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Un cuarto y un mercado propios

enero 10, 2011

Virginia Woolf

El nacimiento de una obra de ficción, desde su gestación hasta el producto finalizado, sigue siendo un misterio rodeado de palabras como genialidad, inspiración, dolor, necesidad, arte, placer, entre tantas otras abstracciones. A menudo, la creación es mistificada (y más aún entre las obras que son consideradas “de arte”) y el creador es, entonces, una joya rara entre los mortales. Ya en 1928, Virginia Woolf tuvo el valor de sacar uno de los velos sagrados que cubrían la creación literaria exponiendo, con perspicacia e ironía impares, cómo en esa deformación residen también características de los roles de género presentes en la sociedad.

La clave de su brillante ensayo Un cuarto propio (1928), sin buscar aquí resumirlo, enfoca algunos elementos necesarios para la escritura y el desarrollo de la creatividad: gozar de buena educación y acceso a libros, tener un ingreso razonable que le permita a uno disponer de tiempo para escribir sin por eso dejar de comer y, prácticamente como consecuencia de ese ingreso, un cuarto propio donde uno pueda encerrarse y dar rienda suelta a la imaginación. Se da por sentado que han sido los hombres, a lo largo de la historia, los grandes señores de esos tres anhelados bienes. Ella explica, de ese modo, por qué los autores varones llenaban las estanterías incluso aún en su época, ya entrado el siglo XX.

El paralelo que la autora dibuja entre el espacio y la creatividad es fundamental. Al principio, ella va mostrando lugares que prohibían su entrada por ser mujer y relacionando el control del espacio no sólo con la dominación masculina, sino como algo que imposibilita el desarrollo de una creatividad libre y rica. Al preguntarse sobre qué hubiera ocurrido si Shakespeare hubiera tenido una hermana tan genial como él, Woolf es tajante al contestar que ni por asomo una mujer podría haberse aventurado por Londres en búsqueda de nuevas oportunidades, menos aún como actriz, y, caso que lo hubiera intentado, seguramente no hubiera sobrevivido. El espacio de la mujer, a lo largo de su historia, se restringió al hogar (en el que, por cierto, terminó plasmando todo el desarrollo de su creatividad con las tareas de decoración de ambientes), mientras que su tiempo estaba al servicio de los suyos (ancianos, hijos, marido…) y de las labores cotidianas.

Atada a un mundo doméstico y típicamente oral, cuando la mujer se pone a escribir, dice Woolf, lo hace desde su género, dejando que el texto transpire el hecho de haber sido escrito por alguien que no ha escrito siempre. Así, la mujer escribe para o sobre mujeres y desde una perspectiva femenina y emocional muy marcada, mientras que el hombre escribe para y sobre la humanidad. La tradición avala nuevas conquistas: “Ve a cruzar el Atlántico”, diría un padre a su hijo, después que tantos otros ya lo han cruzado. Las mujeres, sin tradición arraigada en la literatura, tendrían que prácticamente empezar de cero y ella instaba a sus oyentes/lectoras a que lo hicieran de un modo fresco, desde la soledad de la condición humana, antes que desde el salón de sus casas, desde la relación del ser humano con la realidad, antes que desde la relación entre individuos.

El ensayo de Virginia Woolf, claro está, va mucho más allá de cualquier simplificación, pero lo recuperamos aquí para pensar en la situación de la mujer en la literatura hoy, después de la revolución feminista de los años 1960/70 y la entrada masiva en el mercado laboral, cuando la mujer (al menos en gran parte del Occidente) puede ser independiente financieramente y tener su cuarto propio si así lo desea.

Es indudable que las mujeres se han lanzado con ganas al mundo de la ficción en el siglo XX y lo que vamos del XXI (aunque sólo doce –de 103 en total– hayan recibido el Nobel de Literatura desde 1901 hasta hoy, sólo por tomar un parámetro arbitrario). Además, se sabe que la mujer lee más que el hombre, consume más libros y, actualmente, lee y escribe más blogs. A pesar de su presencia en el mercado laboral, en los hogares donde hombre y mujer trabajan ésta sigue encargándose del cuidado de los niños y enfermos, de la organización de la casa, cocina, limpieza. La conciliación trabajo-hogar aún es tema de debates de políticas públicas. La igualdad de derechos ha sido conquistada desde la puerta de casa hacia afuera, mientras la que tradición prevalece dentro del hogar.

Si siempre ha habido una literatura barata y romántica para mujeres que soñaban con el príncipe azul, durante el siglo XX que Virginia Woolf no terminó de ver, hasta hoy, a pesar de la mayor diseminación de la educación entre las mujeres, ese tipo de literatura ha vivido su auge con best sellers que retroalimentan a Hollywood, creando una máquina de inventar mujeres ilusionadas con una idea de amor romántico en el que se conjuga siempre la sorpresa, el sexo, el glamour y los viajes a París. El éxito de libros y series como Sexo en Nueva York lo puede corroborar.

Además, los libros de autoayuda (boom editorial a partir de la new age sesentista) marcan una nueva ficción que lucha por proclamarse “no ficción” y, así, legitimar su derecho a desechar los usos y prácticas de siglos de tradición literaria que han enriquecido tanto el conocimiento del carácter humano para, ahora, intentar hacerlo mediante punteos o parábolas desprovistos de riqueza formal o estilística. Y no hay duda de que las mujeres son las grandes consumidoras de libros de autoayuda. Virginia Woolf se retuerce en su túmulo.

Una de las maravillas de nuestra época es la diversidad. Hay libros para todos los gustos y hay gustos para todos los libros. Pero el filisteísmo también es un rasgo imperante en los días que corren, de modo tal que a uno le resulta indiferente qué se lee, con tanto que se lea, sin que, después de tantos años de lucha por la diseminación de la educación entre mujeres (y hombres, por supuesto) se pudiese exigir como mínimo calidad, pluralidad y profundidad.

Hoy las mujeres tenemos dinero, un cuarto propio, si lo queremos, pero pocas leen a la misma Virginia Woolf u otras tantas grandes que fueron sus contemporáneas o que la siguieron en la historia. El canon literario aún está escaso de autoras, aunque ellas colmen los estantes de las librerías. El mercado editorial considera que las mujeres quieren una literatura menor, remilgada y anticuada, y eso les ofrecen. A su vez, se encarga de compartimentar muy claramente qué es literatura para mujeres y qué es la gran literatura, o Literatura, casi siempre escrita por hombres, como todos los que han ganado el Nobel y todos los que cualquier de nosotros podemos pensar automáticamente si nos proponemos a hacer una lista de “grandes escritores”.

Si, por un lado, el mercado es condescendiente, las mujeres son las responsables por lo que consumen y por lo que escriben, pero aquí no hay culpables, hay sólo agentes en un intrincado juego de valoraciones literarias, pero también morales, que pautan la escena literaria y el mercado editorial. Sin embargo, si nos preguntáramos hoy sobre una posible talentosa hermana de (para poner un nombre) Mario Vargas Llosa, ¿hubiera ella llegado donde ha llegado él? Supongo que nadie diría que hubiera sido imposible, como en los tiempos de Shakespeare, pero el sí rotundo todavía sale con dificultades.

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