radica la belleza de ese cuento?

En este momento Fiódor me obliga a dar voz a Juan Ramón, al menos para que se defienda del ataque del maestro sobre su cuento, pero ¿cómo darle voz a un escritor que escribe cosas como estas?:

Todas la rosas blancas de la luna caían,
por la ventana abierta, en el cuerpo desnudo…
Mirando aquellas carnes blandas que florecían,
hundido entre mis sueños, yo estaba absorto y mudo.*

 

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: “¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…**

 

No me queda más remedio, los del parnaso me quemaran en la hoguera de la ignorancia, mejor que me quemen en la de las vanidades, pero aquí voy, raudo y decidido a ponerle voz a Juan Ramón.

-Lo que dice usted de mi cuento, me parece bien, sobre todo viniendo de un… -hizo un pausa, tomó un trago como queriendo buscar en el poso del vino un sedimento, una piedra con la que darle en la cabeza al que iba a llamar-… un bolchevique, porque sin duda es usted ese que escribió Crimen y castigo y otros libros que no tienen la calidad literaria que ha de tener un libro, pero se ve que en Rusia quitando al gran Tolstoi todo vale. Le decía amigo Dostoievski, que si usted considera mi cuento algo insulso, amanerado y sin consistencia, quiero decir sin contenido, se equivoca, porque Platero y yo es una obra maestra, una metáfora del mundo… -carraspeó el poeta, acarició el rostro de su acompañante que no dejaba de mirar a Fiódor y siguió con sus argumentos sobre su cuento-. Si no me equivoco el cuento que usted quiere echar  por los suelos ha sido, y es considerado, uno de los mejores cuentos jamás escritos. Así que no voy a decir más en su defensa.

-No hace falta que diga más, ya veo que usted está sobrado de vanidad y su propio ego es más grande que la catedral de la Almudena, pero déjeme que le analice este párrafo de su cuento y dígame dónde está la metáfora y qué se oculta tras ella, si es que hay algo que ocultar, porque no me dirá usted que su cuento es una clave de la revolución que se está fraguando en todo el mundo, sí, esa, la de la clase obrera, a la que usted, por suerte o por desgracia, no pertenece, y tampoco veo que la defienda con su actitud, y mucho menos con el modo de vida que lleva, y corríjame si me equivoco.

-Se equivoca por completo, soy un nato defensor de los derechos del hombre, a ultranza de lo que usted crea, esto me da igual, tengo la conciencia bien tranquila.

-Y no lo dudo, amigo, porque ya se ve en sus versos que su conciencia parece dormir sobre nubes de algodón rosa o violeta, y ahora déjeme al fin hacer ese pequeño análisis de su cuentito -la acompañante del poeta miraba con embelesamiento a mi amigo, sin duda había caído rendida ante la arrogancia de éste, y ante sus ojos-. Escribe usted: “Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: “¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…”

-Usted nunca ha tenido un burro, y lo más cerca que ha estado de uno ha sido cuando ha inventado este burrito abstracto y lleno de lirismo cuando a su alrededor el pueblo, la gente, mi querido amigo, se muere de hambre, de frío, y está siendo doblegada por la imposición de la clase, que precisamente a usted le encumbra. Cierto es que al burro si se le deja suelto en el prado se comporta como usted  lo describe, en eso sí hay cierto aire de realismo, pero que un burrito haga esas chorradas de acariciar tibiamente con su hocico… las florecillas…, me parece obsceno querer dotar de personalidad a un animal, y más cuando se trata de un jumento. Además que esas palabras poseen un aire de candidez que uno cuando las lee y mira a su alrededor no tiene más que la sensación de que éstas, sus palabras y su cuento, son vomitivos, además de falsos, no, amigo, usted es un poeta porque tiene alfombrado el camino, y no me venga ahora con que si tuvo que exiliarse… -esto pasará mucho más tarde de esta entrevista-… ni nada por el estilo, el poeta debe plasmar la realidad y escupirla a esa clase burguesa que lo destruye todo con tal de salvaguardar “su” arte, “su” poesía, “su” literatura financiando a poetas como usted.

