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Rumbo a una vida mejor, palabras que inspiran – Jorge Bucay

septiembre 19, 2014

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Una mañana en el Hotel de las Letras de la ruidosa Gran Vía de Madrid. El espacio del hall vestido de blanco y el atuendo de Jorge Bucay entero de negro, parecía que se deslizara como una sombra entre tanta luz. Sentados los dos en un cómodo sofá, frente a una pared de cristal que deja pasar toda la vida de la ciudad, comenzamos a charlar sobre su carrera profesional y sobre su actualidad, su último libro, Rumbo a una vida mejor.

Jorge Bucay, se autodefine como “ayudador profesional” y a través de sus libros nos ofrece herramientas terapéuticas para ser capaces de sanarnos a nosotros mismos. Pero a su vez, nos recuerda la irremplazable mirada de un profesional para algunos momentos de la vida y para algunos problemas que requieren de alguien más a nuestro lado. La ayuda que uno tiene, puede venir de un amigo, de la pareja, etc pero otras veces es necesaria la cercanía de un psicoterapeuta para poder ayudarnos.

Así a nuestra pregunta de cómo cree que ha podido ayudar más, como terapeuta o a través sus libros, nos responde que sin lugar a duda como terapeuta, ejerciendo una de las tareas más nobles dentro de la medicina relacionada con la salud mental, al asistir a un paciente en persona. Nos dice, que tal vez ha sido lo mejor que ha hecho en su vida pero cierto es que con sus publicaciones, ha llegado a mayor número de personas que a través de la consulta personal.

A sus 19 años, nos cuenta que su pasión era el teatro y a raíz de ahí, vino todo lo demás. De todo aquello queda para él su inclinación por el arte, como un vehículo que conduce a mejores cosas. Platón decía que ética y estética son la misma cosa, entonces uno no se puede olvidar que la belleza es lo bueno y lo bueno es la belleza. La belleza se vincula con el arte y con lo artístico y a partir de ahí la creatividad y el crecimiento. Pero para Jorge la educación que tenemos no está centrada en la creación artística ni en la creación en sí, está centrada en lo práctico y en lo concreto. La última ola de reformas educativas se ha llevado a cabo a través del aumento del número de centros docentes y de equiparlos con mayor tecnología pero es importante privilegiar las materias que hoy necesitamos que nuestros niños aprendan, que nuestros jóvenes desarrollen y que nuestros adultos finalmente practiquen. Es necesario, una educación más centrada en enseñar a los jóvenes a pensar, a buscar y reconocer lo que uno está buscando. Las ciencias humanísticas deberían de tener cierta prevalencia sobre las ciencias exactas.

Nuestro autor, comenzó su andadura como docente terapéutico, hace ya cuarenta años, estudiando psicología en Argentina a través del psicoanálisis ortodoxo. Luego tuvo la inquietud de buscar otras cosas, le parecía que no servía para el psicoanálisis y encontró el modelo Gestalt, cuyo trabajo es mucho más personalizado y más comprometido, ya que crea un vínculo más afectivo y presente con el paciente. A partir de ahí, comenzó a sentir que el terapeuta se parecía más a un docente y trabajaba no como un médico, sino como un maestro.

En sus libros, la gran protagonista es la felicidad anhelada y el camino para encontrarla. Él nos dice que la felicidad es puramente la serenidad que se siente cuando uno sabe que está en el camino correcto. La felicidad tiene que ver con esta paz de espíritu, con la sensación de que no estás perdido y no tiene tanto que ver con la alegría.

Dueños del timón de nuestro barco y conscientes de nuestras posibilidades, le gusta pensar que lo que a cada uno le pase, depende mucho de lo que uno haga aunque siempre hay una parte que depende de ti y otro del exterior.

Con cierta relación a su forma de entender la vida, Jorge nos habla sobre la fe y la actitud de los creyentes. El creyente verdadero tiene una fuente de inspiración suprema en la idea que tiene de Dios. Si se considera a Dios como un maestro, tener una imagen así a la cual referirse es de gran ayuda. Los creyentes tienen una actitud hacía la vida que favorece al crecimiento personal porque poseen un aspecto espiritual que cultivan. Aunque no hace falta ser creyente para tener este lado espiritual pero sí es necesario cuidarlo para poder crecer.

