La Cruzada

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Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

Premio Nobel de Literatura

En 1904, Echegaray compartió el Premio Nobel de Literatura con el poeta provenzal Frédéric Mistral, convirtiéndose así en el primer español en recibir un premio Nobel.

Salimos cuando ya casi amanecía, el hongo o sombrero marrón todavía no se había instalado sobre el Madrid al que acabábamos de entrar por ese arte que además de la magia tiene la ficción. Corría el mil novecientos cuatro, e íbamos a quedarnos sorprendidos con la noticia que nos llegaría más tarde.

Bajamos por Calle Salitre y giramos a la derecha en la Calle de la Fe hacia Plaza de Lavapiés, la gente iba hacia sus trabajos, los carros repartían la mercancía a las tiendas de la zona; subimos por Calle de Lavapiés hasta Tirso de Molina y desde allí recorriendo otras tantas calles nos dirigimos hacia el Palacio de Oriente, hasta llegar a la Calle de la Amnistía, donde está situada la taberna La Cruzada.

Fue, precisamente, mientras desayunábamos, cuando nos llegó la citada nueva, a José Echegaray y Eizaguirre le habían concedido el premio Nobel de literatura, bueno, lo debía compartir con el poeta Frédéric Mistral, pero aun así era el premio de premios, y arderían sus detractores en los infiernos, la mayoría de ellos pertenecientes a aquello que por entonces se denominó como la Generación del 98, más tarde vendría la del 27; pero nosotros por ahora estamos en mil novecientos cuatro.

Desayunando en La Cruzada, taberna de las clásicas que fuera fundada en 1827, dato este que supimos, no por pecar de atrevidos curiosos y preguntar, sino porque en la puerta de la citada taberna se exhibía una placa en la que se citaba este dato, al parecer muy importante para poder establecer, tanto la categoría como la solera del local, no en vano la historia dice que este establecimiento fue uno de los favoritos del rey Alfonso XIII, a cuyo padre, creo recordar, le habían dedicado esa cursi cancioncilla, que para más inri, el otro día, ya en el siglo veintiuno, mientras paseaba por una ciudad -de cuyo nombre no quiero…, ni voy a citar aquí-, unas niñas vestidas con uniforme de colegio de monjas, la cantaban y dice algo así:

“¿Dónde vas, Alfonso XII,
dónde vas triste de ti?
Voy en busca de Mercedes
que hace tiempo no la vi.

Ya Mercedes está muerta,
muerta está, que yo la vi,
cuatro duques la llevaban
por las calles de Madrid…”

-Su hijo, para más suerte de vosotros los españoles –dijo el maestro al entrar en la taberna y leer una tablilla en la que se daba a conocer el dato de la predilección del citado monarca por la taberna que acabábamos de pisar-; digo que su hijo, al parecer frecuentaba este local; mal vamos esta mañana, querido Rodia, mal vamos, hemos pasado del bar reaccionario marxista a una taberna monárquica, mal, mal, muy mal.

-Sí, maestro, sí, pero no había otra alternativa para poder enterarnos de lo del premio –dije para tranquilizarlo, si de algo servía.

-Bueno, si es por ello habrá que hacer un sacrificio –respondió Fiódor, echando un vistazo a la taberna que parecía que por ella el tiempo no había pasado, allí éste se había detenido, esta sensación me produjo cierto desasosiego, no quería yo encontrarme con ningún rey en bar alguno. Pero a los que nos fuimos a encontrar fueron a dos literatos que parecían frecuentar la taberna que fuera una de las favoritas, no solo del rey dicho, sino de muchos intelectuales que en esos principios del siglo -al que fuimos a parar tras la noche en el Lola´s bar, donde Elena nos deleitó con su presencia y con sus servicios como camarera-, se reunían allí para debatir en tertulia.

-¿No son esos Baroja y Galdós? –pregunté al verlos al fondo de la taberna sentados a una mesa de madera rodeada por dos bancos largos y un par de taburetes.

-¿Galdós y Baroja juntos a una mesa? –preguntó extrañado Fiódor como si los conociera de toda la vida.

-Sí, son ellos, ¿quiere que nos acerquemos y les ofrezcamos nuestra compañía para su tertulia? –pregunté al maestro.

-¡Vaya, vaya, mi querido Rodia! , que ahora iré yo, antes debo hacer una visita al retrete.

Fiódor se alejó hacia los baños, y yo me acerqué a la mesa con algo de nerviosismo, aquellos que allí estaban eran dos grandes escritores, uno el de los Episodios nacionales, casi nada, o Fortunata y Jacinta por citar un par de las más de cincuenta obras entre novelas, teatro y ensayos que escribiera el prolífico escritor. Y el otro el escritor vasco que también escribiera una extensa lista de títulos entre los que podemos destacar La juventud perdida; Zalacaín el aventurero; o La casa de Aitzgorri; entre una veintena de sus obras.

-¡Buenos días! –saludé a los dos escritores que me miraron con sorpresa como si yo no fuera la persona que esperaban.

-¡Buenos días, joven! –dijo Baroja, y tras él Benito también me dio los buenos días.

-Perdone joven, pero creímos que era José –dijo Baroja.

-Siento la intromisión, pero a mi amigo –hice una pausa y señalé hacia el lugar donde creí se encontraba el baño-, decía que a mi amigo, mi buen maestro Fiódor Dostoievski, y a mí nos gustaría, si son tan amables y no les molestamos, compartir  mesa con ustedes.

-¡Vaya, vaya, vaya! –Dijo Galdós con alegría-. Pero quién tenemos aquí, como si la ficción nos hubiera secuestrado a todos, al buen y gran escritor ruso.

En ese mismo momento se acercaba el maestro a la mesa, y tras él también llegaba a la tertulia el escritor que acababa de ser reconocido con el Premio Nobel de Literatura, el escritor José Echegaray y Eizaguirre, que con una gran sonrisa saludaba a sus amigos, que iban a recibir la buena nueva de boca del premiado, y nosotros fuimos testigos de ello por aquello de que la ficción es como el sombrero de un mago, que aplica con su varita unos toques y zas: saca el conejo cogido de las orejas.

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2 comentarios to “La Cruzada”

  1. Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

    Con la miel en los labios nos dejas 😉

  2. alvaeno Says:

    El próximo viernes más!!!

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