Posts Tagged ‘Galdós’

El romanticismo

septiembre 7, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

ImageEstando algo aburridos en la tertulia de aquellos tres insignes, que se habían decantado por los derroteros de la nueva narrativa española, o mejor dicho: de la narrativa que en aquellos momentos parecía emerger de un marasmo, un cierto estancamiento entre el movimiento romántico de la primera mitad del siglo XIX, la segunda mitad y el inicio del siglo XX –en el que nuestro mago nos había ido a colocar-, cargado éste de un buen número de elementos para que los autores de aquel momento fructificaran al amparo de la máquina de la modernidad. Se debatían Pío, Benito y José entre quién de aquellos últimos representantes del romanticismo de la primera mitad del diecinueve les merecía mayor admiración, y al final estuvieron de acuerdo en que solo tres eran los que había que destacar de aquella época.

-Trinos como vosotros –dijo mi buen amigo Dostoievski.

-No tiene nada que ver eso con lo que aquí estamos debatiendo –respondió airado el recién galardonado premio Nobel.

-¡A ver! ¿Si de aquella época en la que hay un buen número de autores, ustedes se quedan con tan solo esos tres, no creen que le están haciendo un mal favor a los demás -dijo el maestro.

-¿Qué favor, ni qué leches? Nosotros no estamos haciéndole el favor a nadie, solo reconociendo el valor de algunos de los autores que en los inicios del siglo diecinueve destacaron, y no me dirá usted, que no tenemos razón al haber citado a los tres que al parecer a usted no le son de agrado –dijo algo tozudo y enfadado Pío.

-No, querría yo interrumpir –dije intentando intervenir en la conversación que comenzaba a acalorarse-, pero en una cosa estoy de acuerdo con ustedes, y es en que admiro al gran Larra, por lo demás, los otros dos, no digo que no merezcan el reconocimiento, pero creo que ustedes olvidan al elegirlos como, podríamos decir, paradigmas de la literatura de aquélla época que los demás también tuvieron mucho que ver con nuestras letras.

-Ese es el problema que siempre decidimos encumbrar a unos y hundir a los otros en el olvido. Por eso no estoy de acuerdo con los premios literarios –dijo Dostoievski levantándose de la silla airadamente.

-No se sulfure –intervino Benito algo más calmado que los otros dos, a los que parecía haberles mordido un perro rabioso cuando mi querido maestro les dejó caer su sentencia levantándose como ya se ha dicho; sobre todo el que más irritado se mostró fue el galardonado, era obvio que así fuera, de algún modo tenía, o debía defender su premio, sobre todo contra aquella afrenta del ruso que negaba con o sin razón la necesidad de los premios.

-De todos modos –dije yo levantándome también para dar a entender que nos íbamos, y que la conversación ya no nos interesaba, no se puede razonar con mentes obtusas, ya sé que por estas palabras me quemarán los eruditos en su gran hoguera de vanidades, pero tenía que decirlas-; creo que de esa época de la que hablamos solo podemos rescatar a sus seis máximas figuras, sin contar con las que ni siquiera salieron en los papeles alguna vez, o lo hicieron en contadas ocasiones como fue el caso de José Gutierrez de la Vega (1790-1865) del que hace un buen análisis literario Miguel de Mañara (http://www.rinconcastellano.com/sigloxix/al_miguelmanara.html#); pero sin duda yo me quedo con Mariano José de Larra.

-Así que dadas las circunstancias, por qué no le pedimos a nuestro mago que nos lleve a la boda de nuestro buen e insigne amigo, tan merecedor como éste del Nobel –dijo Dostoievski señalando en un aparte al recién laureado, el señor Echegaray.