Rumbo a una vida mejor, su último libro, donde reflexiona sobre la felicidad, no como una meta sino como el camino que elegimos para nuestra propia evolución y la pauta que nos marca es hacernos la contundente pregunta, para qué vivo yo, qué diferencia existe en este mundo porque tu existas o no. Y una vez que uno lo sepa, alinearte en este camino. El sentido de la vida, siempre hay que buscarlo.

Abraza a todos sus libros aunque como todo escritor puntúa que el libro que más te necesita suele ser el último. Rumbo a una vida mejor, es para él un regalo donde selecciona una serie de ideas en las que él cree y las comparte en una mesa de café con un buen amigo. No está planteado como los otros, que exponen un tema que se desarrolla de principio a fin, éste está pensado con el objetivo, de que los que leen la revista Mente Sana y sus reseñas, puedan encontrar aquí una serie de ideas expandidas un poco más, para compartir y regalar, ya que éste es un libro para leerlo y después regalarlo.

Jorge no se considera un escritor, sino más bien un docente que escribe sobre lo que mejor sabe. Hay mucho de él en sus cuentos, él es el protagonista de cada uno de ellos, el que se siente perdido o el que finalmente encuentra a su maestro. Y escribe para cualquiera que le interese conocerse un poco más.

En su mesita de noche, te puedes encontrar autores de novela negra y policiaca. Leer a Freud para él es un paseo y de Paulo Coelho resalta La quinta montaña.

Se aprende leyendo, nos dice, porque leer es como vivir, vivir vidas ajenas sin pagar las consecuencias.

Lo que de Saer no se borra

junio 30, 2011

El primer Saer es inolvidable. El mío fue el cuento Sombras sobre vidrio esmerilado, recomendado por Pablo Fuentes, en su taller de lectura en Buenos Aires. Allí es harto conocido, su nombre ya me era familiar, pero faltaba el contacto. Ese día, cuando terminé de leerlo, me acuerdo con la claridad imposible de la memoria: “¡es él!”, pensé. A él anduve yo buscando hasta que lo tuve en mis manos. No sé cuántas veces he leído ese mismo relato hasta hoy y me sigue pareciendo uno de los mejores jamás escritos. Pero después, claro, la pasión no se sacia fácilmente, vino Cicatrices, Glosa, El limonero real y ya no hubo nadie más. Saer empezó a marcar mi recorrido literario desde entonces: lo que leo, lo que me interesa y, de cierto modo, lo que busco. A través de él llegué a Antonio di Benedetto, a Alain Robbe-Grillé, a Michel Butor, a Gombrowicz, a Céline. A través de Saer me he hecho amigos queridos, tal vez porque, de cierto modo, nos sentimos una pandilla.

Si la literatura tiene el poder de transformar, como se dice, Saer es incapaz de dejarte inmutable. Primero, porque la “Zona” empieza a formar parte de tu Atlas. Ese ambiente acuoso, lento, algo mórbido y pesado, con personajes que languidecen en el calor del Río Paraná, o algún lugar de por allí, hacia un pueblo que antes se llamaba Serodino, en la provincia argentina de Santa Fe y que hoy se llama otra cosa, pero da lo mismo. Para los que conocemos el río, sus pequeñas islas, sus márgenes de laberintos, dibujar la Zona de Saer es fácil y placentero. Además, es un juego que él mismo propone con toda su literatura: crear un espacio físico para la memoria, esa cosa que se pierde y se recrea cada día, al contrario que buscar una historia palpable, una realidad incontestable. La obra de Saer está hecha de recuerdos.

