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La novela moderna, ese invento cervantino

octubre 7, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

 

En la novela la acción liberadora proviene del sueño de libertad del autor.
María Zambrano

¿Se imaginan a Cervantes acudiendo a talleres literarios para escribir la historia El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha?

-Va a ser que no, mi querido Sancho –dice nuestro conferenciante, que sigue en su disquisición sobre literatura.

-Seguro que no, mi querido amigo Ramón María –responde el maestro ruso.

-Vamos a ver, hablemos de la novela, sí, hablemos de la novela que yo nunca conseguí escribir, y no especulemos con que si esto o si aquello, vamos a hablar de la novela moderna, que ya sabemos bien de dónde procede y a que mano pertenece la primera de ellas.

-¡Cervantes en unos talleres literarios? –pregunta uno de los asistentes, un joven de entradas pronunciadas, rasgo por el cual se deja ver una amplia frente bajo la que se mueven como ratones dos ojillos marrones, perdón por el ripio.

-Sí, amigo, sí, Cervantes no habría ido nunca a unos talleres literarios, entre otras cosas porque en su época parece que no los había, y si los había, yo no tengo constancia de ello, y de haberlos, reconozco aquí mi ignorancia sobre el tema, no sobre este tema solo, sino sobre muchos, pero no dejemos que el diablo nos entretenga con cháchara, vayamos al grano del asunto: la novela moderna.

-Corren malos tiempos para escribir novela, ni moderna, ni –apunta un jovencito con patillas largas, gafas de culo de vaso, nariz aguileña, y sobre el mentón, lugar natural donde deben ir los labios, precisamente eso, los labios como dos líneas paralelas con la rara excepción de que éstas no siguen sin tocarse hasta el infinito, sino que para confirmar la regla, se une bajo sendos hoyitos, a diestra y siniestra y bajo los rojos mofletes donde se vislumbran como meandros una decena de venitas azuladas, rasgo este, quizás, producido por la afición que el sujeto debe tenerle al vino.

No nos desviemos del tema, vamos a dejar al señor Ramón María que nos cuente qué piensa de la novela moderna.

-Decía, amigos, que tengo una frustración por no haber podido escribir la novela que me consagrara como lo hizo Don Quijote con su autor, será quizás que no tengo esa necesidad de liberarme que probablemente tenía Miguel de Cervantes, esto, mis queridos amigos, lo ensayará años más tarde una escritora, más filósofa que escritora de novelas, la sin par María Zambrano en su libro Cervantes (Ensayos de crítica literaria).

Nuestro mago ha vuelto hacer de las suyas, y ahora nos va a dejar con la miel en los labios, al menos a mí, que soy lector empedernido y seguidor de este folletín que capítulo a capítulo irá llegando a su fin, y para remitirse a las pequeñas limitaciones de escribir un capítulo con quinientas palabras -este capítulo tiene veinte más- , decía que nuestro mago nos emplaza a seguir el folletín la próxima semana, no ya los viernes, sino los domingos a primera hora para afrontar la imbecilidad de los que creen, todavía, ya mayorcitos, que de los talleres literarios puede salir un libro como el del Hidalgo.

 

 

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¡Vivan los novios y esos talleres literarios!

septiembre 28, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

“No enciendas tanto la hoguera contra tu enemigo
que alcance a quemarte.”

De Vere.

Escena de la película Luces de Bohemia

Ahí estaban los novios, delante nuestro como por arte de magia; la verdad, debemos hacer un breve homenaje a nuestro mago creador que nos lleva y nos trae a su antojo, con poco método y con más improvisación que ingenio, así que hecho el petit hommage a nuestro ínclito…

-¡Cómo gusta, amigo Rodia, abusar de esa palabra –me interrumpe el maestro, cuando estamos a unos metros de la comitiva que precede a los novios, sí, delante de ella va el señor Ramón María, y su recién estrenada esposa-. Y cuide el lenguaje porque mire que decir recién estrenada esposa como si se tratase de un objeto, las feministas se le van a tirar a la cabeza, o peor todavía, a la yugular y no van a dejar de usted ni la muestra del ADN –me mira Fiófor y me invita con estas palabras a reflexionar, a pensar antes de hablar o escribir.

-Mire, mi querido Fiódor, yo nunca fui a un taller literario, y cometo los errores, que creo le son propios a los que nos hacemos a nosotros mismos como escritores, pintores, músicos, etc.

-Lo que se dice autodidácticos, querrá decir usted –interrumpe Fiódor mirándole el trasero a una señora que va delante de él cogida del brazo de un señor que por la espalda parece Juan Ramón, pero quizás no es este el momento más oportuno para hacer aparecer de nuevo al señor del burro, así que solo se le parece, ella, sí, ella es sin duda Zenobia, ¿o es anacrónico que ella aparezca en este momento?

-Creo que tendría que consultar algún diccionario de historia literaria o de la bohemia española de principio del siglo veinte, pero juraría que ese trasero pertenece a la novia del señor del burro –dice el maestro.

Seguimos a la comitiva y llegamos a un café donde al parecer se va a dar un aperitivo a los invitados, y si no es así algo ocurrirá allí, gracias a nuestro mago que pasa de todo e inventa según las ganas que tenga de entrar o no en la ficción o de plasmar la realidad como aconteció en aquel caso de la boda de nuestro ínclito.

-¡Qué manía, tiene usted con esa palabreja –me recrimina Fiódor.

-Disculpe mi querido batuchka –pido disculpas por repetir tantas veces ese adjetivo que uso con tanta asiduidad.

De repente el mago parece haberse vuelto loco porque nos ha colocado sentados a una mesa en la que el señor Ramón da una conferencia sobre los talleres literarios, y yo, llevando al pie de la letra el papel que el mago me ha otorgado en esta historia, transcribo aquí la conferencia con comas y puntos, puntos y comas, y que el lector/a sea quien reflexione al respecto, no voy a encender yo tanto la hoguera contra el enemigo para que las llamas alcancen a quemarme…

-¡Bien, bien, querido Rodia, pase usted a la acción –me anima Fiódor-, soy todo oídos.

