Por un abordaje cualitativo de la lectura

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El papagayo del organillero

Una relación amorosa crece y desvanece de la mano de encuentros y ausencias, de odios irracionales, abandonos y decepciones, pero la belleza que se despliega en la entrega y en el reconocimiento del otro como parte de uno (y uno espera también ser parte del otro) es incomparablemente mayor que el dolor. Se vive entonces en la busca de esos momentos de belleza (raros, quizás, para los más cínicos) en los que se espera, además, que el encuentro dure. ¿Por qué aquella persona, entre tantas otras, entre otras más inteligentes, más bonitas, más ricas, más sencillas? Queda siempre la duda si esa belleza es construida por nosotros, a partir de nuestras necesidades y anhelos, o si está ahí en el mundo y tenemos la suerte de encontrarla.

El encuentro literario no es diferente. El autor está ahí en el mundo, entre centenares de otros igualmente buenos, aclamados por la crítica o ignorados por ella. Como el papagayo de un viejo organillero elige el papelito de colores que nos dirá la suerte, la aleatoriedad pauta nuestro encuentro con un libro o el artífice detrás de él. A veces nos presentan y vienen recomendados, a veces es un encuentro a ciegas. Entre tantos escritores, grandes o pequeños, lo que hace que nos enamoremos de uno u otro no es ni la calidad de la obra, ni la destreza de la pluma, ni mucho menos la garantía dudosa de la crítica. El enamoramiento se debe a nosotros mismos.

Nuestras vidas transcurren al margen de la literatura, aunque sea parte importante de nuestro oxígeno espiritual. Nacemos en una familia, en una historia, en una tradición. De niños, desarrollamos intereses diferentes incluso de nuestros hermanos. Algunos dicen incluso que existe un destino, uno para cada uno, otros dicen que los destinos se cruzan y otros, aún, que no hay destino ni nada, sino que estamos sueltos en medio del caos, y nacemos, vivimos y desaparecemos. Por el motivo que sea, y para la práctica del vivir, poco importa si uno es romántico o escéptico o cínico o hipocondríaco o hijo de puta o cómico o infeliz por naturaleza.

Supongamos que a un hombre romántico, al que le apasiona la literatura, se entretiene en los vericuetos de la lengua, de la forma, de las profundidades del alma: Thomas Bernhard le puede parecer un genio (tanto que lo lee en su alemán original), pero su verdadero placer literario puede estar en los malabarismos de Cortázar o incluso en la sensibilidad suicida de Virginia Woolf. No llega siquiera a categorizar uno mejor que otro, simplemente se produce una interpelación (en términos althusserianos) en la cual el pathos del lector, en toda su complejidad psicológica, histórica y social, se identifica con el pathos de una tradición. Al fin y al cabo, si el gusto está formado socialmente, él jamás deja de ser único, en el sentido que cada individuo va a componer un tejido de favoritismos y odios y desintereses que no se encontrará en nadie más. Eso es un encuentro literario: Por eso, no todos los escritores nos van a apasionar ni remover las tripas, ni hacernos reír o llorar del mismo modo. Si narrar es, como dijo Blanchot, navegar rumbo al canto de las sirenas, leer (como movimiento creativo complementario a la escritura) no es diferente.

Un libro suelto entre tantos otros puede hallar el camino hacia nosotros hasta el punto que digamos “estoy enamorada”. Los arrebatos amorosos irracionales (valga el pleonasmo) existen, lo demuestra el número de divorcios, para empezar. Para que el amor dure en el tiempo (o justamente para que no dure, no se sabe con certeza), el mayor conocimiento del otro forma parte de esas ganas de echar raíces en los otros. A primera vista lo que hay es calentón. El amor (o su necesidad) se desarrolla con el arraigo. Eso es verdad tanto para la relación con una pareja como con la obra literaria de un autor. Hay almas livianas que son capaces de decir “este escritor es uno de mis favoritos” habiendo leído solamente un libro suyo, quizás también sean capaces de decir “te amo” en la primera cita. El escritor, en ese sentido, es siempre una metonimia para sus obras y supongo que ninguno estaría satisfecho si su único logro fuera que se leyera nada más que uno de sus libros (ni Harper Lee querría eso).

En la coherencia de la obra a menudo reside el arte, su pathos, aquél con el cual nos identificamos. Intuyo, y puedo estar, por ende, muy equivocada, que lo que nos cautiva de un libro singular es lo que nos va a cautivar de toda la obra, incluso si se trata de la incoherencia de una obra. Está demás decir que el encuentro, el disfrute, la entrega no tiene relación alguna con la trama, aunque así lo parezca. De hecho, hace siglos que las mismas historias de amor, guerra y traición son narradas, sin embargo, no hay un libro que sea igual que el otro; primero, porque los escritores son únicos y, segundo, porque los lectores somos únicos. Por eso el encanto del Quijote escrito por Pierre Menard. El amor, como Dios y todo lo que nos concierne en esa vida, está en la capacidad creativa que llevamos en el DNA y por eso es bello y embriagador.