Si aquello no acababa en duelo sería porque el carácter no violento de Juan Ramón, no lo iba a consentir, porque el discurso de mi buen amigo Fiódor, era insultante y de hecho el poeta sin responder a las palabras del ruso, se levantó llevando de la mano a su acompañante que parecía haber quedado en estado de éxtasis y totalmente enamorada del autor de El jugador. A mí me dirigió, el poeta, una mirada reprobadora y antes de salir me dijo.

-Mire con quién anda, y no le tendrían que decir aquello de que con quien te vi te comparé, usted vale más que ese condenado bolchevique.

Llamarle bolchevique a mi amigo no me produjo ninguna reacción, más bien indiferencia, sobre todo si venía de los labios de un poeta tan melindroso como este, y ya saben que no hace falta que les diga de qué lado estoy, así que mi querido batuchka y yo nos quedamos a celebrarlo, habíamos ahuyentado nada más y nada menos que al futuro premio Nobel de literatura, pero eso ni mi acompañante ni yo, ni siquiera el poeta, lo sabíamos en esos momentos.

-¿Qué me dice de la novia del poeta, amigo?

-Que no le ha quitado ojo de encima.

-Esa la tengo en el bote, amigo.

-Y que lo diga.

-Mire lo que me ha dejado con total disimulo.

El maestro me enseñó una nota doblada, que desdobló en ese momento, y en la que aparecieron el nombre de un bar, el día y la hora en que ésta lo invitaba a visitarla,  firmaba Zenobia.

-¡Tremendo amigo, es usted tremendo!, no sólo le descuartiza el cuento al insigne escritor sino que además le pone los cuernos, le admiro cada día más, no hay duda, se está usted convirtiendo en mi alter ego.

-No me adule tanto mi querido Rodia, y  pague la cuenta con los reales que esta mañana nos han entregado en casa del Fénix, y vayamos a esa residencia donde sin duda encontraremos a otros niños estirados, aprendices de fulanos escritores que no saben lo que es vivir la miseria en propia carne, esos que ven el mundo como si de un zoológico se tratase, tras el cristal, sin mancharse, y sin inmutarse, vayamos y hagamos lo que hemos venido hacer a este relato suyo que no es novela, ni ensayo, ni nada, aunque hayamos matado al burro, al Yo a al Tú y a ese Platero de algodón.

*Del Poema Rosas mustias cada día

**Platero y yo

Quevedo ausente

junio 25, 2012

 

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

Llamamos a la puerta  de la casa del insigne aristócrata poeta, pero no nos abrió nadie. Era bien probable que hubiésemos llegado en alguna de las ocasiones en que Quevedo estuvo desterrado, o preso.

En sus posesiones de La Torre de Juan Abad fue desterrado cuando el duque de Osuna cae en desgracia y con ésta arrastra a su protegido, al que le cuesta ese destierro, para más tarde ser preso en el monasterio de Uclés, en Cuenca la de las casas flotantes junto al río; pasando luego al arresto domiciliario en su casa de Madrid, frente a la que mi querido maestro y yo estábamos con la intención de entrevistarnos con el insigne literato, al que la vida tampoco lo trató con total benevolencia, como si existiera una especie de acuerdo en la naturaleza de los hombres, un acuerdo no escrito ni firmado, pero que se lleva a cabo en contra de los que destacan, diríamos que ese acuerdo está hostigado por la envida que en este país es moneda de cambio.

Dejamos atrás la casa del caballero de la Orden de Santiago y señor de La Torre de Juan Abad, para dirigirnos a la taberna del Gato, dado que ya era el medio día y nuestros apesadumbrados estómagos nos pedían algún tentempié, a pesar de que esa mañana habíamos desayunado opulentamente en la casa del Fénix, atendidos por su exuberante y hospitalaria ama de llaves.

-No hay suerte amigo, qué me hubiera gustado tener una platica con el señor Quevedo, autor de versos como estos:

 ¿Qué gracia puede tener

mujer con fondos de fraile,

que de sermones y chismes,

sus razonamientos hace?