 

-Aspiro ante un libro a que me deje huella. Muchos libros que he leído los he olvidado, sin padecer la desmemoria de la que presumía Montaigne y de la que se quejaba todo el tiempo Nabokov, y cuál es el motivo por el que se producía ese olvido: la inconsistencia del argumento más que la estructura del libro. Una casa ha de estar edificada sobre sólidos cimientos, pero el contenido es lo que al final nos acoge calurosa o fríamente.

-Cuando uno lee un libro, por ejemplo, una colección de relatos de autores que provienen de talleres literarios, no siempre es el caso, hay excepciones, pero… Decía que algunos de esos libros parecen estar escritos por el mismo autor, y no es así porque como he dicho son libros de relatos que han escrito varios autores, pero todos vienen de los mismos talleres, por tanto, parecen tener una carencia imaginativa, aclaro que los relatos en cuanto a estilo y técnica están realizados con milimétrica perfección, casi demasiado perfectos en cuanto a estos dos puntos.

-¿Qué ocurre cuando uno termina de leer un libro de este tipo? –si es que llega a terminarlo-, que los relatos caen el más absoluto olvido, porque como decía al comienzo de mi conferencia, nada de lo leído, en esos casos, me ha dejado huella. Las historias contadas, desaparecen como la niebla se esfuma en una mañana de primavera cuando el sol comienza a bañar los campos con su tremenda luz, con la diferencia -valga la reiteración-, entre la niebla y los relatos en que la primera siempre nos quedará en el recuerdo, se quedará grabada en nuestras retinas para siempre, sin embargo de los segundos no quedará ni el menor rastro: Et il ya.

Nuestro conferenciante se detiene en ese momento porque acaba de llegar el escritor Manuel Bueno, éste sin mediar saludo lo increpó atacando al Modernismo y los autores que lo representaban, Ramón María, se defendió argumentando que él no pertenecía a movimiento alguno ni modernista ni noventayochista, el otro indignado arremetió contra Valle-Inclán esgrimiendo como espada su bastón y golpeando varias veces en la cabeza y el brazo del conferenciante con tal fuerza que tuvimos que intervenir mi querido Fiódor y yo, pudiendo entre los dos, con la ayuda de Pío Baroja y de Máx Estrella, que también nuestro mago los acababa de colocar por allí, sujetarlo. Manuel Bueno fue expulsado con algo de violencia y pateado como se merecía, entre otras cosas por su agresión a nuestro amigo Ramón María, y por otra, porque nuestro mago nos sopló al oído que se merecía, además, una par de patadas por fascista, ya que como dijo el mago habría de apoyar la dictadura de Primo de Rivera más tarde de aquel momento.

Cuando pasó todo el jaleo, Valle-Inclán, sin querer ser asistido por un médico continuó su conferencia sobre los talleres literarios, y lo hizo con estas dos preguntas:

-¿Qué dirían sobre los talleres literarios Joyce, Edgar Allan Poe, Kafka, Sartre, Rimbaud, Baudelaire, Dostoievski –aquí presente-, Tolstói, Vernaline, De Vere, Donne, Bukoiwski, Camus, Avalón Breton, Richard Shootarrows, Miller, Faulkner, Carver, etc.?

-¿El escritor nace o se hace?

MAX
¡Don Latino de Híspalis, grotesco personaje, te inmortalizaré en una novela!

DON LATINO
Una tragedia, Max.

MAX
La tragedia nuestra no es tragedia.

DON LATINO
¡Pues algo será!

MAX
El Esperpento’.

Luces de bohemia

septiembre 21, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

Luces de bohemia de Ramón María del Valle-Inclán

Tras habernos ido por los cerros de Utrera –dirá usted por los cerros de Úbeda-, cada cual que se vaya por los cerros que quiera, no es así como ocurre en la realidad amigo Fiódor, nada qué hacer, o nada qué decir o todo que contar, pero vayamos por los caminos de Antequera, o por los de Granada, el fin, a veces no justifica los medios, pero vayamos al fin gracias a nuestro gran mago, ese inventor de lo falso y lo real, de lo cierto y lo incierto, vayamos mi querido amigo Fiódor a la boda, a esa boda con el futuro carlista, el mismo que perdiera la mano, o casi el brazo, según dicen las leyendas, o los hechos ciertos y reales, aquel que en una tertulia exaltado arremetiera contra el escritor Manuel Bueno, sí, ese que tuvo que costearse la edición de su Epitalamio, para que luego, un siglo más tarde venga Jordi Sierra i Fabra a escribir en contra de los autores que se auto-editan (http://eltiramilla.com/%C2%BFautoediciones-%C2%A1no-gracias/), y no me extraña que los escritores se auto-editen, ya que las editoriales-industrias solo publican las obras de los escritores “oficiales”, o lo que es lo mismo: publican basura que venden por kilos en las librerías –también “oficiales”- afines al régimen editorial que existe en España; decíamos que el señor Ramón María no tuvo buen comienzo en la literatura y además rechazó escribir en la prensa para mantener su independencia, sabiendo, o sin saber, que eso lo condenaba a una vida de penalidades y podríamos decir que de bohemia; así que digamos que nuestro ínclito escritor llevó una vida apartada de las normas y convenciones sociales que no en vano le valieron para consolidar la leyenda del escritor maldito, si podemos definir a un escritor carlista como tal, pero, no nos vayamos por los cerros ni de Úbeda, ni de Utrera y salga el sol por Antequera, que salga por donde quiera con tal de que salga ya; decíamos, mi amigo Fiódor y yo, que nuestro inusitado mago nos llevaba desde la tertulia de aquéllos otros, también ínclitos, que dejamos en la taberna preferida de aquel ilustre descendiente de beodos retrasados, a la boda de nuestro ilustre bohemio.

-Amigo Rodia, qué paradojas tiene la vida, ¿verdad? –dice Fiódor mirando al trasero de una morena que se acaba de cruzar con nosotros.

-¿Paradojas, a qué se refiere? –pregunto mientras con la mirada voy desde el culo de la morena hasta sus tetas, para acabar, sin saber por qué, perdido en el laberinto de sus ojos donde reflejado puedo ver al fauno.

