Todo un caballero

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Recorriendo el Madrid de la letras con Dostoievski

Por Salvador Moreno Valencia

-Querido Rodia, ¿no es aquél que viene por allí el manco de Lepanto?- me pregunta Fiódor. Sus ojos puestos en la figura negra de alguien que se acerca a lo lejos. Estamos en la calle de León, llamada así porque dicen que un indio enseñaba un león por dos maravedíes. Ya se sabe que las leyendas urbanas pueblan las geografías de cualquier rincón de la tierra. Si pusiéramos en un mapa a cada país las leyendas que le son propias, tendríamos una buena enciclopedia de usos y costumbres. Pero debo dejar este tono literario ya pasado de moda para adoptar otro más contemporáneo, algo más insulso, y yo diría  primitivo. Un lenguaje ni coloquial ni tertuliano, sino todo lo contrario algo vulgar y si puede ser, además, chabacano.

-Mi presbicia no me permite distinguir los rasgos- le respondo al maestro.

-Cómprese unas lentes progresivas, última generación hombre, y no sea rácano.

-Debo recordarle que además de que estemos usando este lenguaje pasado de moda, no tenemos un real que echarnos al bolsillo, y que si ayer comimos y hoy tenemos la alforja llena es gracias al genio de los ingenios, nunca mejor dicho, así que mi presbicia seguirá en aumento mientras no regresemos al siglo veintiuno, ¿no le parece? ¿O cómo vamos a entrevistarnos con ese que por ahí viene, y que escribió obra tal como la del hidalgo Don Alonso?

-Tiene razón querido amigo. No me imagino yo en la interviú con Miguel hablando en lenguaje del veintiuno.

-Todo es cuestión de intentarlo a ver qué reacción tiene el caballero de Lepanto.

-Por cierto mi querido Rodia, ¿conoce usted a fondo la historia donde se cuenta que Miguel recibió un arcabuzazo, motivo por el cual perdería el brazo?

-Si he de serle sincero sólo sé lo que cuenta un tal Reverte en uno de sus libros, que creo se llama La batalla de Lepanto, no estoy muy seguro, y tampoco estoy seguro de ese escritor como eso, maestro, ya sabe a lo que me refiero.

-Sí, sé lo que viene usted a decirme, pero no se confunda porque ese Reverte no ha escrito nada sobre Lepanto, sino sobre la batalla de Trafalgar que no tiene nada que ver con la otra, ¿o sí?

-Sí, algo habrá escrito, porque escribir no para, y tiene una pluma viperina que arremete contra todo y todos, eso…

-No es santo de mi devoción ese Reverte, me parece algo prepotente, ¿no cree?

-Falto de humildad sí que parece, de eso no hay duda, y es que a algunos les dan patente de corso y ya se creen que son dioses tales Zeus.

-Efectivamente amigo. Pero mire, nuestro maestro Cervantes acaba de entrar en esa casa, ¿qué hacemos ahora?

-Entrar tras él, esa casa no es más que la venta donde mantean a Sancho, y donde nuestro amigo Don Alonso encuentra sus buenas dificultades para ponerse en lid con los humildes y mediocres, algo necios, que allí moran.

-Entonces entremos.

(Que conste que aquí nos vamos de calle León a la venta, no por otra cosa sino porque esto es una ficción y como tal no necesitamos de máquinas que nos transporten o nos tele-transporten).

Antes de entrar podemos ver cómo la gente que camina por la calle de León sale que se las pela gritando y buscando refugio: el león debe haberse escapado de nuevo. La última vez que lo hizo se jaló tres curas y una monja que salían de los oficios, y un pobre ciego que pedía en la puerta de la iglesia. Fue una masacre. Y el león una vez hubo saciado su hambre fue a echarse a la puerta del palacio de los diputados.

Entrando en la venta podríamos disfrutar de lo que allí aconteciera y además llevar a cabo la entrevista que tanto estábamos buscando con El Manco de Lepanto.

Don Quijote estaba haciendo de las suyas, al igual que Sancho que sólo pensaba en llenar su segundo apellido. Pero esto no lo voy a contar aquí por suponer que tamaña obra universal ha sido leída con toda seguridad por el ferviente lector que nos sigue al maestro Fiódor y a mí, desde que comenzáramos nuestro peculiar paseo por el Madrid de las letras. Lo que sí voy a trascribir aquí es la entrevista que le hicimos a Miguel de Cervantes. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Miguel había elegido para sentarse un lugar apartado del salón donde se daban cita aquella mañana los viajeros. Sentado Miguel en un rincón penumbroso observaba el trajinar de los clientes, y entre ellos a uno que era algo llamativo por lo extravagante de su indumentaria. De repente lo asaltamos mi querido batuchka y yo.

 -¡Buenos días! ¿Es usted Miguel de Cervantes, supongo?- preguntó Fiódor sin más.

-¿Ha nacido ya el doctor Livingstone?– respondió aireado el literato con una pregunta.

-No, la verdad es que tardará algo en nacer y luego en perderse en África.

-¿Realmente cree usted que el doctor ése se perdió en ese continente exuberante?

-No sé, creo que en mi época todavía no se había perdido. Pero dejemos este tema trivial y sin sentido, es usted el hombre que ha escrito el libro más grande de la historia de la humanidad después de la biblia y de Anna Karenina, o Guerra y Paz, perdone, pero es que la patria tira, ¿no le parece?

