Y a ti quien te cuida

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18 Sept 2011_Manifestación en Madrid

Quince de Septiembre, ocho de la mañana. Subo el ascensor de un gran hospital del centro de Madrid. Cuarta planta. Cirugía Mayor Ambulatoria. Hace veinticinco años que no me someto a una cirugía, pero veinticinco años no son nada. Parece que tengo ganas, ansias, de volver. Me meto directamente en quirófano y un simpático joven me indica que debo ir a “registrarme” primero, qué despiste. En el mostrador de admisiones no me hacen mucho caso, permanezco muda y espero a establecer contacto visual. Ya me ven. ¿Nombre? (la que suscribe) Habitación 421 (es un decir), letra B (hmm?). No se preocupe, yo le acompaño (qué detalle).

Póngase el camisón, abertura hacia atrás, siéntese en el sillón y espere. A la media hora llega una chica joven, simpática y profesional. Me toma datos, presiones y temperaturas. Empiezo a pensar que no será tan duro. Media hora después el celador viene a por mi cama (conmigo dentro) y le da varios virajes a la otra (llamémosla cama A), hasta que finalmente despotricando cambia la disposición de A para que B pueda salir. Esto debe ser todo un reto, y quizá haya alterado sus nervios porque cuando llegamos al ascensor hay saludos que le parecen maleducados. Me lo cuenta todo cuando nos quedamos solos en una especie de pre-operatorio. Por suerte a los pocos minutos llega la que el desconocido celador presenta como “alma blanca”, la joven que dice encargarse de los entremeses de la anestesia general: “para que sueñe bonito”. El miedo me abandona (ilusamente) y caigo en un sueño sonriente.

El alma blanca me había dicho que el miedo estaba justificado, que a los sanitarios les gustan menos los que van de resabidos. En mi caso estaba justificadísimo. Llámenlo intuición, premonición, temor a anestesias, o que el anestesista me había dado mala espina en la visita obligada unos meses antes. Mientras duermo sonriente, este profesional de la entubación me provoca una hemorragia y, por lo poco que me entero cuando me despierto (como paciente no tengo derecho a que me den datos exactos), sencillamente corta la sangre con abundantes algodones en mi tabique nasal. De esta forma se pone en marcha la operación maxilofacial prevista.

Mi primera conciencia de que algo me pasa en la nariz es en la sala de reanimación, aunque sigo adormilada de vez en cuando necesito quitarme el respirador, el tabique izquierdo obstruido, necesito dar bocanadas grandes de aire, me agito, no sé ni de donde me viene el dolor, pido calmantes.

Me despierto más, el celador me lleva de vuelta a la habitación. La cama A está ocupada. Alcanzo a decir “hola”. Quiero seguir durmiendo y casi lo consigo. Entonces empieza la fiesta de los móviles. Madre A e Hija A llaman a todo el mundo para comentar detalles de su intervención, hacer arreglos logísticos, aprovechan para hablar con Jazztel para conocer más de sus últimas ofertas. De la fiesta de los móviles me separa una fina cortinilla. Ojos que no ven corazón que no siente, o eso deben pensar mis compañeras, llamadas por una letra, como podrían ser llamadas por un número, aquí todo se resume a eso. Hasta se echan en falta las mínimas normas de cortesía, por ejemplo no hay ninguna que prohíba el uso de móviles en habitaciones de postoperatorios. Las pacientes abusan. Andando la tarde me admira también su trato para con las celadoras. Quedan pocas enfermeras en los grandes hospitales, pero eso no debería fomentar el desprecio al resto de personal hospitalario.

Como no había enfermeras, tampoco había quien se me acercara con un simple enjuague bucal, antiinflamatorio o antibiótico, al menos hasta las 8 y media de la tarde: llega un doctor apresurado a darme el alta, con las recetas pertinentes, las que yo imaginaba y “Nolotil” para el dolor cada 8 horas. En busca del tiempo perdido, pensé. Y eso me recordó el libro con el que pasé mis primeros minutos en el hospital “el mapa y el territorio” de Houellebecq, que me enganchó tan poco como para pensar en todo lo que quiero leer antes que la salud o los que cuidan de ella tengan a bien que abandone este mundo.

De momento llevo cuatro días sin poder concentrarme en la lectura de un libro. Sólo hojeo prensa e internet. El dolor maxilofacial es llevadero. Incluso los cardenales. Lo peor es mi nariz. La poca pericia del maxilofacial al quitarme los primeros algodones nasales, su incompetencia todavía mayor al colocarme el nuevo y enorme apósito (que obediente y doloridamente llevé dos días), me hacen preguntarme ¿me he llevado dos operaciones por una? ¿Se tratará de una nueva oferta de gestión hospitalaria? No dos operaciones por una, dos postoperatorios por uno (cuidado con quejarse, que le damos tres). Vuelvo a casa y un amigo me pregunta ¿y a ti, quien te cuida? Y sigo preguntármelo hoy, el mismo día que miles de personas en Barcelona, Madrid y otros lugares protestan contra los recortes sociales, principalmente en educación y sanidad.

Gracias querido Otorrino (el que liberó finalmente mi tabique), gracias por utilizar algo tan barato como el tiempo y tan caro como la vaselina. ¿Me equivoco de adjetivos, de nombres? Lo llaman hospitales y no lo son…. Gracias, Otorrinos y no Otorrinos, por saber tocar las narices.

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7 comentarios to “Y a ti quien te cuida”

  1. Rocío Romero Says:

    Sólo puedo desearte una pronta recuperación Nieves… de todo lo demás no queda mucho que añadir 🙂
    Y un beso enorme

  2. Lola Sanabria Says:

    ¡Bah, qué quejica eres, Nieves! Aquí lo que hace falta es que operen en cadena. Se pone una fila de camillas, se saca un cuchillo carnicero, se afila y se corta por aquí y por allá a los pacientes. El que sobreviva, a tirar para adelante con el paro, y el que no, mala suerte. En fin, que como no nos pongamos las pilas y reventemos, metafóricamente hablando, las calles, estamos más que aviados.

    ¡Que te mejores, guapa!

    Para de besos.

    • Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

      jajaja, me has hecho reír. Tú sí que sabes. Muchas gracias, y ojo con acercarse a los hospitales 😉

  3. Rosana Says:

    Qué me vas a contar Nieves, si yo trabajo en uno de estos hospitales que nuestra querida Esperrancia ya se encarga de privatizar así a l totnto lo tonto..(no es un hospital de los nuevos que ya vienen con lo privado de serie, es el hospital de Alcalá….y sí recortes sí a diestro y siniestro…)

    Que te mejores !!
    Besos

    • Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

      Ya voy superando los dos postoperatorios, muchas gracias 🙂 No pensé que estaba tan mal la situación, sobre todo porque se supone que el país ha ido a más y mejor. Pero no. Está claro la desigualdad creciente en la que vivimos: hay quien en los últimos años se ha instalado en el lujo, y quien todo lo contrario. La brecha social es cada vez mayor. Hubo quien me habló de los buenos certificados de calidad de los centros privados Otro planeta, pequeño y para privilegiados… 😉

  4. como no roncar Says:

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