-Sí, sí, amigo, que vamos a la boda de un ilustre bohemio, y no sé muy bien si un bohemio puede ser ilustre ¿eran el siglo de la ilustración todos bohemios? –se atusa el mentón y como ido deja de mirar a la morena que ya se aleja por la calle Montera hacia Sol.

-No tiene nada que ver lo uno con lo otro, mi querido amigo, la bohemia es eso que sufren los escritores, músicos y artistas porque el sistema en el que viven no los reconoce como tales, y los condena a vivir una mala vida, falta de casi todo por no decir falta de todo. Así nacen personajes como Max Estrella, de otro modo ¿cree amigo Fiódor que se crearían personajes como él?

-Efectivamente, sería imposible que estos personajes nacieran de lo acomodaticio, de la burguesía conservadora, pero no debemos olvidar nunca que la mayoría de la literatura hecha hasta lo que conocemos, mi querido Rodia, ha sido realizada por aristócratas y burgueses.

-Eso es cierto, pero su propio sistema los ha abandonado enviándolos a sufrir las penurias propias que se pasan cuando el sueldo no alcanza ni para un chusco.

-Luego los que no se venden, o mejor dicho, los que no se prostituyen, los que no pagan su arancel al gran proxeneta del mundo, son condenados a sufrir hambre y calamidades, así nacen las grandes obras, al menos, buena parte de ellas, ¿no cree?

-Sí, estoy con usted mi querido Fiódor, eso es lo que ocurre, pero ahora vayamos, vayamos, ahí nos esperan los novios.

Continuará

Tirano Banderas

septiembre 13, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

Permítame el lector -llegado este punto en este recorrido por el Madrid de las letras-, una digresión en el citado recorrido para venir a traer aquí, cual mago -¿no es así como lo llama Rodia, y mi querido batuchka?-, una historia que como único denominador común entre la misma y ésta -que venimos publicando aquí en este El Blog del Planeta de los Libros-, tiene a Tirano Banderas, así que ahora saco mi varita mágica, la agito en al aire para llevarla luego a la abertura que en el sombrero sirve, además de para sacar el conejo, para cubrir esta calva incipiente e inminente, valga la redundancia, ya que como sabemos, ambos adjetivos vienen a significar lo mismo, y si no del todo identifican la misma cosa, digamos que casi. Dejemos ahora que del sombrero nos salga un capítulo en el que invito a los lectores  busquen de dónde procede el mismo.

<< Tirano Banderas narra la historia de un dictador que tendrá que vérselas con el pueblo. Así deberían acabar todos los tiranos, frente a frente con el pueblo al que han masacrado y exprimido en pos de sus propios intereses y que el pueblo una vez vencidos los dictadores echara sus cuerpos a los cochinos.

En el hotel parece estar vivo el espíritu de don Ramón María, por lo menos hay libros por todos los rincones, y algunos han sido escritos por el incorregible escritor.

María es una mujer de inteligencia y belleza magnificas. Es compresiva pero no sumisa, es autoritaria pero condescendiente. María es una poeta empedernida pero ella no lo reconoce, tal es su grado de humildad y sencillez. He leído poemas suyos que me han cautivado y puedo decir que he leído autores de gran talla.

-¿Por dónde empezamos?

-Comencemos por el amor -ha respondido y me ha llevado nuevamente a la habitación, y una vez allí se ha contemplado en el espejo que la ha mostrado en su máxima plenitud mientras se ha ido desprendiendo de toda su ropa.

-¡¿Por el amor?!

-Sí, por el amor, y por los versos de Elías, ellos nos llevarán a su autor.

-¿No sería mejor ver el listín telefónico y ya está? -he dicho sin darme cuenta de lo que decía, porque si Elías hasta ahora no había sido visto por nadie, no iba a estar el número de teléfono al alcance de todos en el listín. La verdad es que a veces creo que soy estúpido, y que la inteligencia me abandona con frecuencia y lo peor es que en esos momentos en que la estupidez se muestra tal y como es, pienso que nunca fui ni seré inteligente.

 …pestañas como cortinas negras…

En el centro de la plaza, donde se ubica el hotel Luces de Bohemia, una estatua homenaje a un poeta sirve de reposo a una decena de palomas, las otras se abalanzan sobre un motón de migas de pan que una vieja loca cantando les va echando con una pasión desconcertante como si le diera de comer a sus propios hijos que con las bocas abiertas se retuercen entre el hambre y la satisfacción de sentir el tacto de los tarugos de pan duro que la vieja de su madre les pone sobre platos de plata y que ellos toman usando a la vez, tenedores de palo.

Elías Mandrágora es un poeta escurridizo, pero en realidad, a pesar de que me aplico este autoengaño, a quién he venido a buscar es a Gema, mi fiel puta. La mujer que me ha sabido entender, la mujer que me ha sabido dar para luego quitarme todo lo entregado, y es mucho. Y fue en esta plaza donde la conocí, era ella entonces la vieja que le daba de comer a sus hijos alados, pero ella tenía por entonces una vejez de veinte primaveras, y aun así, era la mujer más vieja del mundo.

Entro en el hotel y no tengo por menos que recordar el título de esa obra de teatro escrita por ese insigne literato, sin embargo no es él el que ocupa el lugar primordial en mi memoria, sino el protagonista de la obra que como en casi todas las grandes obras de la literatura, ha relegado a su creador a un plano secundario. No ocurre así en la poesía porque es abstracta y carece de protagonistas, cuya personalidad sea tan fuerte, que acaben por desbancar a sus creadores. Max Estrella en su recorrido de locura, el auténtico maldito, un hombre que es el espejo donde los lectores hemos de mirarnos, esos espejos convexos que nos hacen ver lo ridículos que somos, que nos descubren nuestro lado esperpéntico, nuestro vivir absurdo.

-Buenos días -saluda una bella señorita tras el mostrador de recepción-, ¿qué desea usted? -sonríe y yo lo único que hago es perderme en el azul de sus ojos. Imagen que me lleva a ver, a mirar por primera vez a Gema cuando la encontré por casualidad en la plaza de Santa Ana, lugar donde está el hotel Luces de Bohemia, y frente a éste, el teatro Español al que mira impertérrito el gran Lorca, a su espalda, como El Gran Guardián, lo custodia Calderón de la Barca.

