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Everything comes to an end – Neil Young

enero 19, 2016

Neil YoungEste tipo creció en una zona rural de Canadá donde las casas no tenían número. Para él fue un descubrimiento comenzar a moverse entre calles que sí numeraban sus edificios, esto las hacía importantes. Luego vinieron ciudades pronunciadas como Toronto o Nueva York.

A través de la autopista de peaje de Nueva Jersey comenzó a distinguir los nuevos Pontiac de 1955 y asomado de puntillas desde lo más alto del Empire State Building observaba con la frente pegada a la barandilla a los minúsculos taxis amarillos que se escurrían a toda prisa entre el asfalto. ¿Fue éste entonces el comienzo de su largo y eterno romance con los coches?

A través de su segundo libro Special Deluxe, Neil Young nos conduce a su memoria y alrededor de cada uno de los coches de los que se enamoró nos traslada a etapas importantes de su vida: su música y todos los artistas con los que compartió estudio, el nacimiento de sus hijos, matrimonios y rupturas. Y al hablar de su relación con los automóviles explica qué piensa sobre el cambio climático, el calentamiento global y las políticas adoptadas por los Estados Unidos ante estos retos mundiales.

Músico y compositor, considerado como uno de los más influyentes de su generación. Para él su vida tomó su propio rumbo en los años 60: un hogar fracturado, su flechazo con los coches y la música marcaban definitivamente su adolescencia. Con el dinero que ganaba como repartidor de periódicos, comenzó a comprarse cosas, lo primero fue una guitarra Harmony Sovereing. Ensayaba sin parar y formó su primer grupo, Los Jades.

Su tiempo lo inundaba la música. Su pérdida de interés por los estudios la sustituyo por las horas de ensayo, tocar con algunos grupos y observar a los músicos en directo. Por aquel entonces, su madre cada vez bebía más, hubo un tiempo en el que pareció mucho más feliz pero luego parecía que siempre sostuviera una copa en su mano en algún club.

Con la emoción de los primeros seguidores de sus conciertos y la juventud pegada a los talones vino su traslado a California donde fundó Buffalo Springfield. Más tarde comenzó su carrera en solitario que ha durado más de 45 años y 37 álbumes de estudio hasta 2015. Swing, blues y rockabilly, hasta llegar a ser uno de los mejores compositores e intérpretes de rock and roll.

Las largas autopistas que marcaban la trayectoria de su vida, el ritmo personal de sus canciones y la colección de coches que lo ha ido atrapando, le han convertido en un coleccionista amante de los detalles de sus automóviles. Asientos espaciosos de piel color rojo y negro, embellecedores cromados, salpicaderos brillantes y largos viajes cautivadores, marcan a este tipo tan genuino en su estilo y en sus letras.

En su rancho al norte de California, nació su primer hijo Zeke, que sufre un caso leve de parálisis cerebral. Aquel momento de estabilidad se refleja en algunas de sus canciones “A Man needs a Maid”.

En medio de la carretera, más cerca de la cuneta que de un camino trazado con líneas rectas, conoció a Pegi Morton con la que contrajo matrimonio a finales de los 70 y con la que tuvo dos hijos, Ben y Amber. Ben sufre tetraplejia y parálisis cerebral y para saber cómo interactuar con su hijo, fundó junto con su mujer Pegi una escuela donde poder integrar a los niños con necesidades especiales mediante el empleo de sistemas de comunicación alternativos y tecnologías de apoyo.

A lo largo de sus años de matrimonio, Young compuso varias canciones inspiradas en su mujer como «Such a Woman» y «Unknown Legend», del álbum Harvest Moon y “Once an Angel” del álbum Old Ways.

Su música ha influido a otros muchos grandes como Nirvana y Pearl Jam, convirtiéndolo en el padrino del grunge y en un tipo de eternos viajes.

When somebody is haunting your mind,

Look in my eyes. Let me hide you

From yourself and all your old friends.

Every good things comes to an end.

