Todo empezó apenas como un sueño

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Andre Agassi

La historia de un niño al que lo que más le gustaba en el mundo era no despertar. Le gustaba ganar, tal vez a lo que fuera, al fútbol, a sus hermanos, a todo salvo cuando jugaba al tenis y el tenis sin embargo era su despertar. “Odiaba el tenis, sí”, afirma Andre Agassi en sus memorias.

Y como no soportaba la férrea disciplina que su padre le impuso para que se convirtiera en uno de los mejores jugadores de tenis de la historia, ni el zumbido constante que el miedo le producía si abandona su raqueta y el patio de su casa en Las Vegas, donde su padre había construido una pista de tenis en el que albergaba una maquina diabólica, “ese dragón, dotado de un cuello extra largo, que retrocede agitándose como un látigo cada vez que el dragón dispara cientos de pelotas de tenis”, se convirtió en alguien que no era para despistar al fantasma que más lo aterraba, que era lo poco que se conocía a sí mismo.

El niño que no podía salir de su territorio, sólo frente al dragón que arrojaba 2.500 pelotas al día y todo para que se convirtiera en el número uno del ranking del tenis. Mientras, las piernas temblorosas y el hombro destrozado y una sola obsesión, el niño odiaba el tenis.

El tenis nunca fue su elección, fue más su eterna pesadilla. Su padre se lo impuso, eternas horas practicando y luego despedirse de su hogar para residir en la Academia Bollettieri y convertirse en un profesional. Mientras él medio niño, medio adolescente, buscaba su identidad, su eterno laberinto de emociones, que lo convirtió en el foco de todo un público que le decía quién era o cómo era. Su rebeldía frente al mundo, su pelo encrespado, sus coloridos atuendos o su picardía debutando en Wimbledon en pantalones vaqueros, hizo que se ganara muchas críticas pero también hizo suyo un fuerte carisma.

Nick Bollettierie se fijó en él al entrar en su academia de Florida donde formaba futuras grandes estrellas del tenis. A coste cero, se encargaría de convertirlo en una estrella y lo representaría en su carrera profesional. Para Andre lo que iba a ser una experiencia de unos meses durmiendo en barrancones y conviviendo con sus miedos y su lucha por hacerse un camino, se convirtió en un remolino adolescente, alcohol, drogas, una cresta teñida de rosa, gritaban su desesperación y su ambulante pérdida. Bollettierie lo castigó por su vestimenta durante los partidos, pantalones rotos, ojos maquillados y un pendiente que lo acompañaría durante mucho tiempo más.

Y sin embargo se transformó en el centro de sus compañeros. Su fama de rebelde le hizo convertirse en el centro de las miradas del resto de los adolescentes. Mientras, se aferraron en él sus condiciones innatas para jugar al tenis, su atrevimiento en el juego y su fuerte exigencia de perfección, o eras perfecto o eras un perdedor. “No es que la perfección sea la meta en nuestra casa, es que es la ley. Si no eres perfecto, eres un perdedor. Un perdedor nato”, escribe Agassi en sus memorias.

Con 14 años, entró en el ranking de la ATP, abandonó la escuela y se adentró en el sendero del tenis profesional. Tal vez lo odiara pero tampoco supo buscar algún camino alternativo para labrarse un futuro. A los 16 años, comenzó su recorrido como jugador profesional y sintió el peso de su decisión, “me siento como si acabara de meterme en una carretera larga, muy larga, que parece descender hasta un bosque siniestro”.

Pronto llegó la fama, su primer contrato con un sponsor importante y su primera gran victoria que le hizo embolsarse 90.000 dólares y su nombre comenzaba a llegar a los oídos de todos.

El éxito fue de la mano de su comportamiento excéntrico, de sus encontronazos con el público y con la prensa. Llegaron derrotas, rivales infranqueables como Pete Sampras pero también triunfos, como formar parte del equipo estadounidense de la Copa Davis con 18 años. Y su madera de campeón, su espíritu deportivo, seguía emborronado y lleno de dudas.

Llegó su primer Gran Slam al ganar la final de Roland Garros en 1991 y continuó su competición, contra sí mismo y contra los demás. En aquellas fechas conoció a Gil Reyes, su nuevo entrenador físico y su guardián más preciado, le regaló sus hombros para que fuera capaz de alcanzar las estrellas.

Vinieron las despedidas, Wendi su primera novia le decía adiós, su representante Bolletieri dejó de trabajar para él a través de un comunicado en “USA Today” y su amor platónico, Steffi Graf no respondió nunca a su primer mensaje.

Un viejo amigo acudió a representarlo, Perry Rogers y consiguió además un nuevo entrenador para él, Brad Gilbert. La victoria en el Open de EEUU de 1994 le dio la confianza para hacer lo que tanto ansiaba: deshacerse del postizo y raparse el pelo. Su primera victoria calvo.

Se impuso de nuevo el vacío, su relación con Brooke Shields avanzaba como muchas cosas a su alrededor, simplemente por inercia. La apatía, su acercamiento a las drogas y una mediática boda con Brooke, hicieron que de nuevo su estela de jugador estrella se difuminara y volvieran las dudas. LA ATP encontró en una prueba de dopaje trazas de droga en su orina y su respuesta inmediata fue negarlo a través de una mentira más y así archivar el caso.

Cuando tal vez uno cae a lo más hondo del abismo, es cuando llegan las fuerzas para levantarse. Resurgir de sus cenizas empezando de nuevo desde abajo, desde el puesto 141 del ranking al que cayó en 1997 hasta el número 1 que recuperó en 1999 y de nuevo en 2003, con 33 años, su divorcio de Brooke Shields y su conquista por fin de Roland Garros, en el 2001.

Y sin embargo su partido vital con el tenis por fin llegó, su verdadera reconciliación con el deporte que le meció desde niño, lo arrojó al abismo de adolescente y le marcó su camino de adulto. El tenis le proporcionó finalmente la vida que quería, su matrimonio con Steffi Graf, sus dos hijos, una fundación para niños con escasos medios para sobrevivir y al fin y al cabo el sendero que marcó su estela. “El tenis me daba mucho, pero me creaba tanta confusión que no podía disfrutarlo. Entonces me dio a mi mujer, a mis hijos, y entendí que había renunciado a mi infancia por la de ellos. Y ahora, cuando miro atrás, veo el tenis como un gran regalo”.

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