Quevedo ausente

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Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

Llamamos a la puerta  de la casa del insigne aristócrata poeta, pero no nos abrió nadie. Era bien probable que hubiésemos llegado en alguna de las ocasiones en que Quevedo estuvo desterrado, o preso.

En sus posesiones de La Torre de Juan Abad fue desterrado cuando el duque de Osuna cae en desgracia y con ésta arrastra a su protegido, al que le cuesta ese destierro, para más tarde ser preso en el monasterio de Uclés, en Cuenca la de las casas flotantes junto al río; pasando luego al arresto domiciliario en su casa de Madrid, frente a la que mi querido maestro y yo estábamos con la intención de entrevistarnos con el insigne literato, al que la vida tampoco lo trató con total benevolencia, como si existiera una especie de acuerdo en la naturaleza de los hombres, un acuerdo no escrito ni firmado, pero que se lleva a cabo en contra de los que destacan, diríamos que ese acuerdo está hostigado por la envida que en este país es moneda de cambio.

Dejamos atrás la casa del caballero de la Orden de Santiago y señor de La Torre de Juan Abad, para dirigirnos a la taberna del Gato, dado que ya era el medio día y nuestros apesadumbrados estómagos nos pedían algún tentempié, a pesar de que esa mañana habíamos desayunado opulentamente en la casa del Fénix, atendidos por su exuberante y hospitalaria ama de llaves.

-No hay suerte amigo, qué me hubiera gustado tener una platica con el señor Quevedo, autor de versos como estos:

 ¿Qué gracia puede tener

mujer con fondos de fraile,

que de sermones y chismes,

sus razonamientos hace?

Quien deja lindas por necias,

y busca feas que hablen,

por sabias, como las zorras,

por simples deje las aves.

Filósofos amarillos

con barbas de colegiales,

o duende dama pretenda,

que se escuche, no ose halle.

Échese luego a dormir

entre bártulos y abades,

y amanecerá abrazado

de Zenón y de Cleantes.

Que yo para mi traer,

en tanto que argumentaren

los cultos con sus arpías,

algo buscaré que palpe.

-Sí, es un genio de la métrica, del desaire, y de la sátira y de las conspiraciones, amigo de la buena vida y misógino empedernido, y si no, sólo hay que leer los versos en los que dice de las mujeres:

A los cuarenta y cinco es bachillera,

ganguea, pide y juega del vocablo;

cumplidos los cincuenta, da en santera,

y a los cincuenta y cinco echa el retablo.

Niña, moza, mujer, vieja, hechicera,

bruja y santera, se la lleva el diablo.

-¿Qué pesarán las feministas en estos tiempos de este poeta?

-Con toda seguridad, de existir, se las pasaría Quevedo como en su vida anterior, del destierro a la prisión y de la prisión al destierro por misógino y por tener lengua viperina y por importarle un comino el qué dirán: ¡que digan!

Llegamos a la taberna del Gato guardando el silencio que sucede a las gratas charlas, a los retoces en la ciencia del amor, a las grandes comilonas, y el que precede a todos los placeres mundanos que nos convierten en expertos hedonistas dispuestos a disfrutar de cuanto la vida ofrece, de lo bueno hasta el hartazgo, para olvidar que lo malo cuando viene no viene solo…

-¿¡Dos cañas amigos!? -grita el camarero cuando nos ve entrar. Acercándonos a un hueco que hay en la barra, asentimos con la cabeza casi al unísono el maestro y yo. Para nuestra sorpresa junto a nosotros está nada más y nada menos que el insigne Juan Ramón Jiménez. A esto sí que le podemos llamar viajar en el tiempo, ¿no es la literatura un viaje por el tiempo, leer a muertos, ser muertos, hacernos la idea de que todos somos muertos?

-Amigo Rodia, si mis ojos no me engañan creo que ese de ahí, sí, el que roza el codo con el suyo, no es otro que el famoso creador del burro esponjoso -me dice mi acompañante sin quitar el ojo del hombre que a mi lado se toma una caña tranquilamente acompañado de una mujer de belleza extraordinaria que descansa su trasero sobre el lomo de una criatura que no puede ser otra que Platero.

-Es una pena que a este poeta se le recuerde solamente por ese Platero, cuento insulso y apocado, algo cursi, y no se le recuerde por poemas más grandilocuentes como este:

Arriba canta el pájaro y abajo canta el agua.

(Arriba y abajo, se me abre el alma.)

Entre dos melodías la columna de plata.