Segundo, la melancolía de Saer se te pega a la piel. Su crítico y estudioso Julio Premat le llamó saturnino, entre otras cosas porque en su obra hay una constante representación de la nada, un eterno retorno. Dice Premat, hablando de sus novelas:

“… El encierro en una intimidad dolorosa, las trabas repetidas que le interceptan el paso cuando intenta salir a la calle, las alusiones recurrentes al vacío moral –o a una perversión moral– simbolizado por la televisión, todos ellos son signos que permiten suponer (…) un sufrimiento psicológico y una situación política extremada. Agonía de la madre, convertida en materia regresiva, agonía de la Argentina, hundida en pulsiones primarias: la analogía es quizás demasiado evidente, aunque esté sugerida con insistencia.”

Es paradójico que, exactamente por eso, quizás, Saer sea tan poco (y uso aquí un eufemismo benevolente) publicado en España. Él no tiene nada de la melancolía juguetona e imaginativa de Cortázar, ni del exotismo que el europeo suele esperar de un latinoamericano. De hecho, Saer vivió casi toda su vida en París, dando clases de literatura en la Universidad de Rennes, jugando a las cartas y leyendo a los clásicos griegos y romanos. Cuando fui a París el año pasado, busqué su antiguo piso, al lado de la estación de Montparnasse. Tampoco tenía el aire bohemio y misterioso del Quartier Latin, lleno de escritores refugiados de las dictaduras tropicales, ni el ambiente decimonónico de las passages couvertes de las que tanto hablaba Cortázar.

Y aunque Saer también fuera un escritor que huía de las desgracias argentinas de fines de los 60, nunca se adhirió a la ola del realismo mágico. A la vez, tampoco pudo despegarse de su faceta de exiliado que mira a su país desde la distancia, desde la memoria que recrea, porque mientras uno está lejos, las cosas cambian y lo que uno se imagina ya no existe más en la realidad, aunque siga vivo en la imaginación. Esa realidad mediada por una cultura ajena, que se mezcla con la que uno lleva dentro, empieza a parecerse más y más a una ficción. La relativización de lo real desemboca, ineludiblemente, en la narrativización o ficcionalización de lo real. La “verdad” es siempre suspendida mientras la memoria ocupa una posición real, en el sentido “limonero” de la palabra.

Él mismo ha dicho, acerca de la literatura, en su soberbio ensayo Narrathon:

“Es abriendo grietas en la falsa totalidad, la cual no pudiendo ser más que imaginaria no puede ser más que alienación e ideología, que la narración destruirá esa escarcha convencional que se pretende hacer pasar por una realidad unívoca.”

Tercero, Saer se te queda pegado a la piel porque sus personajes pasan a formar parte de la vida de uno. De hecho, cuanto más uno lee su obra, más los conoce. Aparecen desparramados por las novelas y los relatos. Algo que no se explica en Glosa se va a terminar de comprender en A medio borrar o algún otro cuento. Por otro lado, sus personajes son capaces de adquirir tal materialidad que uno se pregunta cómo eso es posible si ni siquiera son figuras simpáticas por las que uno siente empatía o compasión. Es que Saer se zambulle en sus defectos, en sus vicios y sufrimientos. Los personajes adquieren vida no por la bondad o belleza que tienen, sino por su melancolía. Eso sí quizás nos sea común, en mayor o menor medida, a todos. Yo misma ya he soñado con Tomatis. Y sé que más personas han padecido de esa misma patología, si se quiere, saeriana.

Hoy Juanito cumpliría 74 años y lo echamos de menos porque, en España, él va, poco o poco, desapareciendo de los estantes de las librerías sin aviso de retorno. Aquí él suele ser como mucho un nombre de un “escritor difícil”, pero rara vez leído. Hoy, en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, se celebra el encuentro Lo imborrable, donde intelectuales discutirán su obras y, espero, brindarán por la salud de sus libros.

Me falta una novela suya por leer: La grande, que su muerte dejó inconclusa y de la que nadie habla demasiado bien. Quizás sea un buen día para empezarla.

Lea también:

Más datos sobre Juan José Saer en Wikipedia.

“Sombra sobre vidrio esmerilado”, en el excelente blog La Audacia de Aquiles.

“El concepto de ficción”, en Literatura.org.

Hoy en Página 12 – La vuelta completa sobre la obra de un clásico