-Tengo un habitación reservada a nombre de Pablo Cialenva -respondo a la mujer que me mira desde sus dos océanos azules. Sin darme cuenta recito en voz alta:

…cruzadas las piernas, rojos los labios…

 

 

El romanticismo

septiembre 7, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

ImageEstando algo aburridos en la tertulia de aquellos tres insignes, que se habían decantado por los derroteros de la nueva narrativa española, o mejor dicho: de la narrativa que en aquellos momentos parecía emerger de un marasmo, un cierto estancamiento entre el movimiento romántico de la primera mitad del siglo XIX, la segunda mitad y el inicio del siglo XX –en el que nuestro mago nos había ido a colocar-, cargado éste de un buen número de elementos para que los autores de aquel momento fructificaran al amparo de la máquina de la modernidad. Se debatían Pío, Benito y José entre quién de aquellos últimos representantes del romanticismo de la primera mitad del diecinueve les merecía mayor admiración, y al final estuvieron de acuerdo en que solo tres eran los que había que destacar de aquella época.

-Trinos como vosotros –dijo mi buen amigo Dostoievski.

-No tiene nada que ver eso con lo que aquí estamos debatiendo –respondió airado el recién galardonado premio Nobel.

-¡A ver! ¿Si de aquella época en la que hay un buen número de autores, ustedes se quedan con tan solo esos tres, no creen que le están haciendo un mal favor a los demás -dijo el maestro.

-¿Qué favor, ni qué leches? Nosotros no estamos haciéndole el favor a nadie, solo reconociendo el valor de algunos de los autores que en los inicios del siglo diecinueve destacaron, y no me dirá usted, que no tenemos razón al haber citado a los tres que al parecer a usted no le son de agrado –dijo algo tozudo y enfadado Pío.

-No, querría yo interrumpir –dije intentando intervenir en la conversación que comenzaba a acalorarse-, pero en una cosa estoy de acuerdo con ustedes, y es en que admiro al gran Larra, por lo demás, los otros dos, no digo que no merezcan el reconocimiento, pero creo que ustedes olvidan al elegirlos como, podríamos decir, paradigmas de la literatura de aquélla época que los demás también tuvieron mucho que ver con nuestras letras.

-Ese es el problema que siempre decidimos encumbrar a unos y hundir a los otros en el olvido. Por eso no estoy de acuerdo con los premios literarios –dijo Dostoievski levantándose de la silla airadamente.

-No se sulfure –intervino Benito algo más calmado que los otros dos, a los que parecía haberles mordido un perro rabioso cuando mi querido maestro les dejó caer su sentencia levantándose como ya se ha dicho; sobre todo el que más irritado se mostró fue el galardonado, era obvio que así fuera, de algún modo tenía, o debía defender su premio, sobre todo contra aquella afrenta del ruso que negaba con o sin razón la necesidad de los premios.

-De todos modos –dije yo levantándome también para dar a entender que nos íbamos, y que la conversación ya no nos interesaba, no se puede razonar con mentes obtusas, ya sé que por estas palabras me quemarán los eruditos en su gran hoguera de vanidades, pero tenía que decirlas-; creo que de esa época de la que hablamos solo podemos rescatar a sus seis máximas figuras, sin contar con las que ni siquiera salieron en los papeles alguna vez, o lo hicieron en contadas ocasiones como fue el caso de José Gutierrez de la Vega (1790-1865) del que hace un buen análisis literario Miguel de Mañara (http://www.rinconcastellano.com/sigloxix/al_miguelmanara.html#); pero sin duda yo me quedo con Mariano José de Larra.

-Así que dadas las circunstancias, por qué no le pedimos a nuestro mago que nos lleve a la boda de nuestro buen e insigne amigo, tan merecedor como éste del Nobel –dijo Dostoievski señalando en un aparte al recién laureado, el señor Echegaray.

-Estoy contigo mi querido maestro –dije yo con ganas de salir de allí, así que le pedimos a nuestro buen hacedor que nos llevara hasta el día de la boda del autor de Tirano Banderas, así matábamos dos pájaros de un tiro, ya teníamos título para el siguiente capítulo de este recorrido por el Madrid de las letras, y de paso alegrábamos los estómagos con algo de comida y algún vino, que de seguro en la citada boda habría. Y para que aquellos románticos no caigan en el olvido los citamos antes de salir de La Cruzada:
Espronceda, Bécquer, Larra, Rosalía de Castro, el padre Juan Arolas, Gertrudis Gómez de Avellaneda y el que hemos citado José Gutierrez, tampoco olvidemos al Duque de Rivas, además de que recomendamos mi querido batuchka y yo las lecturas de Rimas y Leyendas de Bécquer, Obras de Larra, Clarín, Galdós –que lo tenemos presente en este capítulo y el anterior-, Valera, y Zorrilla.

Salimos de La Cruzada con ánimo renovado como diría el Hidalgo, y con la ayuda de nuestro mago nos fuimos a mil novecientos siete para estar presentes en la boda de D. Ramón del Valle-Inclán con la actriz Josefina Blanco.

José Echegaray, un nobel de escándalo

agosto 31, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

El mago que habíamos elegido, o mejor dicho que nos había elegido a nosotros como conejillos, no dudó en sacarnos de las orejas y colocarnos en otro escenario más moderno. Nuestro mago hizo que en ese viaje que va del interior del sombrero al exterior se quedaran atrás más de cuarenta años de historia, quizás este mago no es muy dado a eso que llaman Memoria Histórica, y sí es ferviente seguidor de eso que llaman Amnesia Voluntaria, en la que se suelen excusar, sobre todo, los asesinos.

-¿Cómo hemos podido dejar a esos insignes literatos así de golpe y porrazo, cuando la cosa se ponía al rojo vivo? –preguntó Fiódor que no salía del asombro al descubrir el salto que habíamos dado en el tiempo.

-Bueno, maestro, ya lo que estos dijeron está registrado en la historia, y no tenemos más que leer los libros para averiguar qué dijeron en la tertulia de la que nuestro mago nos ha sacado como el pescador saca el anzuelo del mar cuando descubre que algún ingenuo pez ha picado –respondí mirando el lugar al que habíamos venido a parar.