Quien deja lindas por necias,

y busca feas que hablen,

por sabias, como las zorras,

por simples deje las aves.

Filósofos amarillos

con barbas de colegiales,

o duende dama pretenda,

que se escuche, no ose halle.

Échese luego a dormir

entre bártulos y abades,

y amanecerá abrazado

de Zenón y de Cleantes.

Que yo para mi traer,

en tanto que argumentaren

los cultos con sus arpías,

algo buscaré que palpe.

-Sí, es un genio de la métrica, del desaire, y de la sátira y de las conspiraciones, amigo de la buena vida y misógino empedernido, y si no, sólo hay que leer los versos en los que dice de las mujeres:

A los cuarenta y cinco es bachillera,

ganguea, pide y juega del vocablo;

cumplidos los cincuenta, da en santera,

y a los cincuenta y cinco echa el retablo.

Niña, moza, mujer, vieja, hechicera,

bruja y santera, se la lleva el diablo.

-¿Qué pesarán las feministas en estos tiempos de este poeta?

-Con toda seguridad, de existir, se las pasaría Quevedo como en su vida anterior, del destierro a la prisión y de la prisión al destierro por misógino y por tener lengua viperina y por importarle un comino el qué dirán: ¡que digan!

Llegamos a la taberna del Gato guardando el silencio que sucede a las gratas charlas, a los retoces en la ciencia del amor, a las grandes comilonas, y el que precede a todos los placeres mundanos que nos convierten en expertos hedonistas dispuestos a disfrutar de cuanto la vida ofrece, de lo bueno hasta el hartazgo, para olvidar que lo malo cuando viene no viene solo…

-¿¡Dos cañas amigos!? -grita el camarero cuando nos ve entrar. Acercándonos a un hueco que hay en la barra, asentimos con la cabeza casi al unísono el maestro y yo. Para nuestra sorpresa junto a nosotros está nada más y nada menos que el insigne Juan Ramón Jiménez. A esto sí que le podemos llamar viajar en el tiempo, ¿no es la literatura un viaje por el tiempo, leer a muertos, ser muertos, hacernos la idea de que todos somos muertos?

-Amigo Rodia, si mis ojos no me engañan creo que ese de ahí, sí, el que roza el codo con el suyo, no es otro que el famoso creador del burro esponjoso -me dice mi acompañante sin quitar el ojo del hombre que a mi lado se toma una caña tranquilamente acompañado de una mujer de belleza extraordinaria que descansa su trasero sobre el lomo de una criatura que no puede ser otra que Platero.

-Es una pena que a este poeta se le recuerde solamente por ese Platero, cuento insulso y apocado, algo cursi, y no se le recuerde por poemas más grandilocuentes como este:

Arriba canta el pájaro y abajo canta el agua.

(Arriba y abajo, se me abre el alma.)

Entre dos melodías la columna de plata.

Hoja, pájaro, estrella; baja flor, raíz, agua.

Entre dos conmociones la columna de plata.

(Y tú, tronco ideal, entre mi alma y mi alma.)

Mece a la estrella el trino, la onda a la flor baja.

(Abajo y arriba, me tiembla el alma.)

-También se le recuerda porque fue premio Nobel de literatura, ¿le parece poco?, y decir de Platero y yo, lo que acaba de decir le va a suponer no pocos enemigos, cuando en España Platero y yo está considerado como uno de los mejores cuentos, que a decir de su autor es para niños, pero también dice, el autor, en una advertencia que escribe como prólogo del libro y que firma en Madrid en 1914, lo siguiente:

“Advertencia a los Hombres que lean este libro para niños.

Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, está escrito para… ¡Qué sé yo para quién!…, para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien!

“Dondequiera que haya niños- dice Novalis-, existe una edad de oro”. Pues por esa edad de oro que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca.

¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!”.