-Estoy contigo mi querido maestro –dije yo con ganas de salir de allí, así que le pedimos a nuestro buen hacedor que nos llevara hasta el día de la boda del autor de Tirano Banderas, así matábamos dos pájaros de un tiro, ya teníamos título para el siguiente capítulo de este recorrido por el Madrid de las letras, y de paso alegrábamos los estómagos con algo de comida y algún vino, que de seguro en la citada boda habría. Y para que aquellos románticos no caigan en el olvido los citamos antes de salir de La Cruzada:
Espronceda, Bécquer, Larra, Rosalía de Castro, el padre Juan Arolas, Gertrudis Gómez de Avellaneda y el que hemos citado José Gutierrez, tampoco olvidemos al Duque de Rivas, además de que recomendamos mi querido batuchka y yo las lecturas de Rimas y Leyendas de Bécquer, Obras de Larra, Clarín, Galdós –que lo tenemos presente en este capítulo y el anterior-, Valera, y Zorrilla.

Salimos de La Cruzada con ánimo renovado como diría el Hidalgo, y con la ayuda de nuestro mago nos fuimos a mil novecientos siete para estar presentes en la boda de D. Ramón del Valle-Inclán con la actriz Josefina Blanco.

José Echegaray, un nobel de escándalo

agosto 31, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

El mago que habíamos elegido, o mejor dicho que nos había elegido a nosotros como conejillos, no dudó en sacarnos de las orejas y colocarnos en otro escenario más moderno. Nuestro mago hizo que en ese viaje que va del interior del sombrero al exterior se quedaran atrás más de cuarenta años de historia, quizás este mago no es muy dado a eso que llaman Memoria Histórica, y sí es ferviente seguidor de eso que llaman Amnesia Voluntaria, en la que se suelen excusar, sobre todo, los asesinos.

-¿Cómo hemos podido dejar a esos insignes literatos así de golpe y porrazo, cuando la cosa se ponía al rojo vivo? –preguntó Fiódor que no salía del asombro al descubrir el salto que habíamos dado en el tiempo.

-Bueno, maestro, ya lo que estos dijeron está registrado en la historia, y no tenemos más que leer los libros para averiguar qué dijeron en la tertulia de la que nuestro mago nos ha sacado como el pescador saca el anzuelo del mar cuando descubre que algún ingenuo pez ha picado –respondí mirando el lugar al que habíamos venido a parar.

-¿Otro Nobel escandaloso? –preguntó mi querido maestro cuando vio que el lugar donde nos había depositado nuestro mago era nada más y nada menos que la recepción del Palacio de Conciertos de Estocolmo.

-¿En qué año estamos, mi querido batuchka? –pregunto excitado por la puesta en escena del lugar, la parafernalia que allí había; hoy tendremos la satisfacción y el honor de presenciar la entrega del Premio Nobel de Literatura a…

-¿Quién es ese tipo tan estirado de pelo blanco, vestido con esmoquin, que luce ese corbatín más propia de la época de los zares que de estos tiempos, Rodia?

-No sé, maestro, pero por la apariencia, aunque esta nos engañe a veces, parece un político, ¿no?

-Yo diría que parece más bien un embajador engolado cuya presunción nos hace correr cierto peligro, por el alto grado de pedantería que probablemente posea el tal individuo.

-¿Qué le parece mi querido maestro, si dejamos que el lector sea el que averigüe quién es el laureado?

-Mi querido Rodia, no hemos dado muchas pistas, no creo que el lector sepa de quién se trata.

-¿Damos alguna más?

-Ya puestos, venimos de mil novecientos cuatro, hemos dejado en La Cruzada al recién elegido Premio Nobel de Literatura José de Echegaray, del que sabemos que sus detractores dicen que ha sido una Nobel de escándalo, queriendo decir con ello que… bueno, a buen entededor pocas palabras…

-La verdad Fiódor que los dichos y refranes son muy socorridos a la hora de salir de un lío como en el que nuestro mago nos ha metido, pero sí, que sea el lector el que busque las coincidencias, y luego que descubra en qué año hemos venido a caer, y quién es el escritor estirado de pelo blanco que viste esmoquin y luce corbatín blanco al estilo de los zares y que acaba de ser premiado con el Nobel de Literatura, ¿otro Nobel de escándalo?