-¿Otro Nobel escandaloso? –preguntó mi querido maestro cuando vio que el lugar donde nos había depositado nuestro mago era nada más y nada menos que la recepción del Palacio de Conciertos de Estocolmo.

-¿En qué año estamos, mi querido batuchka? –pregunto excitado por la puesta en escena del lugar, la parafernalia que allí había; hoy tendremos la satisfacción y el honor de presenciar la entrega del Premio Nobel de Literatura a…

-¿Quién es ese tipo tan estirado de pelo blanco, vestido con esmoquin, que luce ese corbatín más propia de la época de los zares que de estos tiempos, Rodia?

-No sé, maestro, pero por la apariencia, aunque esta nos engañe a veces, parece un político, ¿no?

-Yo diría que parece más bien un embajador engolado cuya presunción nos hace correr cierto peligro, por el alto grado de pedantería que probablemente posea el tal individuo.

-¿Qué le parece mi querido maestro, si dejamos que el lector sea el que averigüe quién es el laureado?

-Mi querido Rodia, no hemos dado muchas pistas, no creo que el lector sepa de quién se trata.

-¿Damos alguna más?

-Ya puestos, venimos de mil novecientos cuatro, hemos dejado en La Cruzada al recién elegido Premio Nobel de Literatura José de Echegaray, del que sabemos que sus detractores dicen que ha sido una Nobel de escándalo, queriendo decir con ello que… bueno, a buen entededor pocas palabras…

-La verdad Fiódor que los dichos y refranes son muy socorridos a la hora de salir de un lío como en el que nuestro mago nos ha metido, pero sí, que sea el lector el que busque las coincidencias, y luego que descubra en qué año hemos venido a caer, y quién es el escritor estirado de pelo blanco que viste esmoquin y luce corbatín blanco al estilo de los zares y que acaba de ser premiado con el Nobel de Literatura, ¿otro Nobel de escándalo?

-¡Hombre! ¿Por qué dices, mi buen amigo Benito, que mi premio no ha sido merecido?

-Yo no lo he dicho, querido José, son las malas lenguas que han hecho correr ese rumor por los mentideros de Madrid, donde una buena parte de ese grupo de intelectuales modernos, dice que tu premio no es merecido.

-Sí, sí, ¿qué sabrán ellos? Los mismos que critican y despotrican sobre tu premio, cambiarían su parecer si el premio hubiera recaído sobre uno de ellos, y es que en este mundo de las letras, no hay más que lenguas viperinas dispuestas a -blandirse con movimientos trémulos y vibratorios-, todo menos a halagar o lisonjear a los que reciben los premios.

-Es cierto, amigo Pío, pero sabríamos el porqué de muchos de esos premios tan solo con seguir los apellidos del laureado –dijo mi querido maestro Dostoievski.

-Estimado amigo, ¿qué dicen esos apellidos del que los lleva?: lo dicen todo.

Otra vez el mago nos había vuelto a pasar una mala jugada porque de un plumazo nos hizo volver a la taberna La Cruzada, y allí nos ensalzamos con Pío Baroja, Benito Pérez Galdós y José de Echegaray –recién premiado Nobel de Literatura, compartido, pero Nobel al fin y al cabo-, en un debate del que difícilmente saldríamos ilesos.

 

La Cruzada

agosto 24, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

Premio Nobel de Literatura

En 1904, Echegaray compartió el Premio Nobel de Literatura con el poeta provenzal Frédéric Mistral, convirtiéndose así en el primer español en recibir un premio Nobel.

Salimos cuando ya casi amanecía, el hongo o sombrero marrón todavía no se había instalado sobre el Madrid al que acabábamos de entrar por ese arte que además de la magia tiene la ficción. Corría el mil novecientos cuatro, e íbamos a quedarnos sorprendidos con la noticia que nos llegaría más tarde.

Bajamos por Calle Salitre y giramos a la derecha en la Calle de la Fe hacia Plaza de Lavapiés, la gente iba hacia sus trabajos, los carros repartían la mercancía a las tiendas de la zona; subimos por Calle de Lavapiés hasta Tirso de Molina y desde allí recorriendo otras tantas calles nos dirigimos hacia el Palacio de Oriente, hasta llegar a la Calle de la Amnistía, donde está situada la taberna La Cruzada.

Fue, precisamente, mientras desayunábamos, cuando nos llegó la citada nueva, a José Echegaray y Eizaguirre le habían concedido el premio Nobel de literatura, bueno, lo debía compartir con el poeta Frédéric Mistral, pero aun así era el premio de premios, y arderían sus detractores en los infiernos, la mayoría de ellos pertenecientes a aquello que por entonces se denominó como la Generación del 98, más tarde vendría la del 27; pero nosotros por ahora estamos en mil novecientos cuatro.

Desayunando en La Cruzada, taberna de las clásicas que fuera fundada en 1827, dato este que supimos, no por pecar de atrevidos curiosos y preguntar, sino porque en la puerta de la citada taberna se exhibía una placa en la que se citaba este dato, al parecer muy importante para poder establecer, tanto la categoría como la solera del local, no en vano la historia dice que este establecimiento fue uno de los favoritos del rey Alfonso XIII, a cuyo padre, creo recordar, le habían dedicado esa cursi cancioncilla, que para más inri, el otro día, ya en el siglo veintiuno, mientras paseaba por una ciudad -de cuyo nombre no quiero…, ni voy a citar aquí-, unas niñas vestidas con uniforme de colegio de monjas, la cantaban y dice algo así:

“¿Dónde vas, Alfonso XII,
dónde vas triste de ti?
Voy en busca de Mercedes
que hace tiempo no la vi.

Ya Mercedes está muerta,
muerta está, que yo la vi,
cuatro duques la llevaban
por las calles de Madrid…”

-Su hijo, para más suerte de vosotros los españoles –dijo el maestro al entrar en la taberna y leer una tablilla en la que se daba a conocer el dato de la predilección del citado monarca por la taberna que acabábamos de pisar-; digo que su hijo, al parecer frecuentaba este local; mal vamos esta mañana, querido Rodia, mal vamos, hemos pasado del bar reaccionario marxista a una taberna monárquica, mal, mal, muy mal.

