Lo que de Saer no se borra

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El primer Saer es inolvidable. El mío fue el cuento Sombras sobre vidrio esmerilado, recomendado por Pablo Fuentes, en su taller de lectura en Buenos Aires. Allí es harto conocido, su nombre ya me era familiar, pero faltaba el contacto. Ese día, cuando terminé de leerlo, me acuerdo con la claridad imposible de la memoria: “¡es él!”, pensé. A él anduve yo buscando hasta que lo tuve en mis manos. No sé cuántas veces he leído ese mismo relato hasta hoy y me sigue pareciendo uno de los mejores jamás escritos. Pero después, claro, la pasión no se sacia fácilmente, vino Cicatrices, Glosa, El limonero real y ya no hubo nadie más. Saer empezó a marcar mi recorrido literario desde entonces: lo que leo, lo que me interesa y, de cierto modo, lo que busco. A través de él llegué a Antonio di Benedetto, a Alain Robbe-Grillé, a Michel Butor, a Gombrowicz, a Céline. A través de Saer me he hecho amigos queridos, tal vez porque, de cierto modo, nos sentimos una pandilla.

Si la literatura tiene el poder de transformar, como se dice, Saer es incapaz de dejarte inmutable. Primero, porque la “Zona” empieza a formar parte de tu Atlas. Ese ambiente acuoso, lento, algo mórbido y pesado, con personajes que languidecen en el calor del Río Paraná, o algún lugar de por allí, hacia un pueblo que antes se llamaba Serodino, en la provincia argentina de Santa Fe y que hoy se llama otra cosa, pero da lo mismo. Para los que conocemos el río, sus pequeñas islas, sus márgenes de laberintos, dibujar la Zona de Saer es fácil y placentero. Además, es un juego que él mismo propone con toda su literatura: crear un espacio físico para la memoria, esa cosa que se pierde y se recrea cada día, al contrario que buscar una historia palpable, una realidad incontestable. La obra de Saer está hecha de recuerdos.

Segundo, la melancolía de Saer se te pega a la piel. Su crítico y estudioso Julio Premat le llamó saturnino, entre otras cosas porque en su obra hay una constante representación de la nada, un eterno retorno. Dice Premat, hablando de sus novelas:

“… El encierro en una intimidad dolorosa, las trabas repetidas que le interceptan el paso cuando intenta salir a la calle, las alusiones recurrentes al vacío moral –o a una perversión moral– simbolizado por la televisión, todos ellos son signos que permiten suponer (…) un sufrimiento psicológico y una situación política extremada. Agonía de la madre, convertida en materia regresiva, agonía de la Argentina, hundida en pulsiones primarias: la analogía es quizás demasiado evidente, aunque esté sugerida con insistencia.”

Es paradójico que, exactamente por eso, quizás, Saer sea tan poco (y uso aquí un eufemismo benevolente) publicado en España. Él no tiene nada de la melancolía juguetona e imaginativa de Cortázar, ni del exotismo que el europeo suele esperar de un latinoamericano. De hecho, Saer vivió casi toda su vida en París, dando clases de literatura en la Universidad de Rennes, jugando a las cartas y leyendo a los clásicos griegos y romanos. Cuando fui a París el año pasado, busqué su antiguo piso, al lado de la estación de Montparnasse. Tampoco tenía el aire bohemio y misterioso del Quartier Latin, lleno de escritores refugiados de las dictaduras tropicales, ni el ambiente decimonónico de las passages couvertes de las que tanto hablaba Cortázar.

Y aunque Saer también fuera un escritor que huía de las desgracias argentinas de fines de los 60, nunca se adhirió a la ola del realismo mágico. A la vez, tampoco pudo despegarse de su faceta de exiliado que mira a su país desde la distancia, desde la memoria que recrea, porque mientras uno está lejos, las cosas cambian y lo que uno se imagina ya no existe más en la realidad, aunque siga vivo en la imaginación. Esa realidad mediada por una cultura ajena, que se mezcla con la que uno lleva dentro, empieza a parecerse más y más a una ficción. La relativización de lo real desemboca, ineludiblemente, en la narrativización o ficcionalización de lo real. La “verdad” es siempre suspendida mientras la memoria ocupa una posición real, en el sentido “limonero” de la palabra.

Él mismo ha dicho, acerca de la literatura, en su soberbio ensayo Narrathon:

“Es abriendo grietas en la falsa totalidad, la cual no pudiendo ser más que imaginaria no puede ser más que alienación e ideología, que la narración destruirá esa escarcha convencional que se pretende hacer pasar por una realidad unívoca.”

Tercero, Saer se te queda pegado a la piel porque sus personajes pasan a formar parte de la vida de uno. De hecho, cuanto más uno lee su obra, más los conoce. Aparecen desparramados por las novelas y los relatos. Algo que no se explica en Glosa se va a terminar de comprender en A medio borrar o algún otro cuento. Por otro lado, sus personajes son capaces de adquirir tal materialidad que uno se pregunta cómo eso es posible si ni siquiera son figuras simpáticas por las que uno siente empatía o compasión. Es que Saer se zambulle en sus defectos, en sus vicios y sufrimientos. Los personajes adquieren vida no por la bondad o belleza que tienen, sino por su melancolía. Eso sí quizás nos sea común, en mayor o menor medida, a todos. Yo misma ya he soñado con Tomatis. Y sé que más personas han padecido de esa misma patología, si se quiere, saeriana.

Hoy Juanito cumpliría 74 años y lo echamos de menos porque, en España, él va, poco o poco, desapareciendo de los estantes de las librerías sin aviso de retorno. Aquí él suele ser como mucho un nombre de un “escritor difícil”, pero rara vez leído. Hoy, en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, se celebra el encuentro Lo imborrable, donde intelectuales discutirán su obras y, espero, brindarán por la salud de sus libros.

Me falta una novela suya por leer: La grande, que su muerte dejó inconclusa y de la que nadie habla demasiado bien. Quizás sea un buen día para empezarla.

Lea también:

Más datos sobre Juan José Saer en Wikipedia.

“Sombra sobre vidrio esmerilado”, en el excelente blog La Audacia de Aquiles.

“El concepto de ficción”, en Literatura.org.

Hoy en Página 12 – La vuelta completa sobre la obra de un clásico

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4 comentarios to “Lo que de Saer no se borra”

  1. Nieves Martín Díaz_El Planeta de los Libros Says:

    Buen día, buena noche, para leer o releer alguna de sus obras. Y gracias también por los enlaces, son realmente buenos 😉

  2. Conchita Gª de las Bayonas Says:

    No he leído nada de Saer, pero las tres razones que das para leerlo me gustan. Aprovecharé este verano para bucear en sus obras.

  3. Óscar R. Says:

    Recomiendo la lectura de El entenado, que relata las vivencias de un adolescente que se embarca desde Europa hacia nuestro mundo latinoamericano, uno complejo y a la vez poético, donde debe convivir con un grupo de indígenas cuya lengua desconoce y que, sin embargo, lo atrae a esta tierra.

    • Lucy Leite Says:

      Hola Óscar. Es verdad, “El entenado” está entre los mejores libros de Saer! Buena recomendación! Por cierto, cuando leí los Naufragios, de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, me recordó mucho al Entenado y a la forma de presentar aquella época. Saludos!

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