“Drive Back”

 

 

 

Todo empezó apenas como un sueño

septiembre 3, 2015

Andre Agassi

La historia de un niño al que lo que más le gustaba en el mundo era no despertar. Le gustaba ganar, tal vez a lo que fuera, al fútbol, a sus hermanos, a todo salvo cuando jugaba al tenis y el tenis sin embargo era su despertar. «Odiaba el tenis, sí», afirma Andre Agassi en sus memorias.

Y como no soportaba la férrea disciplina que su padre le impuso para que se convirtiera en uno de los mejores jugadores de tenis de la historia, ni el zumbido constante que el miedo le producía si abandona su raqueta y el patio de su casa en Las Vegas, donde su padre había construido una pista de tenis en el que albergaba una maquina diabólica, “ese dragón, dotado de un cuello extra largo, que retrocede agitándose como un látigo cada vez que el dragón dispara cientos de pelotas de tenis”, se convirtió en alguien que no era para despistar al fantasma que más lo aterraba, que era lo poco que se conocía a sí mismo.

El niño que no podía salir de su territorio, sólo frente al dragón que arrojaba 2.500 pelotas al día y todo para que se convirtiera en el número uno del ranking del tenis. Mientras, las piernas temblorosas y el hombro destrozado y una sola obsesión, el niño odiaba el tenis.

El tenis nunca fue su elección, fue más su eterna pesadilla. Su padre se lo impuso, eternas horas practicando y luego despedirse de su hogar para residir en la Academia Bollettieri y convertirse en un profesional. Mientras él medio niño, medio adolescente, buscaba su identidad, su eterno laberinto de emociones, que lo convirtió en el foco de todo un público que le decía quién era o cómo era. Su rebeldía frente al mundo, su pelo encrespado, sus coloridos atuendos o su picardía debutando en Wimbledon en pantalones vaqueros, hizo que se ganara muchas críticas pero también hizo suyo un fuerte carisma.

Nick Bollettierie se fijó en él al entrar en su academia de Florida donde formaba futuras grandes estrellas del tenis. A coste cero, se encargaría de convertirlo en una estrella y lo representaría en su carrera profesional. Para Andre lo que iba a ser una experiencia de unos meses durmiendo en barrancones y conviviendo con sus miedos y su lucha por hacerse un camino, se convirtió en un remolino adolescente, alcohol, drogas, una cresta teñida de rosa, gritaban su desesperación y su ambulante pérdida. Bollettierie lo castigó por su vestimenta durante los partidos, pantalones rotos, ojos maquillados y un pendiente que lo acompañaría durante mucho tiempo más.

Y sin embargo se transformó en el centro de sus compañeros. Su fama de rebelde le hizo convertirse en el centro de las miradas del resto de los adolescentes. Mientras, se aferraron en él sus condiciones innatas para jugar al tenis, su atrevimiento en el juego y su fuerte exigencia de perfección, o eras perfecto o eras un perdedor. “No es que la perfección sea la meta en nuestra casa, es que es la ley. Si no eres perfecto, eres un perdedor. Un perdedor nato”, escribe Agassi en sus memorias.

Con 14 años, entró en el ranking de la ATP, abandonó la escuela y se adentró en el sendero del tenis profesional. Tal vez lo odiara pero tampoco supo buscar algún camino alternativo para labrarse un futuro. A los 16 años, comenzó su recorrido como jugador profesional y sintió el peso de su decisión, “me siento como si acabara de meterme en una carretera larga, muy larga, que parece descender hasta un bosque siniestro”.

Pronto llegó la fama, su primer contrato con un sponsor importante y su primera gran victoria que le hizo embolsarse 90.000 dólares y su nombre comenzaba a llegar a los oídos de todos.

El éxito fue de la mano de su comportamiento excéntrico, de sus encontronazos con el público y con la prensa. Llegaron derrotas, rivales infranqueables como Pete Sampras pero también triunfos, como formar parte del equipo estadounidense de la Copa Davis con 18 años. Y su madera de campeón, su espíritu deportivo, seguía emborronado y lleno de dudas.

