Programas de señoritos

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Este octubre me encuentro nuevos programas, supuestamente culturales, y hasta literarios, en la televisión pública. Seguramente en las privadas también los habrá, pero los desconozco.

Me tiene asombrada. Lo confieso. Un despliegue de verborrea y vacuidad, ese difícil equilibrio que tanto persiguen los políticos, sin alcanzarlo tantas veces, y ellos consiguen así, tan fácilmente.

Y tengo que confesar que los he visto. El primero con los ojos como platos, el segundo pensando que no podía ser tan pésimo. El tercero me hizo escribir este artículo. Y en todos, siempre la pregunta (pregunta que no era como la canción, pero qué quieren, el porqué, porqué, todavía hay que preguntárselo mucho en este país), y siempre la pregunta: ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?

¿”Me lo debería mirar”?, como dicen los snob cuando el problema lo tiene uno o ¿mejor pongo el dedo en la llaga a ver si así el problema -de todos- se soluciona algo? Bueno, da igual lo que yo piense, pero el granito de arena o la gota del mar (que dirá Manguel en el programa del día 24) ahí va, y si hay más pues mejor.

Me asombra en estos programas dos cuestiones principales. Primero, el dinero púbico que se utiliza en ellos. No es que en los demás programas de la televisión pública no utilicen dinero de nuestros bolsillos pero, en los otros programas, en las películas subvencionadas, en las labores de producción externa que engordan los bolsillos de presentadores de privadas, en todos esos trabajos: el robo está asumido. No sé por qué la corrupción -a la que ya estamos acostumbrados-, el amiguismo, la familiaridad, la falta de control y transparencia, me son más dolorosos en materia de cultura. Llámenlo deformación profesional.

También es verdad, que además de dinero público, y quizá algo privado que se lleve alguna productora, estos programas son susceptibles de recibir subvenciones (no como le pasa a Radio Círculo, a pesar del eslogan tan bonito: “todo cultura”), pueden recibir estos programas todo tipo de ayudas públicas y hasta premios. Y, en todo caso, ¿quién va a cuestionar cuánto cuesta? En este país quizá puedan hacerlo 3 ó 4, intelectuales respetados y con suficiente prédica, demasiados pocos para lo que está cayendo

Lo del dinero público, no sólo afecta al bolsillo. Afecta, más, a la conciencia que uno tiene como país. No veo a la BBC – por poner un ejemplo- haciendo este tipo de programas. La historia no se puede cambiar, ni la conciencia histórica. La contestación social, el debate, el diálogo, nada tienen que ver de un país a otro (el otro es el nuestro).

Aquí todavía estamos en la fase en la que cuatro señoritos se ponen a pensar cómo culturizar el país. Eso siempre es peligroso, más si se nota mucho. Y el periodismo no es cosa de élites, por mucho que se empeñen.

Y el periodismo cultural, ese sí que les encandila, ese sí que les gusta–aunque sea para sus propios fines-. Alguien dijo alguna vez que la cultura, si no es riesgo, no es nada. O quizá era respecto al arte, da igual, yo estoy cada vez más convencida de ello. ¿Cómo van a transmitir ese riesgo unos señoritos (o señorita, por utilizar la expresión de Alfonso Guerra hace tan sólo unas semanas)?, ¿cómo van a transmitir ese riesgo unos señoritos entre algodones, entre frases hechas? Desde una posición elevada hasta la cursilería, izada de poses y alzada con tonos celestiales. Sólo queda el aburrimiento y la monotonía, cuando no es algo peor, y seguimos con las actitudes casposas, que de eso tanto hay –también- en los llamados programas culturales.

La alternativa es lo que llaman periodismo ciudadano, y miren que a mí me gusta el tema. Periodismo desde abajo. De ese que ya empiezan a hablar también los Culturales, pero sin mojarse ni un poco. No van a darnos cancha a los que nos jugamos los cuartos y la vida, por ejemplo en Radio Círculo. No. La imagen del espejo sería insostenible. Lo que se busca son las historias irrelevantes, o muy locales, las historias que nunca supondrán algún tipo de riesgo.

Hubo algo llamado responsabilidad social de los medios. A mí me parecía bien que alguien se responsabilizara –en aquellos tiempos- de lo que aparecía en los medios.

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