-¡Hombre! ¿Por qué dices, mi buen amigo Benito, que mi premio no ha sido merecido?

-Yo no lo he dicho, querido José, son las malas lenguas que han hecho correr ese rumor por los mentideros de Madrid, donde una buena parte de ese grupo de intelectuales modernos, dice que tu premio no es merecido.

-Sí, sí, ¿qué sabrán ellos? Los mismos que critican y despotrican sobre tu premio, cambiarían su parecer si el premio hubiera recaído sobre uno de ellos, y es que en este mundo de las letras, no hay más que lenguas viperinas dispuestas a -blandirse con movimientos trémulos y vibratorios-, todo menos a halagar o lisonjear a los que reciben los premios.

-Es cierto, amigo Pío, pero sabríamos el porqué de muchos de esos premios tan solo con seguir los apellidos del laureado –dijo mi querido maestro Dostoievski.

-Estimado amigo, ¿qué dicen esos apellidos del que los lleva?: lo dicen todo.

Otra vez el mago nos había vuelto a pasar una mala jugada porque de un plumazo nos hizo volver a la taberna La Cruzada, y allí nos ensalzamos con Pío Baroja, Benito Pérez Galdós y José de Echegaray –recién premiado Nobel de Literatura, compartido, pero Nobel al fin y al cabo-, en un debate del que difícilmente saldríamos ilesos.

 

La Cruzada

agosto 24, 2012

Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

Premio Nobel de Literatura

En 1904, Echegaray compartió el Premio Nobel de Literatura con el poeta provenzal Frédéric Mistral, convirtiéndose así en el primer español en recibir un premio Nobel.

Salimos cuando ya casi amanecía, el hongo o sombrero marrón todavía no se había instalado sobre el Madrid al que acabábamos de entrar por ese arte que además de la magia tiene la ficción. Corría el mil novecientos cuatro, e íbamos a quedarnos sorprendidos con la noticia que nos llegaría más tarde.

Bajamos por Calle Salitre y giramos a la derecha en la Calle de la Fe hacia Plaza de Lavapiés, la gente iba hacia sus trabajos, los carros repartían la mercancía a las tiendas de la zona; subimos por Calle de Lavapiés hasta Tirso de Molina y desde allí recorriendo otras tantas calles nos dirigimos hacia el Palacio de Oriente, hasta llegar a la Calle de la Amnistía, donde está situada la taberna La Cruzada.

Fue, precisamente, mientras desayunábamos, cuando nos llegó la citada nueva, a José Echegaray y Eizaguirre le habían concedido el premio Nobel de literatura, bueno, lo debía compartir con el poeta Frédéric Mistral, pero aun así era el premio de premios, y arderían sus detractores en los infiernos, la mayoría de ellos pertenecientes a aquello que por entonces se denominó como la Generación del 98, más tarde vendría la del 27; pero nosotros por ahora estamos en mil novecientos cuatro.

Desayunando en La Cruzada, taberna de las clásicas que fuera fundada en 1827, dato este que supimos, no por pecar de atrevidos curiosos y preguntar, sino porque en la puerta de la citada taberna se exhibía una placa en la que se citaba este dato, al parecer muy importante para poder establecer, tanto la categoría como la solera del local, no en vano la historia dice que este establecimiento fue uno de los favoritos del rey Alfonso XIII, a cuyo padre, creo recordar, le habían dedicado esa cursi cancioncilla, que para más inri, el otro día, ya en el siglo veintiuno, mientras paseaba por una ciudad -de cuyo nombre no quiero…, ni voy a citar aquí-, unas niñas vestidas con uniforme de colegio de monjas, la cantaban y dice algo así:

“¿Dónde vas, Alfonso XII,
dónde vas triste de ti?
Voy en busca de Mercedes
que hace tiempo no la vi.