-Muy bonito, pero poco real, muy lírico, de un lirismo exasperante para mí. Yo soy de otros poetas y de otros poemas más contundentes, más, por decirlo de algún modo, humanos. Y como dice Unamuno en su ensayo Soledad que cuando el hombre sea libre y no tenga secretos que esconder, y diga lo que piensa y siente públicamente descubrirán los hombres que son mucho mejores de lo que creían, y sentirán piedad los unos de los otros, perdonándose cada uno así mismo para luego perdonar a los otros, y yo digo lo que pienso y siento sin remordimiento alguno, y si Juan Ramón Jiménez y su burro me parecen ridículos, aunque tenga el premio Nobel o el que pudieran otorgarle no puedo por menos que serme fiel a mí mismo y no ir contra mis ideas o pensamientos cosa ésta muy peligrosa para mi salud. Así que para unos Platero y yo será el cuento primordial, y para mí, al menos, no lo es, y en esto no ha de afectarme que esa mayoría diga tal o cual cosa, porque entonces, ¿de qué me vale haber sido otorgado con el privilegio del libre albedrío?

-No se enfade mi querido batuchka, no se enfade, que yo le respeto, y suscribo sus ideas, de hecho estoy dispuesto a que me dilapiden, crucifiquen, o me den garrote vil antes que no ser un hombre libre con lo que ello supone para bien o para mal. Ya sabemos que será más para mal que para bien, porque vivimos en una sociedad que no permite ciertas libertades como la que usted, mi querido maestro, se acaba de tomar, pero mejor será trasmitirle estos pensamientos al autor del citado cuento, ya que lo tenemos aquí tan cerca, tan humano, tan físico y tan bien acompañado, y para serle franco, mejor para serle sincero, la palabra anterior deberían haberla borrado de cualquier diccionario por razones que otro día podemos esgrimir en este nuestro paseo por las letras de Madrid, la mujer que lo acompaña no le quita la vista de encima, le admiro a usted porque tiene ese tirón con las féminas.

-Eso es lo que usted cree mi querido Rodia, pero hagamos lo que propone, yo sin ningún pudor le expondré al poeta lo que de su cuento opino, haciendo una minucioso análisis del mismo, y si hace falta pondremos el cuerpo presente y lo diseccionaremos cual galenos en busca de las entrañas para no decir por decir las cosas y para llamar al pan, pan y al vino, vino.

Con respeto me dirigí al poeta, y éste me hizo un desaire que reprendió inmediatamente su acompañante y como una de las mesas de la taberna del Gato se había quedado desocupada decidimos sentarnos a ella. La tertulia fue excelente y de ella nació una gran amistad entre otras cosas porque fuimos honestos como propone Unamuno en su ensayo “Soledad”.

¿Qué es la buena literatura, quién la selecciona, cómo se llega a hacer buena literatura?

junio 15, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

-Leer, es la única forma de poder dar respuesta a esta pregunta. Al menos en lo referente a saber qué es la buena literatura, porque en lo referente a saber quién la selecciona, para mí es más que evidente, la literatura la selecciona uno mismo, pero engañado por los hados que son los que dotan a los libros de libre albedrío para ser ellos los que lo elijan a uno. Y sobre la tercera parte de la pregunta de cómo se llega a hacer buena literatura es quizá algo más compleja la respuesta, pero que sin duda, también los hados del mundo juegan un papel principal en ello, porque sin genio no hay escritor que valga. La técnica la podemos adquirir en cualquiera de los cientos de talleres literarios que actualmente existen en este y en otros países, pero lo que se refiere a ese toque como de magia con el que el buen escritor dota a sus creaciones no podremos adquirirlo por mucho que nos empeñemos en acudir a cientos de talleres impartidos por distintos profesores-escritores. Mi querido Rodia -dice el maestro haciendo una pausa en su alocución, que yo llamaría más bien conferencia. Mi querido amigo, observa el mundo desde una perspectiva distinta, pero como todos los hombres lleva consigo un defecto que lo pierde.

-Tiene razón, mi querido maestro. Pero a eso yo añadiría la situación en la que se encuentran unos escritores y otros. Actualmente escriben miles de personas, y es más que evidente que entre tanta paja se pueda aventar un buen grano, pero con éste tendríamos para hacer unos escasos kilos de pan. Hoy en día cualquier persona se define escritor o escritora. Cualquier persona tiene acceso a los talleres que antes mencionaba, mi estimado amigo, pero ¿tenemos por ello grandes escritores?