-Sí, maestro, sí, pero no había otra alternativa para poder enterarnos de lo del premio –dije para tranquilizarlo, si de algo servía.

-Bueno, si es por ello habrá que hacer un sacrificio –respondió Fiódor, echando un vistazo a la taberna que parecía que por ella el tiempo no había pasado, allí éste se había detenido, esta sensación me produjo cierto desasosiego, no quería yo encontrarme con ningún rey en bar alguno. Pero a los que nos fuimos a encontrar fueron a dos literatos que parecían frecuentar la taberna que fuera una de las favoritas, no solo del rey dicho, sino de muchos intelectuales que en esos principios del siglo -al que fuimos a parar tras la noche en el Lola´s bar, donde Elena nos deleitó con su presencia y con sus servicios como camarera-, se reunían allí para debatir en tertulia.

-¿No son esos Baroja y Galdós? –pregunté al verlos al fondo de la taberna sentados a una mesa de madera rodeada por dos bancos largos y un par de taburetes.

-¿Galdós y Baroja juntos a una mesa? –preguntó extrañado Fiódor como si los conociera de toda la vida.

-Sí, son ellos, ¿quiere que nos acerquemos y les ofrezcamos nuestra compañía para su tertulia? –pregunté al maestro.

-¡Vaya, vaya, mi querido Rodia! , que ahora iré yo, antes debo hacer una visita al retrete.

Fiódor se alejó hacia los baños, y yo me acerqué a la mesa con algo de nerviosismo, aquellos que allí estaban eran dos grandes escritores, uno el de los Episodios nacionales, casi nada, o Fortunata y Jacinta por citar un par de las más de cincuenta obras entre novelas, teatro y ensayos que escribiera el prolífico escritor. Y el otro el escritor vasco que también escribiera una extensa lista de títulos entre los que podemos destacar La juventud perdida; Zalacaín el aventurero; o La casa de Aitzgorri; entre una veintena de sus obras.

-¡Buenos días! –saludé a los dos escritores que me miraron con sorpresa como si yo no fuera la persona que esperaban.

-¡Buenos días, joven! –dijo Baroja, y tras él Benito también me dio los buenos días.

-Perdone joven, pero creímos que era José –dijo Baroja.

-Siento la intromisión, pero a mi amigo –hice una pausa y señalé hacia el lugar donde creí se encontraba el baño-, decía que a mi amigo, mi buen maestro Fiódor Dostoievski, y a mí nos gustaría, si son tan amables y no les molestamos, compartir  mesa con ustedes.

-¡Vaya, vaya, vaya! –Dijo Galdós con alegría-. Pero quién tenemos aquí, como si la ficción nos hubiera secuestrado a todos, al buen y gran escritor ruso.

En ese mismo momento se acercaba el maestro a la mesa, y tras él también llegaba a la tertulia el escritor que acababa de ser reconocido con el Premio Nobel de Literatura, el escritor José Echegaray y Eizaguirre, que con una gran sonrisa saludaba a sus amigos, que iban a recibir la buena nueva de boca del premiado, y nosotros fuimos testigos de ello por aquello de que la ficción es como el sombrero de un mago, que aplica con su varita unos toques y zas: saca el conejo cogido de las orejas.

Anarquistas y bolcheviques

agosto 17, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

Paul CézanneCerramos La ratonera. El estudio de Dediegos seguía abierto. Desistimos de ir para seguir hablando con él sobre el asunto de mi novela, la que sin pudor me había robado, para hacer honor a una de las preguntas que hago en ella: ¿Qué importa más el autor o la obra?, así que dejemos que Santa Compaña siga su camino con la voz de Dediegos Gracia García, escritor, afectado por la esquizofrenia, que habla con sus personajes y que ha llegado a no saber distinguir la realidad de la ficción, convirtiéndose en un personaje más de sus aventuras, un hombre hecho literatura, dentro de su propia literatura.

En Lola´s bar la mujer Klimt, Elena, servía unas cervezas a unos jóvenes en cuyas camisetas pudimos ver la insignia de la anarquía, uno de ellos llevaba una camiseta en la que se veían las caras de un grupo de obreros, y bajo éstas un eslogan o letrero que rezaba: El socialismo al poder”.

Nos sentamos cerca de este grupo, al lado de la barra. Una pequeña barra de menos de dos metros donde nos apretujamos con el proletariado y la lucha de clases.

Mi querido maestro estuvo atento a la conversación de estos revolucionarios. Pero en todo momento se mantuvo al margen. ¿Sabría Fiódor qué ocurría verdaderamente en Rusia? ¿Se había fraguado toda aquella revolución en su época? ¿Hablaba mi querido batuchka en Crimen y castigo del inicio de la revolución comunista?

-Querido Rodia, qué sabrán estos del verdadero socialismo -dijo Fiódor mirando por encima de mi hombro a Elena, la exuberante camarera que lucía una larga melena de color negro como el tizón, deslumbrante. Ella le guiñó el ojo y le dedicó una sonrisa cómplice.

-Sí, me parece que estos son socialistas de salón -dije yo, que no tenía mucha idea, por no decir ninguna, de política.

-¡Ay el socialismo!, por el que estuve a punto de perder la vida, y tuve suerte de que se me conmutara la pena de muerte por una, si cabe, según mi opinión, todavía peor, cadena perpetua, ¿hay algo más humillante que a un hombre lo priven de libertad por pensar diferente de lo establecido?, no sé qué pueda ser; sin embargo la muerte te libera de esa humillación. Pero el hombre cobarde se aferra a cumplir cadena perpetua con tal de no morir. ¿Era yo un cobarde por no haber solicitado que me cortasen el cuello, en lugar de enviarme a Siberia? ¡Desterrado en Siberia!, allí pude comprobar cómo es la auténtica esencia del ser humano. Pero esto ya lo cuento a través de Raskolnikov.

-De hecho a él también lo envían a cumplir condena por su crimen a Siberia.

-Sí, ¿no hay de algún modo una parte de uno en lo que escribe?

-Sí, querido maestro, el escritor Edgar Borges me plantea lo siguiente al respecto de mi novela Sana Compaña: “En la novela manejas un enfrentamiento entre el autor y su obra. ¿Qué de Salvador Moreno Valencia existe en este planteamiento o toda la confrontación es ficticia?