Llegó su primer Gran Slam al ganar la final de Roland Garros en 1991 y continuó su competición, contra sí mismo y contra los demás. En aquellas fechas conoció a Gil Reyes, su nuevo entrenador físico y su guardián más preciado, le regaló sus hombros para que fuera capaz de alcanzar las estrellas.

Vinieron las despedidas, Wendi su primera novia le decía adiós, su representante Bolletieri dejó de trabajar para él a través de un comunicado en “USA Today” y su amor platónico, Steffi Graf no respondió nunca a su primer mensaje.

Un viejo amigo acudió a representarlo, Perry Rogers y consiguió además un nuevo entrenador para él, Brad Gilbert. La victoria en el Open de EEUU de 1994 le dio la confianza para hacer lo que tanto ansiaba: deshacerse del postizo y raparse el pelo. Su primera victoria calvo.

Se impuso de nuevo el vacío, su relación con Brooke Shields avanzaba como muchas cosas a su alrededor, simplemente por inercia. La apatía, su acercamiento a las drogas y una mediática boda con Brooke, hicieron que de nuevo su estela de jugador estrella se difuminara y volvieran las dudas. LA ATP encontró en una prueba de dopaje trazas de droga en su orina y su respuesta inmediata fue negarlo a través de una mentira más y así archivar el caso.

Cuando tal vez uno cae a lo más hondo del abismo, es cuando llegan las fuerzas para levantarse. Resurgir de sus cenizas empezando de nuevo desde abajo, desde el puesto 141 del ranking al que cayó en 1997 hasta el número 1 que recuperó en 1999 y de nuevo en 2003, con 33 años, su divorcio de Brooke Shields y su conquista por fin de Roland Garros, en el 2001.

Y sin embargo su partido vital con el tenis por fin llegó, su verdadera reconciliación con el deporte que le meció desde niño, lo arrojó al abismo de adolescente y le marcó su camino de adulto. El tenis le proporcionó finalmente la vida que quería, su matrimonio con Steffi Graf, sus dos hijos, una fundación para niños con escasos medios para sobrevivir y al fin y al cabo el sendero que marcó su estela. “El tenis me daba mucho, pero me creaba tanta confusión que no podía disfrutarlo. Entonces me dio a mi mujer, a mis hijos, y entendí que había renunciado a mi infancia por la de ellos. Y ahora, cuando miro atrás, veo el tenis como un gran regalo”.

La chica de Tsukiji – Bosco Esteruelas

octubre 31, 2014

La chica de Tsukiji

Hace unas semanas asistí a una velada literaria en la librería Tipos Infames, en la que se presentaba un libro de relatos del escritor Bosco Esteruelas, La chica de Tsukiji y un vino, denominado Haiku –en homenaje a las estrofas poéticas niponas. La sinergia entre el libro y el vino se hacía ver con facilidad, la sencillez del haiku con la ligereza de la lectura de las historias breves que nos cuentan los relatos.

Bosco Esteruelas, es escritor y periodista. Ha publicado dos novelas, El reencuentro (2011),  Todo empezó con Obdulio (2012) y recientemente un libro de relatos, La chica de Tsukiji (2014). Ha ejercido el cargo de responsable de comunicación en la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional. Ha sido editorialista del diario El PAÍS, trabajó en la Agencia EFE y más tarde ingresó en EL PAÍS, como corresponsal en Asia, con base en Tokio y posteriormente en Bruselas. También fue portavoz de la FAO y portavoz del vicepresidente y comisario europeo Manuel Marín.

Un título, La chica de Tsukiji, en alusión a la gigantesca lonja de pescado tokiota en peligro de desaparición. Cuando Bosco fue corresponsal en Asia, solía visitar de madrugada Tsukiji, allí le fascinó una misteriosa joven, de cabello oscuro y lacio, atractiva, silenciosa y de elegantes maneras, con la que logró comunicarse, tras varias sesiones de intento. Años más tarde, decidió transmitir la experiencia en un cuento tras ver Mapa de los sonidos deTokio, la película que Isabel Coixet ambientó en Tsukiji.