-Ya lo creo que tira, mire mi mano, echa un guiñapo por culpa de la patria. ¿Qué se me había perdido a mí en la batalla de Trafalgar?

-En la de Trafalgar nada, porque usted no estuvo en ella, sino en la de Lepanto, nombre por el que lleva ese apodo de el manco de…

-Qué sabrán esos estirados de historiadores- hace un gesto para que nos acerquemos y casi susurrando sigue con su arenga-, todos unos convenidos que comen en la mano del amo. Y si el amo dice que a Cervantes lo hirieron en la batalla de Lepanto pues nada, allá que van ellos y me sueltan el sambenito. ¡Oigan! ¿Ustedes esta conversación no la escribirán, no?

-No se preocupe usted que lo que a nosotros nos sobra es palabra de honor y con ella sellamos aquí ante usted que no saldrá ni una jota de lo que aquí se hable hoy.

-Entonces, les invito a sentarse y bebamos, sí, bebamos mientras ese loco de ahí hace de las suyas, y se ríe, de paso, de todos los historiadores, y sabelotodo de este reino de Taifas donde el único que sabe gobernar es ese botarate de Sancho.

-Perdone pero Sancho gobernó en Barataria, parece usted algo confundido hoy.

-¿En Barataria? No sea lelo amigo, Sancho gobernó en Taifas, lo que pasa que mi singular coetáneo lo ha tergiversado todo: la envidia y los celos son muy malos.

-¿A quién se refiere usted con que su coetáneo lo ha tergiversado todo?

-¡Hombre! Primero quiere apropiarse de mi obra haciendo un mal plagio de la misma, y segundo que no es capaz de dar la cara y usa un seudónimo para que no se sepa que el que está detrás de todo es él, el gran Fénix.

-Si esta conversación llegara a los oídos de los intelectuales, o historiadores y demás caterva ramplona-pensante, a nosotros tres nos quemaban en la hoguera.

-Tiene razón amigo Rodia, el libre pensamiento, la creatividad, y la imaginación no son santos de la devoción de los estudiosos que sólo leen lo que les han dicho que lean, que sólo conocen la historia por lo que han escrito de ella, y siempre, por muy fiel que el transcriptor sea, pone un gota de tinta más aquí, otra allá, y además que cuando el patrón supervisa lo escrito también pondrá o quitará algunas comas, y párrafos enteros según le convenga que su imagen quede bien y que el mundo venidero lo recuerde por sus bondades o por sus maldades. Porque aquel que es malo gusta que lo recuerden como el más malo, y el que es bueno gusta ser el mejor entre los bondadosos hombres que cada vez son menos bajo el cielo.

La posadera nos trajo el vino. Lo sirvió en sendas tazas de barro. Nos enseñó un canal por el que muchos hombres se adentran en las turbulentas y pantanosas aguas del amor. Y de haber existido por entonces la silicona o eso que llaman algo así como botox, se diría que la mesonera tenía los pechos de silicona y los labios inflados de botox o como se llame. Además de tener cierta similitud con una señora a la que cientos de años más tarde, los medios oficiales de comunicación, eso que vendría a definirse como prensa amarilla o rosa, la encumbrarían como la princesa del pueblo, ¡manda güevos!

He tenido suerte de no nacer en esa época de frivolidad y desmedida. Una época donde Don Alonso no hubiera podido sacar su caballería andante para vengarse de todos esos cretinos. Una época en la que la ignorancia y la estupidez harán estragos en la gente. Aunque a decir verdad, en todas las épocas cuecen habas, y en esta de Miguel y de Lope, también se cocieron, y a toneladas. Lo que pasa es que la aristocracia reinante nos lo ha trasmitido como si haber conquistado un continente y haber asesinado a millones de indios fuera lo más digno. Y lo que se ha dicho es que la historia la han escrito siempre los vencedores, por tanto mucho de cierto no tendrá.

Sigamos con la entrevista a nuestro querido Miguel de Cervantes, el apodado manco de Lepanto. Y dejemos las leyendas urbanas y seamos responsables y estrictos a la hora de hablar de la historia fidedigna tal cual nos la han trasmitido a través de los libros, que por cierto hasta la puesta en escena de Gutemberg y de su invento, todos los libros que ha habido los ha controlado la iglesia, y esto me da qué pensar. Algo que parece estar mal visto en el siglo veintiuno, pero por ahora quedémonos en el siglo de Don Alonso Quijano, en el que el sarcasmo es manejado con mano de maestro, el insigne Manco de Lepanto.

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2 comentarios to “Todo un caballero”

  1. Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

    jaja…, hay dioses y hay maestros. Buenos toques de humor, la princesa del pueblo anda suelta, no me la imaginaba yo como personaje literario pero al tiempo 😉

  2. Alvaeno (@alvaeno) Says:

    Así es, Nieves, la “princesa del pueblo” como personaje literario y como ficción, quizás tendría un pase, pero como realidad no es más que el reflejo de la estupidez del pueblo y esto lo dice todo, creo del mismo. Ande el tiempo su camino que no es raro que esta “princesa del pueblo” saque algún día sus memorias, y si eso ocurre, válgame Satanás, mejor ir ahuecando que es gerundio.

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