El romanticismo

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Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

ImageEstando algo aburridos en la tertulia de aquellos tres insignes, que se habían decantado por los derroteros de la nueva narrativa española, o mejor dicho: de la narrativa que en aquellos momentos parecía emerger de un marasmo, un cierto estancamiento entre el movimiento romántico de la primera mitad del siglo XIX, la segunda mitad y el inicio del siglo XX –en el que nuestro mago nos había ido a colocar-, cargado éste de un buen número de elementos para que los autores de aquel momento fructificaran al amparo de la máquina de la modernidad. Se debatían Pío, Benito y José entre quién de aquellos últimos representantes del romanticismo de la primera mitad del diecinueve les merecía mayor admiración, y al final estuvieron de acuerdo en que solo tres eran los que había que destacar de aquella época.

-Trinos como vosotros –dijo mi buen amigo Dostoievski.

-No tiene nada que ver eso con lo que aquí estamos debatiendo –respondió airado el recién galardonado premio Nobel.

-¡A ver! ¿Si de aquella época en la que hay un buen número de autores, ustedes se quedan con tan solo esos tres, no creen que le están haciendo un mal favor a los demás -dijo el maestro.

-¿Qué favor, ni qué leches? Nosotros no estamos haciéndole el favor a nadie, solo reconociendo el valor de algunos de los autores que en los inicios del siglo diecinueve destacaron, y no me dirá usted, que no tenemos razón al haber citado a los tres que al parecer a usted no le son de agrado –dijo algo tozudo y enfadado Pío.

-No, querría yo interrumpir –dije intentando intervenir en la conversación que comenzaba a acalorarse-, pero en una cosa estoy de acuerdo con ustedes, y es en que admiro al gran Larra, por lo demás, los otros dos, no digo que no merezcan el reconocimiento, pero creo que ustedes olvidan al elegirlos como, podríamos decir, paradigmas de la literatura de aquélla época que los demás también tuvieron mucho que ver con nuestras letras.

-Ese es el problema que siempre decidimos encumbrar a unos y hundir a los otros en el olvido. Por eso no estoy de acuerdo con los premios literarios –dijo Dostoievski levantándose de la silla airadamente.

-No se sulfure –intervino Benito algo más calmado que los otros dos, a los que parecía haberles mordido un perro rabioso cuando mi querido maestro les dejó caer su sentencia levantándose como ya se ha dicho; sobre todo el que más irritado se mostró fue el galardonado, era obvio que así fuera, de algún modo tenía, o debía defender su premio, sobre todo contra aquella afrenta del ruso que negaba con o sin razón la necesidad de los premios.

-De todos modos –dije yo levantándome también para dar a entender que nos íbamos, y que la conversación ya no nos interesaba, no se puede razonar con mentes obtusas, ya sé que por estas palabras me quemarán los eruditos en su gran hoguera de vanidades, pero tenía que decirlas-; creo que de esa época de la que hablamos solo podemos rescatar a sus seis máximas figuras, sin contar con las que ni siquiera salieron en los papeles alguna vez, o lo hicieron en contadas ocasiones como fue el caso de José Gutierrez de la Vega (1790-1865) del que hace un buen análisis literario Miguel de Mañara (http://www.rinconcastellano.com/sigloxix/al_miguelmanara.html#); pero sin duda yo me quedo con Mariano José de Larra.

-Así que dadas las circunstancias, por qué no le pedimos a nuestro mago que nos lleve a la boda de nuestro buen e insigne amigo, tan merecedor como éste del Nobel –dijo Dostoievski señalando en un aparte al recién laureado, el señor Echegaray.

-Estoy contigo mi querido maestro –dije yo con ganas de salir de allí, así que le pedimos a nuestro buen hacedor que nos llevara hasta el día de la boda del autor de Tirano Banderas, así matábamos dos pájaros de un tiro, ya teníamos título para el siguiente capítulo de este recorrido por el Madrid de las letras, y de paso alegrábamos los estómagos con algo de comida y algún vino, que de seguro en la citada boda habría. Y para que aquellos románticos no caigan en el olvido los citamos antes de salir de La Cruzada:
Espronceda, Bécquer, Larra, Rosalía de Castro, el padre Juan Arolas, Gertrudis Gómez de Avellaneda y el que hemos citado José Gutierrez, tampoco olvidemos al Duque de Rivas, además de que recomendamos mi querido batuchka y yo las lecturas de Rimas y Leyendas de Bécquer, Obras de Larra, Clarín, Galdós –que lo tenemos presente en este capítulo y el anterior-, Valera, y Zorrilla.

Salimos de La Cruzada con ánimo renovado como diría el Hidalgo, y con la ayuda de nuestro mago nos fuimos a mil novecientos siete para estar presentes en la boda de D. Ramón del Valle-Inclán con la actriz Josefina Blanco.

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2 comentarios to “El romanticismo”

  1. Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

    Hmmm. Dostoievski y Valle-Inclán, esperar una semana se hace largo 🙂

  2. alvaeno Says:

    Vamos a ver, qué será de ese encuentro entre Dostoievski y Ramón, de momento han dejado atrás a otros tres grandes de la literatura española, cada uno con sus seguidores y detractores como es bien sabido en esta viña del señor, para los que creyentes, para los ateos y agnósticos, las viñas de Baco.

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