Ya Mercedes está muerta,
muerta está, que yo la vi,
cuatro duques la llevaban
por las calles de Madrid…”

-Su hijo, para más suerte de vosotros los españoles –dijo el maestro al entrar en la taberna y leer una tablilla en la que se daba a conocer el dato de la predilección del citado monarca por la taberna que acabábamos de pisar-; digo que su hijo, al parecer frecuentaba este local; mal vamos esta mañana, querido Rodia, mal vamos, hemos pasado del bar reaccionario marxista a una taberna monárquica, mal, mal, muy mal.

-Sí, maestro, sí, pero no había otra alternativa para poder enterarnos de lo del premio –dije para tranquilizarlo, si de algo servía.

-Bueno, si es por ello habrá que hacer un sacrificio –respondió Fiódor, echando un vistazo a la taberna que parecía que por ella el tiempo no había pasado, allí éste se había detenido, esta sensación me produjo cierto desasosiego, no quería yo encontrarme con ningún rey en bar alguno. Pero a los que nos fuimos a encontrar fueron a dos literatos que parecían frecuentar la taberna que fuera una de las favoritas, no solo del rey dicho, sino de muchos intelectuales que en esos principios del siglo -al que fuimos a parar tras la noche en el Lola´s bar, donde Elena nos deleitó con su presencia y con sus servicios como camarera-, se reunían allí para debatir en tertulia.

-¿No son esos Baroja y Galdós? –pregunté al verlos al fondo de la taberna sentados a una mesa de madera rodeada por dos bancos largos y un par de taburetes.

-¿Galdós y Baroja juntos a una mesa? –preguntó extrañado Fiódor como si los conociera de toda la vida.

-Sí, son ellos, ¿quiere que nos acerquemos y les ofrezcamos nuestra compañía para su tertulia? –pregunté al maestro.

-¡Vaya, vaya, mi querido Rodia! , que ahora iré yo, antes debo hacer una visita al retrete.

Fiódor se alejó hacia los baños, y yo me acerqué a la mesa con algo de nerviosismo, aquellos que allí estaban eran dos grandes escritores, uno el de los Episodios nacionales, casi nada, o Fortunata y Jacinta por citar un par de las más de cincuenta obras entre novelas, teatro y ensayos que escribiera el prolífico escritor. Y el otro el escritor vasco que también escribiera una extensa lista de títulos entre los que podemos destacar La juventud perdida; Zalacaín el aventurero; o La casa de Aitzgorri; entre una veintena de sus obras.

-¡Buenos días! –saludé a los dos escritores que me miraron con sorpresa como si yo no fuera la persona que esperaban.

-¡Buenos días, joven! –dijo Baroja, y tras él Benito también me dio los buenos días.

-Perdone joven, pero creímos que era José –dijo Baroja.

-Siento la intromisión, pero a mi amigo –hice una pausa y señalé hacia el lugar donde creí se encontraba el baño-, decía que a mi amigo, mi buen maestro Fiódor Dostoievski, y a mí nos gustaría, si son tan amables y no les molestamos, compartir  mesa con ustedes.

-¡Vaya, vaya, vaya! –Dijo Galdós con alegría-. Pero quién tenemos aquí, como si la ficción nos hubiera secuestrado a todos, al buen y gran escritor ruso.

En ese mismo momento se acercaba el maestro a la mesa, y tras él también llegaba a la tertulia el escritor que acababa de ser reconocido con el Premio Nobel de Literatura, el escritor José Echegaray y Eizaguirre, que con una gran sonrisa saludaba a sus amigos, que iban a recibir la buena nueva de boca del premiado, y nosotros fuimos testigos de ello por aquello de que la ficción es como el sombrero de un mago, que aplica con su varita unos toques y zas: saca el conejo cogido de las orejas.