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Esto no es Chernóbil

septiembre 29, 2020

Hace unas semanas, alguien me recomendó la serie #Chernóbil. Lo hacía con la mejor intención. Qué era la actual pandemia comparada con aquel desastre de 1986. Hice caso a la recomendación y me encontré con una buena miniserie de HBO. Muy lejos por cierto de lo que he visto de #Patria, o lo que me merece hasta la fecha, siguiendo con el estilo de telenovela iniciado por el libro de Aramburu.

#Chernóbil se basa en un buen libro: Voces de Chernóbil. Obra documental, a partir de informaciones recopiladas durante diez años y publicada en 1997, cuya autora ya dice mucho: la periodista bielorrusa Svetlana Aleksiévich, Premio Nobel de Literatura en 2015. No se trata de comparar libros y autores, porque entiendo que el orgullo patrio se sentiría herido. Sí, establecer diferencias de obras y calidades.

Aunque la haya visto ahora, #Chernóbil se emitió en 2019 y obtuvo nada menos que 19 nominaciones a los Emmy, llevándose algunos de los mejores galardones. Una serie que, después de una documentación digna de Nobel, es llevada a la pantalla 20 años después. Los tiempos son importantes cuando se quiere hacer un buen trabajo y, más aún, las formas son importantes.

Ante un desastre nuclear como el de #Chernóbil, la escritora no se entretuvo en hacer una obra de ficción; a veces los hechos son tan duros para la experiencia humana que la ficción resultaría ridícula. De hecho, me ocurrió con #Chernóbil, cuando busqué la serie me apareció en primer lugar #DespuésDeChernóbil. Amazon se adelantó en tiempos pero no en contenido, sino todo lo contrario; a punto estuve de decirle a la persona que me había recomendado la serie que era de las peores ficciones posibles. Me contuve y pregunté primero si era esta la serie. No, no, nada que ver con la ficción.

Quizá esa sea la razón por la que no pude terminar el libro de #Patria. Hay hechos que no pueden ser llevados a la ficción y, si lo hacen, los resultados son cuanto menos discutibles. Sí, sí, ya sé que la mayoría está a favor de la serie española, y que desde Rajoy a PRISA, pasando por los Gabilondo, Tele5 o Sálvame, todos andan extasiados. Pero digo yo que, al menos, me dejarán opinar diferente, que todavía no hemos llegado al autoritarismo soviético (aunque nos acerquemos).

En #Chernóbil no hay tiempo para ambigüedades ni decorados o personajes pastel. Los protagonistas se sitúan en dos planos bien definidos: los que supieron responder al desastre para que no fuera a más, o no volviera a ocurrir (bomberos, mineros, voluntarios e ingenieros), y los que lo causaron.

Especialmente interesante es el último capítulo de la miniserie. Casi al final, minuto 51 aproximadamente, está la razón y la importancia de llevar esta obra del libro a la pantalla: unas palabras del científico y camarada Legásov, que podríamos aplicar a la situación actual (la de la pandemia):

“Cuando la verdad ofende, mentimos y mentimos, hasta que no podemos recordar que está ahí. Pero está todavía ahí (la verdad). Cada una de las mentiras que decimos provoca una deuda con la verdad. Más pronto o más tarde, esa deuda se paga”

¿Cuál es el coste de las mentiras, cómo se pagan las deudas con la verdad? La serie termina recordando que Gorbachov, presidente de la URSS hasta su disolución en 1991, declaraba en 2006:

“Puede que el desastre nuclear de Chernóbil fuera la auténtica causa de la caída de la Unión Soviética” (subtítulos HBO)

Además de los cientos de miles de desplazados para evitar los efectos de Chernóbil, nunca sabremos cuántas personas murieron a causa del desastre. El cálculo se mantiene entre 4.000 y 93.000 muertos, según la miniserie, que afirma además que el recuento oficial de víctimas es de 31, sin modificar desde 1987.

Mi amiga tenía razón: esto (la Pandemia) no es Chernóbil. Solo que, mientras ella minusvalora lo que estábamos padeciendo en la actual pandemia, yo valoro en mucho las muertes (y las formas de morir) de más de un millón de personas en el mundo, más de 50.000 personas en España.