-¡Claro que sí, hombre! No sea derrotista y lea, bueno, busque en los anaqueles literarios y ahí encontrará algunos grandes genios, todavía no reconocidos por desgracia, tanto para éstos como para los lectores ávidos de buena literatura. No sea negativo y olvide todo eso de los talleres literarios de los que, a lo sumo, podremos disfrutar de uno o dos buenos libros.

-Pero…, mire maestro, un escritor con vocación de escritor, con auténtica vocación de escritor ¿usted cree que acudirá a uno de esos talleres literarios? Yo creo que no, que el verdadero escritor es como el verdadero pobre, que se niega a pedir limosna más por pecar de exceso de honestidad que por orgullo, aunque por ambas cosas; pero al escritor de vocación el acudir a un taller literario le parecerá una afrenta, algo indigno de él, no olvidemos que suelen estar dotados los escritores de un orgullo exacerbado, cuando no de una gran vanidad, porque el escritor, perdone que me repita, con verdadero talento, digamos, innato en él, se negará a que otro escritor (en la mayoría de los casos, mediocre, y que ha decidido impartir talleres literarios ante la perspectiva de que su talento es limitado a la hora de escribir aferrándose a las técnicas como a clavo ardiendo para no sucumbir) le dé clases o le indique el camino a seguir para encontrar el estilo literario que tanto dolor de cabeza les ha producido a los grandes escritores de la historia. No me dirá usted mi querido batuchka, que su talento no le daba quebraderos de cabeza a la hora de afrontar un libro, a la hora de poner sobre escrito una idea.

-¡Claro, mi querido Rodia, claro! Cómo no me iba a dar dolor de cabeza crear personajes como Raskolnikov, o rodearlo de un ambiente apropiado, aunque para esto no tenía más que observar en rededor mío para retratar lo más terrible de las bajezas del ser humano y hasta dónde pueden llevarlo factores externos como la miseria, o internos, porque la miseria no sólo existe en los hombres de una forma física, la peor de ellas no es ésta, sino la que subyace en el cordón umbilical, la que viene como sello de identidad de un individuo determinado, y estoy seguro que éstos son muchos. El mundo está en el estado en que está, bueno y en el que siempre ha estado, por esa calamidad, digamos por esa miseria intrínseca en los seres humanos. No olvide que el hombre, en el mayor de los casos posee un defecto, al menos yo creo que es un vicio, de acumular cosas aunque para ello prive a otro hombre, no sólo de una cosa, sino de su propia vida. El hombre es capaz de atesorar riquezas y ver cómo su hermano muere en la indigencia. Esta es la plaga más devastadora que sufre la humanidad, su propio egoísmo, que la hace incapaz de compartir, y por tanto incapaz de empatizar, de ser solidaria. Excepciones hay en esta gran viña del señor amigo Rodia, excepciones hay, pero éstas son convertidas inmediatamente en actos de ficción, o lo que es lo mismo, en actos de heroicidad, y se nos ha enseñado desde pequeños que los héroes son aquellos que sólo salen en los libros y que por tanto carecen de ese factor determinante que los hace hombres cercanos a nosotros y reales que puedan hacer realidad sus acciones.

-Estoy de acuerdo con usted maestro, pero andando el camino y con la charla hemos llegado a la casa de Quevedo, ¿qué le parece si le hacemos una visita?

-Me parece perfecto, un gran escritor con un genio sagaz lleno de sarcasmo, y ya que estamos hagámosle una visita. También me gustaría ir otro día a visitar la antigua Residencia de estudiantes donde se dio cita lo más florido de niños bien de aquella España, de niños adinerados que eligieron la literatura, o el arte como camino para salir de sus adocenadas vidas de señoritos de pueblo.