El escritor y su obra componen un laberinto que nos invita a un paseo. Comprenderlo es disfrutar más de cada palabra escrita y no escrita, conocer las intenciones y sentidos ocultos. Es una lectura horizontal que se profundiza hacia abajo o adentro. En vez de acumular títulos leídos se trata de leer más de y sobre un mismo escritor, es decir, se trata de un abordaje cualitativo, no cuantitativo, de la lectura. Los pasos de ese abordaje son variados y hay miríadas de métodos posibles.

Podemos partir, obviamente, de la obra del escritor, sea por orden cronológico de su trabajo, o en círculos (de los libros más importantes hacia los menos) o aún por género (sus novelas, ensayos, poesía, cuentos y cartas). Después se puede partir a los escritores que lo influenciaron, que él haya mencionado en alguno de sus libros o ensayos o entrevistas; quizás también a los odiados, para encontrar el punto de atrito. Se puede empezar a dedicar (antes o después de eso) a las obras críticas escritas sobre nuestro amor-escritor. Enseguida, ¿por qué no?, a alguna biografía. Asimismo, se puede componer un cuadro completo leyendo a los contemporáneos de nuestro querido, a sus amigos epistolares, a sus colegas de tradición o, en algunos casos, de “movimiento”.

Es verdad que puede ser inverosímil semejante fidelidad. Siempre aparecerá una recomendación de otro lado, un regalo, un cambio de rumo. Al fin y al cabo nos rige la aleatoriedad y el caos. Sin embargo, esa lectura totalizadora nos puede servir como un concepto límite, una utopía, hacia donde nos dirigimos sin jamás llegar. (Excepto el caso aberrante de los académicos muy especializados que a veces se pasan la vida estudiando no sólo un único autor, pero incluso un único libro; pero ellos son la minoría en un mundo de lectores ajenos a las teorías y hundidos en la lectura por placer). Por otro lado, optar por obras o autores relacionados garantiza, la mayoría de las veces, y hasta donde he podido corroborar, la calidad de lo que se va a leer (aún cuando un escritor no pase a nuestro panteón particular).

El abordaje cuantitativo de la lectura, mediante el cual se lee el mayor número posible de libros, aunque pueda tener gran éxito en una mesa de bar o en una conquista amorosa, deja de lado la posibilidad de transformar el arrebato apasionado en arraigo amoroso y dudo (como se duda de las capacidades amoroso-performáticas de un hombre que se ha acostado una vez con muchas, en vez de muchas veces con una) que se pueda saciar la sed espiritual como la literatura, más que el mismo dios que la inventó, puede hacer.

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8 comentarios to “Por un abordaje cualitativo de la lectura”

  1. Jose Manuel Lucas Says:

    Por suerte tenemos la capacidad de amar a varios (autores) a la vez y no solo eso, sino que también podemos serles completamente infieles sin que por ello se sientan traicionados ni corramos el riesgo de no volver a leer nunca más sus obras menores ni que nos dejen sin la biblioteca, así que practiquen, practiquen la promiscuidad literaria.

  2. Nieves Martín Díaz Says:

    Pues yo me quedo con la sed espiritual que nos empuja a la literatura. Uno es irremediablemente promiscuo en sus lecturas pero sólo nos dejan huella quellas lecturas que calman nuestra sed particular. Buen artículo de fomento de la lectura, de los que se recuerdan, a favor de la calidad y la asimilación creativa, tan cercana al enamoramiento…

  3. Lola Sanabria Says:

    Sí que lo es, Nieves.
    Y hablando de enamoramiento o aledaños, “El pez volador” de Hipólito G. Navarro, tiene joyas entre sus páginas.

    • Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

      Muy bien. Se agradecen las recomendaciones sinceras. Lo incluimos en la lista de la que será la 8ª temporada 😉

  4. Agustín Says:

    Literatura y arrebato, me atrae.. no hay nada más real que lo irracional!

  5. Doribel Says:

    “Está ahí en el mundo y tenemos la suerte de encontrarla”. Es el momento mágico donde el mundo interior entra en conexión con el exterior y se produce el milagro: te enamoras. Lo mismo en el amor que en la literatura. Dependerá de uno mismo, de sus necesidades, experiencias y bondades qué hacer. Seguir tu consejo será precioso. Seguir el de José Manuel será intenso, el de Nieves será sosegado y el de Lola compartido.
    Es un artículo precioso, muy bien escrito y ordenado. Enhorabuena princesa

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