Un género, el relato corto, el resultado de una inspiración inmediata, momentos aislados que adquieren una gran intensidad al verse desconectados de un contexto explicado en detalle. Exige un gran esfuerzo de síntesis y capacidad del autor para hacer que lo que escribe, tan brevemente, sea atractivo y ameno. De ellos esperamos un flechazo, un coup de foudre.

Estos diez relatos de Bosco Esteruelas, nos hablan de la incomunicación y la incomprensión que padecemos los humanos. Personajes complejos, momentos en blanco, y a partir de un rumbo perdido las historias se hacen atractivas, poderosas como marginales, tan violentas como humanas.

Los relatos fueron escritos en una etapa difícil para su autor y quizá por eso, nos dice, daban fuerza a la imaginación aunque sin alejarse de la realidad. Están basados en experiencias personales y profesionales o en las de otros que le fueron contadas y que él distorsionó. Son cuentos voluntariamente inacabados, radiografías de pasiones humanas con el denominador común de la incomunicación y la incomprensión que padecemos los humanos. Describen el enigma que hay detrás de un rostro, el miedo al fracaso, la voracidad irresponsable por el triunfo, el malentendido, la inadaptación y el rechazo social., los amores difíciles, la locura y el absurdo de los nacionalismos violentos, pero también la bondad y la generosidad del individuo.

Bosco nos cuenta, que no se trata de narraciones tristes ni alegres, sino la simple y breve plasmación de lo que somos o somos capaces de llegar a ser. Son haikus que fotografían los sentimientos humanos y te revuelen las emociones.

Estas diez historias, me han acompañado estos días en un Madrid caluroso, y cada historia me ha hecho mirar por el balcón de mi casa y encontrar miradas parecidas a los rostros que he imaginado dentro de cada relato y quizás en portadores de las mismas historias desvanecidas.

Me he fijado en mi rostro cansado al despertar, en el de aquellos que nunca se detienen al caminar deprisa por la ciudad. Me he parado a escuchar a los que hablan en una lengua distinta y he notado el vacío de la incomprensión. Me he dado cuenta de lo rápido que nos movemos sin apenas escuchar nuestros propios pasos y de lo triste que puede ser un anochecer sin rumbo. He querido ser como ellos y es tan fácil como escuchar las pasiones de tu corazón, que en ocasiones te llevan a la tristeza infinita o a sentir el golpe caluroso de la vida llena.

Elena Montoro García

Rumbo a una vida mejor, palabras que inspiran – Jorge Bucay

septiembre 19, 2014

9788490562611[1]

Una mañana en el Hotel de las Letras de la ruidosa Gran Vía de Madrid. El espacio del hall vestido de blanco y el atuendo de Jorge Bucay entero de negro, parecía que se deslizara como una sombra entre tanta luz. Sentados los dos en un cómodo sofá, frente a una pared de cristal que deja pasar toda la vida de la ciudad, comenzamos a charlar sobre su carrera profesional y sobre su actualidad, su último libro, Rumbo a una vida mejor.

Jorge Bucay, se autodefine como “ayudador profesional” y a través de sus libros nos ofrece herramientas terapéuticas para ser capaces de sanarnos a nosotros mismos. Pero a su vez, nos recuerda la irremplazable mirada de un profesional para algunos momentos de la vida y para algunos problemas que requieren de alguien más a nuestro lado. La ayuda que uno tiene, puede venir de un amigo, de la pareja, etc pero otras veces es necesaria la cercanía de un psicoterapeuta para poder ayudarnos.

Así a nuestra pregunta de cómo cree que ha podido ayudar más, como terapeuta o a través sus libros, nos responde que sin lugar a duda como terapeuta, ejerciendo una de las tareas más nobles dentro de la medicina relacionada con la salud mental, al asistir a un paciente en persona. Nos dice, que tal vez ha sido lo mejor que ha hecho en su vida pero cierto es que con sus publicaciones, ha llegado a mayor número de personas que a través de la consulta personal.