-Buen planteamiento, ¿y cuál ha sido su respuesta mi querido Rodia?

-No sé si debo anticiparme a que él publique la entrevista, o quizá apuntar aquí algo sobre mi respuesta.

-No tenga miedo amigo, tampoco no va usted a publicarla toda, sólo la respuesta que usted le haya dado, me tiene intrigado.

Elena tuvo que intervenir en el corro de al lado porque un chico recién llegado estaba molestando a los bolcheviques que bebían vodka y fumaban canutos sin meterse con nadie. El tipo parecía un yonqui, por su aspecto se diría que llevaba el mono a cuestas, y que un jaco le hacía falta galopando por sus venas. Así que el hombre lo único que quería era un chupito de vodka y que le pasaran un porrito, pero aquellos socialistas se guardaron lo suyo para ellos y lo de los demás se lo entregaron a los bancos, como hacen todos los vendidos. El tipo se enfadó un poco y entonces entró en escena un anarquista de los auténticos, activista de la CNT, un verdadero revolucionario con pelo largo que le llegaba hasta la cintura, barba tipo Tolstói, pero negra como el betún, que puso orden en el local, que por cierto era de su propiedad.

-Querido batuchka, voy a dejar la respuesta en el aire hasta que Edgar publique la entrevista, luego ya podré poner en su conocimiento lo que respondí a su planteamiento, entre otras cosas le debo el respeto, ¿qué iba a ser de los escritores si no nos guardásemos respeto, amigo?

-Una verdadera zapatiesta -respondió Fiódor encandilado con los ojos de Elena que era la misma Elenaque pintara Paul Cézanne en su versión de El rapto de Helena por París: El rapto (1867).

Elena sin H nos llenó los vasos de vodka fría que estábamos bebiendo. En ese momento todos brindamos por la revolución. Se oyeron ¡vivas a la república!, ¡por la tercera!… Y entonamos la internacional, bueno, la cantaron los socialistas del grupo de al lado. Yo me limité a hacer lo que hacía cuando en mi adolescencia iba a misa, movía los labios cuando todos oraban el padre nuestro. Todo fanatismo sea religioso o político no nos llevará a nada constructivo.
Al yonqui lo echaron a empujones, al parecer los desheredados del sistema iban a seguir marginados por aquel brote revolucionario que, a mi parece, lo único que pretendía era llegar al poder sin cambiar las cosas de sitio.

La gata en La ratonera

agosto 4, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

A Anna la había conocido un par de años antes en la parada del autobús, todos los días a la misma hora coincidíamos, y tras varias semanas decidí hablarle.

Anna es una mujer maravillosa, de eso no tengo dudas, es de esas mujeres digamos entrada en carnes, pero no gorda, sino apetitosa, al decir de un tipo como yo que se enamora de una escoba con faldas, pero Anna es dulce y cariñosa, amable, alegre y una mujer más que inteligente con la que se puede mantener una conversación sin que se habla de trapitos. Anna es una mujer excepcional y ahora me la encontraba allí en aquel bar, La ratonera.

-¿Qué hace una gata como tú en una ratonera como esta? -le pregunté para devolverle el saludo.

-¿Dónde mejor para una gata? -respondió dedicándome una mirada con sus ojos felinos.

-Tienes razón, qué mejor sitio que en el nido de los ratones.

Dediegos seguía ensimismado recitando poemas a aquella gata que se desenvolvía a su antojo entre su caterva de admiradores roedores.

 

Rozando la locura,

al extinguirme entre tus manos

como el agua

sin llegar a tu rostro

en forma de bruma.

 

Besos que salarán

El torrente mágico

De tus ojos.

 

La estrella que

Guía mis sentidos

Hacia tu mar bravío

Hasta tu insignia

De libertad y belleza

Hasta tu cuerpo

De arrebol.

 

Mi alabastro plateado

Como un diente de marfil

Que afilado

Desgarra mi corazón

Sentenciado a amarte

Virtualmente.

 

Cuando acabó su declamación me acerqué a él y lo saludé secamente.

-¿A quién tenemos aquí? Nada más y nada menos que a mi plagiador en persona -dije dándole golpecitos en la espalda. Dediegos al oír mi voz se dio vuelta y me encaró.

-Yo no te he plagiado nada, ya sabes quién es el que lo ha hecho, mi novela es mía, pero ese maldito Piojo la ha hecho circular por el mundo entregándola a gente sin escrúpulos que no ha dudado en copiarla y publicarla.

-No te sulfures, amigo -dijo Fiódor que acababa de acercarse para conocer a aquel personaje.

-¿Y tú quién eres? -preguntó a la defensiva.

-Nadie, hombre, nadie, como tú cuando pasen cien años o menos -respondió el maestro.

-¡Ah! Ya recuerdo, tu debes ser… -se detuvo Dediegos, miró a la gata Anna, ésta le dedicó una mirada cómplice y él siguió-. No puedes ser otro que el maldito Eladio Canteras, y ahora vas a pagarme lo que me hiciste en el apartamento de Fuengirola.

-¿De qué estás hablando idiota? -espeté cogiéndolo por la solapa de su raída chaqueta-. Me has plagiado mi novela y te quieres hacer el loco, eso no te va a servir porque pienso denunciarte a los tribunales -dije enfadado de veras.

-Los tribunales no harán nada, y no te parece poco lo que me has hecho sufrir ya con tu Sana Compaña, enviándome a esos mal nacidos, sí hombre, a Domenico Picota Petimetre y sus secuaces, déjame que viva en paz en este remanso donde la gata me acaricia y ronronea por las noches.

-Te dejaré cuando reconozcas públicamente que la novela es de mi autoría.

