Dediegos, un espejismo

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Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

Llegamos a la calle Salitre número once, en la puerta vimos lo que podría ser un logotipo, dos medias lunas enfrentadas en las que una figura, que podría representar a un arquero, usa, precisamente, de arco. Número once de la calle Salitre, antigua Baltasar Bachero, otro héroe.

Encontramos la puerta abierta y entramos. Dentro no había nadie. Sólo un motón de objetos recogidos con toda probabilidad de la calle, cuadros sin acabar, esculturas, una televisión vieja, eso en la antesala de lo que era estudio y casa, más adentro en la penumbra del local, tras un cuadro que ocupaba toda la pared a modo de biombo separador de espacios, encontramos un colchón que hacía las veces de asiento y de cama posiblemente, el jergón y el tálamo de Dediegos, el escritor que me había plagiado mi novela Santa Compaña. Un microondas y un viejo ordenador en una mesa como de enanos, cuya silla era con toda seguridad la de un antiguo liliputiense, cerraban la lsita de objetos que a la vista teníamos.

-Aquí no parece estar su amigo -dijo el maestro.

-No, no parece estar, eso es más que evidente.

Echamos un vistazo a aquel lugar, la ropa tendida al fondo en plena oscuridad; a aquella parte del estudio no llegaba la luz que tan sólo podía entrar por la puerta de entrada al tugurio. Una ventana que daba a un patio interior no era más que un agujero de ventilación porque por ella tan sólo entraba el olor a berza y el sonido de la cotidianidad del vecindario, alguna vecina increpando a otra vecina, niños gritando al unísono de los ladridos de uno de esos perros horribles vestido para la ocasión: impermeable y lazos amarillo chillón. Dos casas más abajo, en La ratonera, la camarera, una chica llamada Ana,  flirteaba con el escritor al que habíamos venido a buscar.

Mientras estábamos sumidos en nuestra labor de observación sin que nos percatásemos entró alguien en el estudio.

-¡Hola! ¿Dediegos?

Al oír su voz salimos de la semipenumbra y nos hicimos presentes ante aquella ninfa.

-Hola, ¿han visto a Dediegos? -preguntó la chica con su timbre de voz por el que sin duda cabía pensar que era cantante.

-No, no lo hemos visto, pero estamos buscándolo -dije para tranquilizarla.

-Pero… ustedes… ¿son amigos de Dediegos?

-Sí, no se altere, ni se preocupe, no somos de la bofia, nada parecido, somos del mismo gremio que su amigo, que por cierto: ¿sabe dónde podremos encontrarlo?

-La verdad es que no, porque siempre deja el estudio abierto por mucho que le diga que debería cerrarlo por lo menos cuando se aleja del barrio, pero nada, él no hace caso. Lo mismo que no se da cuenta de que estoy loca por él -dijo la cantante. Sin duda era cantante porque nos dijo que llevaba su guitarra a que la arreglaran que había sufrido un percance y sin ella no podría cantar esa noche en la sala Caracol.

– Mira… perdona pero cómo te llamas -preguntó el maestro.

-Me llamo Malena, bueno, quiero decir Silvia, pero a Dediegos le gusta llamarme así.

-Está bien, Malena, mi nombre es Salvador -dije.

-Y el mío Fiódor -dijo el maestro ofreciéndole su mano.

-¿Y qué quieren ustedes de Dediegos? -preguntó la chica nerviosa con la guitarra en la mano.

-Nada, sólo queríamos saludarle -respondí anticipándome al maestro.

-Mejor será que me vaya entonces -dijo ella y dándose media vuelta nos dejó tal como estábamos. Así que decidimos salir de allí y bajar la calle para dirigirnos a la plaza de Lavapiés. Dos casas más abajo un bar llamado La ratonera nos llamó la atención, desde la puerta pudimos oír que alguien recitaba estos versos:

Deseo hacerlo,

conspirar contra lo establecido

hacer el amor bajo las escaleras

del absurdo inmediato,

amarte hasta que se acaben las olas

y el infinito mar

reniegue de nuestro amor.

 

Subir caderas arriba,

como por una escalera de caracol,

al cielo de tus pechos

y allí quedarme dormido

sobre las nubes de tus pezones.

 

Amar cuanto eres dentro y fuera

y descubrir bajo el vuelo

de tu vestido

el origen del mundo

y el oscuro deseo

que me lleva a escribirte

estos versos.

 

Y al entrar descubrimos que el que recitaba no era otro que Dediegos Gracia García, escritor al que habíamos ido a buscar. Así que entramos. El que me había robado la novela Santa Compaña no se percató de nuestra presencia, ensimismado como estaba intentando asaltar la fortaleza de la bella camarera que como una princesa custodiada por sus soldados se asomaba, aparentando timidez y pureza, a la muralla que se había construido con lo que para los clientes era simplemente la barra, tras ella su reino, y el amante desdichado pretendiendo el asedio como un caballero andante de blasón y espada se enfrenta a un legión de gigantes que el sabio Malandrín no dudará en convertir en molinos.

-¡Hombre mi querido Rodia, cómo tú por estos páramos! –dijo Ana que estaba atendiendo a unos clientes.

 

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4 comentarios to “Dediegos, un espejismo”

  1. Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

    ¿Poesía plagiada también por Dediegos? 😉

  2. alvaeno Says:

    Dediegos es un farsante que le plagia a Salvador todo lo que éste escribe, la poseía incluida. ;-)))

  3. alvaeno Says:

    La prisa mata, paisa, me decían en Marruecos cuando lo recorrí de este a oeste, y de sur a norte. Y a mí hoy me poseyó la prisa y los duendes hicieron de la suyas y poseí la poesía. jajaja

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