Hoja, pájaro, estrella; baja flor, raíz, agua.

Entre dos conmociones la columna de plata.

(Y tú, tronco ideal, entre mi alma y mi alma.)

Mece a la estrella el trino, la onda a la flor baja.

(Abajo y arriba, me tiembla el alma.)

-También se le recuerda porque fue premio Nobel de literatura, ¿le parece poco?, y decir de Platero y yo, lo que acaba de decir le va a suponer no pocos enemigos, cuando en España Platero y yo está considerado como uno de los mejores cuentos, que a decir de su autor es para niños, pero también dice, el autor, en una advertencia que escribe como prólogo del libro y que firma en Madrid en 1914, lo siguiente:

“Advertencia a los Hombres que lean este libro para niños.

Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, está escrito para… ¡Qué sé yo para quién!…, para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien!

“Dondequiera que haya niños- dice Novalis-, existe una edad de oro”. Pues por esa edad de oro que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca.

¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!”.

-Muy bonito, pero poco real, muy lírico, de un lirismo exasperante para mí. Yo soy de otros poetas y de otros poemas más contundentes, más, por decirlo de algún modo, humanos. Y como dice Unamuno en su ensayo Soledad que cuando el hombre sea libre y no tenga secretos que esconder, y diga lo que piensa y siente públicamente descubrirán los hombres que son mucho mejores de lo que creían, y sentirán piedad los unos de los otros, perdonándose cada uno así mismo para luego perdonar a los otros, y yo digo lo que pienso y siento sin remordimiento alguno, y si Juan Ramón Jiménez y su burro me parecen ridículos, aunque tenga el premio Nobel o el que pudieran otorgarle no puedo por menos que serme fiel a mí mismo y no ir contra mis ideas o pensamientos cosa ésta muy peligrosa para mi salud. Así que para unos Platero y yo será el cuento primordial, y para mí, al menos, no lo es, y en esto no ha de afectarme que esa mayoría diga tal o cual cosa, porque entonces, ¿de qué me vale haber sido otorgado con el privilegio del libre albedrío?

-No se enfade mi querido batuchka, no se enfade, que yo le respeto, y suscribo sus ideas, de hecho estoy dispuesto a que me dilapiden, crucifiquen, o me den garrote vil antes que no ser un hombre libre con lo que ello supone para bien o para mal. Ya sabemos que será más para mal que para bien, porque vivimos en una sociedad que no permite ciertas libertades como la que usted, mi querido maestro, se acaba de tomar, pero mejor será trasmitirle estos pensamientos al autor del citado cuento, ya que lo tenemos aquí tan cerca, tan humano, tan físico y tan bien acompañado, y para serle franco, mejor para serle sincero, la palabra anterior deberían haberla borrado de cualquier diccionario por razones que otro día podemos esgrimir en este nuestro paseo por las letras de Madrid, la mujer que lo acompaña no le quita la vista de encima, le admiro a usted porque tiene ese tirón con las féminas.

-Eso es lo que usted cree mi querido Rodia, pero hagamos lo que propone, yo sin ningún pudor le expondré al poeta lo que de su cuento opino, haciendo una minucioso análisis del mismo, y si hace falta pondremos el cuerpo presente y lo diseccionaremos cual galenos en busca de las entrañas para no decir por decir las cosas y para llamar al pan, pan y al vino, vino.

Con respeto me dirigí al poeta, y éste me hizo un desaire que reprendió inmediatamente su acompañante y como una de las mesas de la taberna del Gato se había quedado desocupada decidimos sentarnos a ella. La tertulia fue excelente y de ella nació una gran amistad entre otras cosas porque fuimos honestos como propone Unamuno en su ensayo “Soledad”.

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2 comentarios to “Quevedo ausente”

  1. Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

    El Nobel a Juan Ramón Jiménez parece que no te convence. Y respecto a Quevedo, hoy sin duda, sería feminista, la misoginia es de otras épocas, al menos en esta parte del planeta 😉

    • Alvaeno (@alvaeno) Says:

      No, la verdad es que no me convence la poesía de Juan Ramón, pero eso no quita que no reconozca que otros la adoren, y que por tanto la premien.
      De los premios Nobel tengo muchas dudas, en fin, que no siempre se le dan los premios a los mejores, de eso no hay duda.
      Que Quevedo fuera, de existir en estos tiempos, feminista, permite que tenga mis dudas. ¿La misoginia es de otra época en esta parte del planeta? Hay mucho misógino por aquí.

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