-Vamos a ver, amigos -intervino Fiódor-, de qué se trata, del reconocimiento de la obra en sí. ¿Qué más da? Si al fin y al cabo vamos a ser barridos por una…

-Pero mientras somos o no barridos por una…

-Disfrutemos de lo que nos pertenece como autores antes de ser barridos por una…

“Tormenta solar se avecina por las antípodas” decía una rubia platino en las noticias de la cuatro: una televisión más grande que La ratonera entera. Amenaza, ésta, la tormenta…

La rubia, también amenazadora, haciendo su papel a la perfección, enseñaba sus atributos pectorales, bueno la cuenca de los mismos por la que podíamos ser engullidos en cualquier instante…

Anna, la gata, se contoneó en el tejado de su elegancia. Dediegos dobló la esquina y se perdió de la mano de una tal Carmen, hija de un director de prisiones. Mi amigo Fiódor y yo nos quedamos allí viendo cómo una tormenta solar nos dejaba a todos sin luz, sin agua, sin gas… como si al maestro y a mí esto nos perjudicara en algo, si ya no teníamos de nada.

-Creo que será mejor tomar otro vino y que la noche nos pille borrachos -dijo mi querido batuchka.

-Será mejor, y luego acabemos la noche en Lola´s bar, donde una mujer Klimt nos hará disfrutar de la tormenta solar que irradian sus ojos. Anna nos sirvió una y otra vez hasta que nos quedamos solos con ella, omito lo que sucedió después…

 

El próximo capítulo

Anarquistas y bolcheviques

 

Dediegos, un espejismo

julio 27, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

Llegamos a la calle Salitre número once, en la puerta vimos lo que podría ser un logotipo, dos medias lunas enfrentadas en las que una figura, que podría representar a un arquero, usa, precisamente, de arco. Número once de la calle Salitre, antigua Baltasar Bachero, otro héroe.

Encontramos la puerta abierta y entramos. Dentro no había nadie. Sólo un motón de objetos recogidos con toda probabilidad de la calle, cuadros sin acabar, esculturas, una televisión vieja, eso en la antesala de lo que era estudio y casa, más adentro en la penumbra del local, tras un cuadro que ocupaba toda la pared a modo de biombo separador de espacios, encontramos un colchón que hacía las veces de asiento y de cama posiblemente, el jergón y el tálamo de Dediegos, el escritor que me había plagiado mi novela Santa Compaña. Un microondas y un viejo ordenador en una mesa como de enanos, cuya silla era con toda seguridad la de un antiguo liliputiense, cerraban la lsita de objetos que a la vista teníamos.

-Aquí no parece estar su amigo -dijo el maestro.

-No, no parece estar, eso es más que evidente.

Echamos un vistazo a aquel lugar, la ropa tendida al fondo en plena oscuridad; a aquella parte del estudio no llegaba la luz que tan sólo podía entrar por la puerta de entrada al tugurio. Una ventana que daba a un patio interior no era más que un agujero de ventilación porque por ella tan sólo entraba el olor a berza y el sonido de la cotidianidad del vecindario, alguna vecina increpando a otra vecina, niños gritando al unísono de los ladridos de uno de esos perros horribles vestido para la ocasión: impermeable y lazos amarillo chillón. Dos casas más abajo, en La ratonera, la camarera, una chica llamada Ana,  flirteaba con el escritor al que habíamos venido a buscar.

Mientras estábamos sumidos en nuestra labor de observación sin que nos percatásemos entró alguien en el estudio.

-¡Hola! ¿Dediegos?

Al oír su voz salimos de la semipenumbra y nos hicimos presentes ante aquella ninfa.

-Hola, ¿han visto a Dediegos? -preguntó la chica con su timbre de voz por el que sin duda cabía pensar que era cantante.

-No, no lo hemos visto, pero estamos buscándolo -dije para tranquilizarla.

-Pero… ustedes… ¿son amigos de Dediegos?

-Sí, no se altere, ni se preocupe, no somos de la bofia, nada parecido, somos del mismo gremio que su amigo, que por cierto: ¿sabe dónde podremos encontrarlo?

-La verdad es que no, porque siempre deja el estudio abierto por mucho que le diga que debería cerrarlo por lo menos cuando se aleja del barrio, pero nada, él no hace caso. Lo mismo que no se da cuenta de que estoy loca por él -dijo la cantante. Sin duda era cantante porque nos dijo que llevaba su guitarra a que la arreglaran que había sufrido un percance y sin ella no podría cantar esa noche en la sala Caracol.

– Mira… perdona pero cómo te llamas -preguntó el maestro.

-Me llamo Malena, bueno, quiero decir Silvia, pero a Dediegos le gusta llamarme así.

-Está bien, Malena, mi nombre es Salvador -dije.

-Y el mío Fiódor -dijo el maestro ofreciéndole su mano.

-¿Y qué quieren ustedes de Dediegos? -preguntó la chica nerviosa con la guitarra en la mano.

-Nada, sólo queríamos saludarle -respondí anticipándome al maestro.

-Mejor será que me vaya entonces -dijo ella y dándose media vuelta nos dejó tal como estábamos. Así que decidimos salir de allí y bajar la calle para dirigirnos a la plaza de Lavapiés. Dos casas más abajo un bar llamado La ratonera nos llamó la atención, desde la puerta pudimos oír que alguien recitaba estos versos:

Deseo hacerlo,

conspirar contra lo establecido

hacer el amor bajo las escaleras

del absurdo inmediato,

amarte hasta que se acaben las olas

y el infinito mar

reniegue de nuestro amor.

 

Subir caderas arriba,

como por una escalera de caracol,

al cielo de tus pechos

y allí quedarme dormido

sobre las nubes de tus pezones.

 

Amar cuanto eres dentro y fuera

y descubrir bajo el vuelo

de tu vestido

el origen del mundo

y el oscuro deseo

que me lleva a escribirte

estos versos.

 

Y al entrar descubrimos que el que recitaba no era otro que Dediegos Gracia García, escritor al que habíamos ido a buscar. Así que entramos. El que me había robado la novela Santa Compaña no se percató de nuestra presencia, ensimismado como estaba intentando asaltar la fortaleza de la bella camarera que como una princesa custodiada por sus soldados se asomaba, aparentando timidez y pureza, a la muralla que se había construido con lo que para los clientes era simplemente la barra, tras ella su reino, y el amante desdichado pretendiendo el asedio como un caballero andante de blasón y espada se enfrenta a un legión de gigantes que el sabio Malandrín no dudará en convertir en molinos.

-¡Hombre mi querido Rodia, cómo tú por estos páramos! –dijo Ana que estaba atendiendo a unos clientes.