Extraños

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Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

Tuvimos suerte, al llegar nos recibió el mismísimo director, el señor Jiménez Fraud. Lo que nos sorprendió porque parecía éste muy ilusionado con nuestra visita.

-¡Mis queridos señores! ¡Bienvenidos sean a nuestra humilde residencia! Los estudiantes y algunos invitados están ansiosos por oír sus ideas -No cabía duda, el señor Jiménez nos estaba confundiendo con sus conferenciantes, a los que no había visto nunca, pero de los que sí había leído todo.

-No se preocupe amigo -dijo Fiódor-, le agradecemos su calurosa bienvenida, pero creo que está usted equivocado, nosotros sólo pasábamos por aquí… -esta coletilla me recordó a una canción que años más tarde pondría de moda un cantante progre socialista o comunista, que hizo famosa aquella letra de “presiento que tras la noche vendrá la noche más larga, quiero que no me abandones, amor mío al alba…”.

-¿Cómo que una equivocación?, no puede ser, querido amigo, no podría confundirle a usted, a su amigo tal vez -dijo mirándome mientras me estrechaba la mano-. ¿Cómo puedo equivocarme con un talento como usted querido? -Efectivamente el señor Jiménez parecía conocer al maestro. ¿Me había engañado Fiódor y me había llevado hasta La Resi, donde estaba invitado a dar una conferencia, dándome a entender otra cosa? Pensé que debía de haber un error, mi querido amigo no me iba a engañar así, máxime cuando no tenía por qué, ¿o sí?

-Le presento a mi querido Rodia –dijo el maestro, el director de la residencia me había estado apretando la mano un buen rato hasta que por fin Fiódor dijo-. Perdone mi desatención con mi amigo, le decía que él es… -En ese momento en que se disponía a decir mi nombre al director se acercó presuroso un estudiante haciendo aspavientos con las manos.

-Ustedes me van a perdonar pero señor director ya están aquí los conferenciantes.

-Sí, ya lo sé, señor Buñuel, les estoy dando la bienvenida -El señor Buñuel, ya con las manos detenidas y colocadas en los bolsillos nos miraba atónito, y con extrañeza.

-Pero… -se detuvo y nos volvió a mirar de arriba abajo como si tuviera por ojos una cámara para hacer cine- …sin duda señor director aquí hay un error -volvió a decir.

-Efectivamente, amigo -respondió el maestro-, eso trataba de decirle al señor Jiménez, que nos ha debido confundir con otras dos personas, y él nos decía que no, que cómo se iba a equivocar habiendo leído toda nuestra obra, cosa esta que me extraña porque aquí ni mi querido Rodia ni yo tenemos muchas obras publicadas, al menos yo no las tengo traducidas todas, y mi compañero ni traducidas ni publicadas.

-Evidentemente, he debido cometer un error al confundirles con nuestros conferenciantes, cosa insólita en mí, que suelo documentarme bien sobre los que vienen a deleitarnos con sus arengas, sus ideas y sus conocimientos. Me van a permitir, y perdonen -dijo y se fue con el señor Buñuel dejándonos allí en la entrada de La Resi sin más atención. Yo me dije que ya que estábamos allí debíamos quedarnos a oír la conferencia y a salir de dudas y saber quiénes eran aquellos con los que habíamos sido confundidos. ¿Cuál no sería nuestra sorpresa cuando llegamos a la puerta por la que se accedía al salón donde se iba a dar la conferencia? No teníamos invitación y el señor que estaba en la puerta para permitir o no el acceso a la sala, hacía muy bien su papel, y cumplía al píe de la letras su cometido. No nos dejó entrar aunque apelamos a que se personase el director del centro para que nos dejase disfrutar de tan magnífica conferencia. Cosa que nos fue negada rotundamente por aquel gendarme de la cultura y la enseñanza libre.

Como no habíamos tenido éxito en La Resi, decidimos volver por donde habíamos venido con la sensación de haber sido ninguneados por unos cretinos. Por el camino de vuelta al centro deLa Villa, nos detuvimos en una taberna donde curiosamente conocimos a un inglés que había decido venir a vivir al sur de España, era un tipo alto, y como dicen en mi pueblo: tan lacio; con los brazos tan largos, y con aquel sombrero, y aquel traje de pana. Llamaba la atención no solo por su indumentaria, sino porque sobre la mesa a la que estaba sentado había un atillo de libros y él anotaba sin descanso y sin levantar la vista en un cuaderno de hojas amarillentas.

-¿Permite que compartamos su mesa? -pregunté al ensimismado escribiente. Se detuvo, me miró directamente a los ojos y me dijo:

-Les estaba esperando señores, qué alegría verles.

Nos sentamos con el inglés y pedimos una jarra de vino, y escuchamos de boca del escribiente la historia que éste estaba viviendo en un pueblo de Granada llamado Yegen.

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3 comentarios to “Extraños”

  1. Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

    “aquel gendarme de la cultura y la enseñanza libre”, unas pocas palabras lo dicen todo. Por cierto que no sé si leer este verano “Al sur de Granada”, espero recomendación 😉

  2. alvaeno Says:

    Te recomiendo que lo leas, a mí me gustó mucho. No voy a hacer aquí un disertación sobre el libro, pero si lo lees quedarás satisfecha.

  3. El inglés « El blog del Planeta Says:

    […] El blog del Planeta « Extraños […]

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