-Perfecto, además de que el tema se presta a una buena y extendida charla, y como desde la casa de Quevedo hasta allí hay un largo trecho, que espero hagamos caminando, tendremos tiempo de debatir sobre esos a los que usted, mi querido batuchka, llama señoritos venidos a la capital con el fin de espantar las moscas del tedio pueblerino. ¿Tenía verdadera vocación Lorca de escritor? ¿Acudiría Federico a un taller literario impartido por Espido Freire, por ejemplo, o por Vila Matas?, por citar un par de nombres, al menos de reconocido prestigio literario, otra cosa es que respondan sus obras a las preguntas expuestas en el título de este capítulo:

¿Qué es la buena literatura, quién la selecciona, cómo se llega a hacer buena literatura?

Por un abordaje cualitativo de la lectura

septiembre 27, 2011

El papagayo del organillero

Una relación amorosa crece y desvanece de la mano de encuentros y ausencias, de odios irracionales, abandonos y decepciones, pero la belleza que se despliega en la entrega y en el reconocimiento del otro como parte de uno (y uno espera también ser parte del otro) es incomparablemente mayor que el dolor. Se vive entonces en la busca de esos momentos de belleza (raros, quizás, para los más cínicos) en los que se espera, además, que el encuentro dure. ¿Por qué aquella persona, entre tantas otras, entre otras más inteligentes, más bonitas, más ricas, más sencillas? Queda siempre la duda si esa belleza es construida por nosotros, a partir de nuestras necesidades y anhelos, o si está ahí en el mundo y tenemos la suerte de encontrarla.

El encuentro literario no es diferente. El autor está ahí en el mundo, entre centenares de otros igualmente buenos, aclamados por la crítica o ignorados por ella. Como el papagayo de un viejo organillero elige el papelito de colores que nos dirá la suerte, la aleatoriedad pauta nuestro encuentro con un libro o el artífice detrás de él. A veces nos presentan y vienen recomendados, a veces es un encuentro a ciegas. Entre tantos escritores, grandes o pequeños, lo que hace que nos enamoremos de uno u otro no es ni la calidad de la obra, ni la destreza de la pluma, ni mucho menos la garantía dudosa de la crítica. El enamoramiento se debe a nosotros mismos.

Nuestras vidas transcurren al margen de la literatura, aunque sea parte importante de nuestro oxígeno espiritual. Nacemos en una familia, en una historia, en una tradición. De niños, desarrollamos intereses diferentes incluso de nuestros hermanos. Algunos dicen incluso que existe un destino, uno para cada uno, otros dicen que los destinos se cruzan y otros, aún, que no hay destino ni nada, sino que estamos sueltos en medio del caos, y nacemos, vivimos y desaparecemos. Por el motivo que sea, y para la práctica del vivir, poco importa si uno es romántico o escéptico o cínico o hipocondríaco o hijo de puta o cómico o infeliz por naturaleza.

Supongamos que a un hombre romántico, al que le apasiona la literatura, se entretiene en los vericuetos de la lengua, de la forma, de las profundidades del alma: Thomas Bernhard le puede parecer un genio (tanto que lo lee en su alemán original), pero su verdadero placer literario puede estar en los malabarismos de Cortázar o incluso en la sensibilidad suicida de Virginia Woolf. No llega siquiera a categorizar uno mejor que otro, simplemente se produce una interpelación (en términos althusserianos) en la cual el pathos del lector, en toda su complejidad psicológica, histórica y social, se identifica con el pathos de una tradición. Al fin y al cabo, si el gusto está formado socialmente, él jamás deja de ser único, en el sentido que cada individuo va a componer un tejido de favoritismos y odios y desintereses que no se encontrará en nadie más. Eso es un encuentro literario: Por eso, no todos los escritores nos van a apasionar ni remover las tripas, ni hacernos reír o llorar del mismo modo. Si narrar es, como dijo Blanchot, navegar rumbo al canto de las sirenas, leer (como movimiento creativo complementario a la escritura) no es diferente.