Que sepamos, porque seguramente pasarán años antes de conocer las víctimas del coronavirus. Y mucho más saber quienes fueron responsables, no supieron o no quisieron contenerlo. ¿Habrá alguien que nos cuente, 20 años después, que este fue el inicio de la caída? ¿Habrá alguien?

2015, Feliz Debate

enero 18, 2015

La Fura

Tras mi sentido pésame a las víctimas del atentado a Charlie Hebdo, y la consternación consecuente aquel 7 de enero, llevo días oyendo de todo; desde el que justifica la rabia de los terroristas en París, al que considera que Rajoy hizo bien manifestándose en la capital francesa cinco días después, defendiendo la libertad de expresión junto a sus colegas europeos.

Ya imaginarán que no comparto ninguna de estas posiciones. No justifico el asesinato, sobre todo de inocentes. No justifico la falsa foto de quien tras los flashes elabora una Ley Mordaza. Lo único que puedo rescatar de todo este horror es el posible despertar de conciencias (por fin a este lado de los Pirineos) que nos alejemos de estereotipos y frases hechas que, aunque sigan enturbiando la mirada, den paso a preguntarnos sobre cuestiones más esenciales: ¿qué es la libertad de expresión?, ¿cuáles sus límites?

La famosa frase de Voltaire: no estoy de acuerdo con lo que dices pero lucharía hasta la muerte porque tengas el derecho a decirlo, fue pronunciada por Javier Campillo en el primer programa del año: En defensa de la cultura y la libertad de expresión. La sentencia del filósofo francés sigue siendo actual siglos después porque mantiene la altura de un Derecho Fundamental vilmente agredido ahora y todavía no suficientemente entendido. Si no, que se lo pregunten al Papa Bergoglio, que ha confundido la palabra con la violencia; y no es el primero ni el último. La propia Iglesia Católica, entre otros, ha utilizado la palabra con fines violentos.

Lo primero que hay que delimitar es que la palabra no debe ser considerada violencia. Si eso ocurre – y lamentablemente es así muchas veces-, tenemos déficit de libertad de expresión: no sólo no estaríamos dispuestos a defender hasta la muerte que otro diga algo con lo que no estamos de acuerdo, nos arrogamos la capacidad de hablar con violencia o – lo que es igual- asumirla, acobardarnos ante ella. Lo mejor que se puede hacer para paliar esta situación es reivindicar la libertad de expresión, la necesidad de debate.

Mi otro contertulio en el primer programa del 2015, Francisco del Barrio– ante una pregunta en torno a los casos más fragantes de falta de libertad de expresión en España, y el caldo de cultivo de la censura más sutil que sirve para cocinar el día a día en los grandes medios- lanzaba lo que podía ser un gran titular: “en España la libertad de expresión es un tabú. Está todo por hacer”. Un tabú que del Barrio  -barruntando las declaraciones de Bergoglio- puso en relación con la religión Católica “que ocupa todo en nuestro país” (a partir del minuto 19).

Los días 5, 6 y 7 de marzo, vamos al Congreso que organiza la Plataforma en Defensa de la Cultura, y a las actividades previas y posteriores que anuncian, incluyendo el evento “Todos somos Cultura” el domingo 15 de marzo. El objetivo es claro, unir Cultura y Libertad de Expresión, como hicimos en este programa de radio, porque o van unidas, o no van.

La foto de este artículo pertenece a la cantata de Carmina Burana de Carl Orff por La Fura dels Baus, este fin de semana en Madrid. Un gran espectáculo, de hasta 90€ la entrada, en un teatro público de la Comunidad de Madrid. Impresionante ejecución musical y puesta en escena (llegaban los olores y el agua a la segunda fila); pero cómo no preguntarse en estos tiempos por todo lo que se podría hacer con este tipo de presupuestos por la cultura más democrática y cotidiana, y su necesaria difusión. Qué ocurriría si la cultura fuera menos elitista, más reflexiva, y viajara en compañía de la libertad de expresión y el debate.

Feliz 2015.