A sus 19 años, nos cuenta que su pasión era el teatro y a raíz de ahí, vino todo lo demás. De todo aquello queda para él su inclinación por el arte, como un vehículo que conduce a mejores cosas. Platón decía que ética y estética son la misma cosa, entonces uno no se puede olvidar que la belleza es lo bueno y lo bueno es la belleza. La belleza se vincula con el arte y con lo artístico y a partir de ahí la creatividad y el crecimiento. Pero para Jorge la educación que tenemos no está centrada en la creación artística ni en la creación en sí, está centrada en lo práctico y en lo concreto. La última ola de reformas educativas se ha llevado a cabo a través del aumento del número de centros docentes y de equiparlos con mayor tecnología pero es importante privilegiar las materias que hoy necesitamos que nuestros niños aprendan, que nuestros jóvenes desarrollen y que nuestros adultos finalmente practiquen. Es necesario, una educación más centrada en enseñar a los jóvenes a pensar, a buscar y reconocer lo que uno está buscando. Las ciencias humanísticas deberían de tener cierta prevalencia sobre las ciencias exactas.

Nuestro autor, comenzó su andadura como docente terapéutico, hace ya cuarenta años, estudiando psicología en Argentina a través del psicoanálisis ortodoxo. Luego tuvo la inquietud de buscar otras cosas, le parecía que no servía para el psicoanálisis y encontró el modelo Gestalt, cuyo trabajo es mucho más personalizado y más comprometido, ya que crea un vínculo más afectivo y presente con el paciente. A partir de ahí, comenzó a sentir que el terapeuta se parecía más a un docente y trabajaba no como un médico, sino como un maestro.

En sus libros, la gran protagonista es la felicidad anhelada y el camino para encontrarla. Él nos dice que la felicidad es puramente la serenidad que se siente cuando uno sabe que está en el camino correcto. La felicidad tiene que ver con esta paz de espíritu, con la sensación de que no estás perdido y no tiene tanto que ver con la alegría.

Dueños del timón de nuestro barco y conscientes de nuestras posibilidades, le gusta pensar que lo que a cada uno le pase, depende mucho de lo que uno haga aunque siempre hay una parte que depende de ti y otro del exterior.

Con cierta relación a su forma de entender la vida, Jorge nos habla sobre la fe y la actitud de los creyentes. El creyente verdadero tiene una fuente de inspiración suprema en la idea que tiene de Dios. Si se considera a Dios como un maestro, tener una imagen así a la cual referirse es de gran ayuda. Los creyentes tienen una actitud hacía la vida que favorece al crecimiento personal porque poseen un aspecto espiritual que cultivan. Aunque no hace falta ser creyente para tener este lado espiritual pero sí es necesario cuidarlo para poder crecer.

Rumbo a una vida mejor, su último libro, donde reflexiona sobre la felicidad, no como una meta sino como el camino que elegimos para nuestra propia evolución y la pauta que nos marca es hacernos la contundente pregunta, para qué vivo yo, qué diferencia existe en este mundo porque tu existas o no. Y una vez que uno lo sepa, alinearte en este camino. El sentido de la vida, siempre hay que buscarlo.

Abraza a todos sus libros aunque como todo escritor puntúa que el libro que más te necesita suele ser el último. Rumbo a una vida mejor, es para él un regalo donde selecciona una serie de ideas en las que él cree y las comparte en una mesa de café con un buen amigo. No está planteado como los otros, que exponen un tema que se desarrolla de principio a fin, éste está pensado con el objetivo, de que los que leen la revista Mente Sana y sus reseñas, puedan encontrar aquí una serie de ideas expandidas un poco más, para compartir y regalar, ya que éste es un libro para leerlo y después regalarlo.

Jorge no se considera un escritor, sino más bien un docente que escribe sobre lo que mejor sabe. Hay mucho de él en sus cuentos, él es el protagonista de cada uno de ellos, el que se siente perdido o el que finalmente encuentra a su maestro. Y escribe para cualquiera que le interese conocerse un poco más.

En su mesita de noche, te puedes encontrar autores de novela negra y policiaca. Leer a Freud para él es un paseo y de Paulo Coelho resalta La quinta montaña.

Se aprende leyendo, nos dice, porque leer es como vivir, vivir vidas ajenas sin pagar las consecuencias.