Un libro suelto entre tantos otros puede hallar el camino hacia nosotros hasta el punto que digamos “estoy enamorada”. Los arrebatos amorosos irracionales (valga el pleonasmo) existen, lo demuestra el número de divorcios, para empezar. Para que el amor dure en el tiempo (o justamente para que no dure, no se sabe con certeza), el mayor conocimiento del otro forma parte de esas ganas de echar raíces en los otros. A primera vista lo que hay es calentón. El amor (o su necesidad) se desarrolla con el arraigo. Eso es verdad tanto para la relación con una pareja como con la obra literaria de un autor. Hay almas livianas que son capaces de decir “este escritor es uno de mis favoritos” habiendo leído solamente un libro suyo, quizás también sean capaces de decir “te amo” en la primera cita. El escritor, en ese sentido, es siempre una metonimia para sus obras y supongo que ninguno estaría satisfecho si su único logro fuera que se leyera nada más que uno de sus libros (ni Harper Lee querría eso).

En la coherencia de la obra a menudo reside el arte, su pathos, aquél con el cual nos identificamos. Intuyo, y puedo estar, por ende, muy equivocada, que lo que nos cautiva de un libro singular es lo que nos va a cautivar de toda la obra, incluso si se trata de la incoherencia de una obra. Está demás decir que el encuentro, el disfrute, la entrega no tiene relación alguna con la trama, aunque así lo parezca. De hecho, hace siglos que las mismas historias de amor, guerra y traición son narradas, sin embargo, no hay un libro que sea igual que el otro; primero, porque los escritores son únicos y, segundo, porque los lectores somos únicos. Por eso el encanto del Quijote escrito por Pierre Menard. El amor, como Dios y todo lo que nos concierne en esa vida, está en la capacidad creativa que llevamos en el DNA y por eso es bello y embriagador.

El escritor y su obra componen un laberinto que nos invita a un paseo. Comprenderlo es disfrutar más de cada palabra escrita y no escrita, conocer las intenciones y sentidos ocultos. Es una lectura horizontal que se profundiza hacia abajo o adentro. En vez de acumular títulos leídos se trata de leer más de y sobre un mismo escritor, es decir, se trata de un abordaje cualitativo, no cuantitativo, de la lectura. Los pasos de ese abordaje son variados y hay miríadas de métodos posibles.

Podemos partir, obviamente, de la obra del escritor, sea por orden cronológico de su trabajo, o en círculos (de los libros más importantes hacia los menos) o aún por género (sus novelas, ensayos, poesía, cuentos y cartas). Después se puede partir a los escritores que lo influenciaron, que él haya mencionado en alguno de sus libros o ensayos o entrevistas; quizás también a los odiados, para encontrar el punto de atrito. Se puede empezar a dedicar (antes o después de eso) a las obras críticas escritas sobre nuestro amor-escritor. Enseguida, ¿por qué no?, a alguna biografía. Asimismo, se puede componer un cuadro completo leyendo a los contemporáneos de nuestro querido, a sus amigos epistolares, a sus colegas de tradición o, en algunos casos, de “movimiento”.

Es verdad que puede ser inverosímil semejante fidelidad. Siempre aparecerá una recomendación de otro lado, un regalo, un cambio de rumo. Al fin y al cabo nos rige la aleatoriedad y el caos. Sin embargo, esa lectura totalizadora nos puede servir como un concepto límite, una utopía, hacia donde nos dirigimos sin jamás llegar. (Excepto el caso aberrante de los académicos muy especializados que a veces se pasan la vida estudiando no sólo un único autor, pero incluso un único libro; pero ellos son la minoría en un mundo de lectores ajenos a las teorías y hundidos en la lectura por placer). Por otro lado, optar por obras o autores relacionados garantiza, la mayoría de las veces, y hasta donde he podido corroborar, la calidad de lo que se va a leer (aún cuando un escritor no pase a nuestro panteón particular).

El abordaje cuantitativo de la lectura, mediante el cual se lee el mayor número posible de libros, aunque pueda tener gran éxito en una mesa de bar o en una conquista amorosa, deja de lado la posibilidad de transformar el arrebato apasionado en arraigo amoroso y dudo (como se duda de las capacidades amoroso-performáticas de un hombre que se ha acostado una vez con muchas, en vez de muchas veces con una) que se pueda saciar la sed espiritual como la literatura, más que el mismo dios que la inventó, puede hacer.