Obras son amores…

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  …y no buenas razones, decía el antiguo proverbio, y se ha mantenido todos estos siglos porque seguramente nunca ha dejado de estar de actualidad, y el refrán me sirve para iniciar el tema de este artículo: trabajo, trabajos. Empezamos marzo con libros y reflexiones sobre ello ¿qué es y cómo debería ser el trabajo en esta sociedad nuestra? ¿Se puede trabajar sin contrato? Muchos lo hacen desde luego, porque el empleo está imposible. Y muchos así lo quieren porque lo que para unos es una necesidad para otros es una virtud. ¿Qué es trabajar y qué es lo contrario? ¿Ocurre con esto como con el amor, que un papel lo dice todo?

Hay quien está empleado, con sueldo excesivo incluso, y bastante desocupado. ¿Le parece absurdo? No me digan que no conocen a nadie que tiene un trabajo por hacer y que no lo hace, con un buen contrato y todo. Por ejemplo, imaginemos un gobierno contratado (y que cuesta mucho dinero) para las importantes gestiones de su país, imaginemos ahora que ese gobierno no se atreve o no quiere realizar sus labores. Imaginemos todavía más, que ese gobierno -cual cínico trabajador – esconde sus ineficiencias entremedias de buenas palabras, anuncios de intenciones, anuncios de contra-intenciones, anuncios incluso para que nosotros- culpables ciudadanos al fin- nos demos cuenta de nuestros errores, y adormezcamos aún más nuestra conciencia. Estaba pensando ahora mismo en esa campaña de publicidad recientemente lanzada en nuestro país para que seamos optimistas… Organizada por la Fundación “Confianza”. No es broma, no, el nombre tiene su importancia. Las buenas razones saben vestirse de las mejores palabras, y hasta de las mejores imágenes, o eso dicen, no quiero ni echar un vistazo a la lista de famosos encargados de enseñarnos el buen camino.

Lo que ocurre es que ni las buenas palabras son ya lo que eran, ni las buenas imágenes nos atontan tanto como antaño. Y es que, a pesar de la revolución comunicativa que vivimos, las clases dirigentes se quedaron estancadas en eso de la comunicación de masas, cada vez se comunican peor con el pueblo. El que las llamadas altas esferas sigan recurriendo a la campaña publicitaria ya muestra su inoperancia, especialmente a medio y largo plazo. Siguen creyendo que repitiéndonos mucho cuatro palabras en unas semanas no nos quedará más remedio que creerles de por vida. Por suerte, la revolución comunicativa que comentaba hace que cada vez todos seamos más conscientes, menos ilusos. Se habla incluso de una auténtica revolución psicológica entre los humanos, pero esto de momento y por suerte no es percibido por el poder y sus aledaños.

Algo tendrá que ver con esta falta de eficacia, lo que Antonio Muñoz Molina, con motivo del previsto Congreso de la Lengua en Chile, publicaba ayer sobre la palabra política en el ámbito de los países hispanos: “En nuestros países, con acentos distintos, la política consiste sobre todo en levantar y derribar grandes edificios, catedrales barrocas de palabras.” ¿Tanto nos gustan las “buenas razones”, el envoltorio barroco con el que disfrazar y decir adiós a la realidad? Y, volviendo al mencionado Congreso, porque de la palabra política a la académica seguramente no hay mucha distancia, la política de nuestra lengua quizá se justifica también en la necesidad de levantar esas mismas catedrales. Con un agravante que ya nos comentó en el programa el último premio nacional de ensayo, Reyes Mate: tenemos una lengua de dominados (América Latina) y de dominadores (España). También tenemos que cambiar esa política que ha dominado a uno y otro lado del Atlántico los últimos siglos.

Tenemos que cambiarla si queremos realmente una patria común del lenguaje. Que haya más comunicación y menos desencuentros, especialmente en las grandes celebraciones. Es aquí donde, si ocurre algún imprevisto es más fácil que se nos vea el plumero. Estoy pensando en el terrible terremoto el sábado en Chile. Las primeras declaraciones de García de la Concha decían más o menos: lo que necesitamos ahora es dormir porque tenemos mucho trabajo por hacer. Se refería al trabajo en ese Congreso de la Lengua que estaba previsto que comenzara el martes siguiente. Había en ese momento muchas prioridades tras un seísmo 8.8, prioridades con las víctimas, prioridades con los supervivientes. Mucho trabajo por hacer, y en la mayoría de los casos sin contrato ni erario público. 

Manuel Rodríguez Rivero en su artículo del sábado se refería al muñidor, como él le llama, con estas palabras: “Ya en el congreso anterior (Cartagena de Indias, 2007) “el Director” por antonomasia estuvo a punto de levitar de emoción ante el reconocimiento de su triunfo (con Gabo y Clinton como espíritus tutelares y música de vallenato como banda sonora): espero que esta vez lo logre, y corone de ese modo un fecundo mandato que, definitivamente, ha puesto a la RAE en el mundo (real).”

De vez en cuando efectivamente hay que tener en cuenta la realidad. Por mucho que nos empeñemos hay veces que un país no está disponible para un Congreso, y las instalaciones y las comunicaciones pueden no funcionar por causas de fuerza mayor.

Como era previsible, pocas horas después se anunciaba la suspensión oficial del Congreso. He echado de menos una declaración también oficial lamentando al menos las muertes producidas por esta tragedia, quizá existe y no me la han comunicado.

Descansen en paz.

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2 comentarios to “Obras son amores…”

  1. diego Says:

    hay historia reflexiva sobre eso o no

  2. elplanetadeloslibros Says:

    La reflexión que cada uno se quiera hacer, ¿o te refieres a algo más?

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